La inglesa que peleó por Paraguay
Elisa Lynch fue una figura legendaria por su vida novelesca y por el coraje con que defendió a su país de adopción cuando fue víctima de una guerra.
culturaElisa Lynch fue una figura legendaria por su vida novelesca y por el coraje con que defendió a su país de adopción cuando fue víctima de una guerra.
09/02/2026 - 00:00hs
Nacida en el seno de una familia de navegantes y comerciantes anglo-irlandeses arruinados, se casó a los dieciséis años con un veterinario francés y a quien abandonó, poco después, para dedicarse a la vida galante en las casas de juego parisinas, convirtiéndose en una cortesana de lujo. Una noche, en 1835, cuando ella tenía veinte años, conoció a Francisco Solano López, hijo del presidente del Paraguay, que se hallaban en París con objeto de una misión diplomática. Desde entonces, su vida cambió para siempre.
En Asunción, aunque no pudo casarse con López, ofició de primera dama imponiendo tendencias y haciendo de su casa un centro de conciertos, bailes y banquetes. Las señoronas del Paraguay la despreciaban por concubina y la envidiaban por elegante.Cuando en 1864 estalló la Guerra de la Triple Alianza que enfrentó a Paraguay con Uruguay, Argentina y Brasil, Elisa decidió dejar los lujos y volvió a seguir a su hombre. Aunque esta vez todo era distinto: cargaba también con Panchito, el primer hijo de ambos, y el destino era el campo de batalla. Los seis años que duró la guerra, la “mariscala” compartió con él la dura vida de cuartel, donde se dedicaba a curar a los heridos.
Francisco Solano López y lo que quedaba de su ejército, con su inseparable compañera, sus cuatro hijos y poco más de 400 hombres, mujeres y niños que se negaban a entregarse, llegaron a Cerro Corá el 14 de febrero de 1870. Allí preparó la última resistencia. Su ejército estaba compuesto mayoritariamente por niños y mujeres, y tenía el jefe de estado mayor más joven de la historia, su hijo Panchito, de 14 años. Las tropas invasoras estaban compuestas por 4.500 soldados bien pertrechados. El 28 de febrero, los indios caygus le llevaron alimentos a las tropas de López y le ofrecieron esconderlo en sus tolderías. El mariscal declinó el ofrecimiento, de ser necesario, moriría con su ejército.
Las campanas de las iglesias se habían transformado en cañones que, a falta de balas, disparaban piedras, huesos y arena. Al mediodía del 1º de marzo, las tropas brasileñas llegaron al lugar. La lucha era demasiado desigual y la batalla duró poco.
López, al frente de lo que quedaba de su heroico pueblo, fue herido de un lanzazo. Le ordenó a Panchito proteger a su madre y sus hermanos. Varios soldados se abalanzaron sobre el hombre más buscado por la Triple Alianza. El presidente paraguayo se defendió como un tigre acorralado y mató a varios de sus atacantes. El general Cámara, a cargo del pelotón atacante, lo intimó a que se rindiera y le garantizó su vida. Pero a López ya no le importaba sino su dignidad. Siguió peleando, bañado en sangre, hasta que Cámara ordenó: “maten a ese hombre”. Un certero disparo le atravesó el corazón.
Los soldados atacaron los carruajes que trataban de huir. Panchito montó guardia frente al que ocupaban sus hermanos y su madre. Los brasileños le preguntaron si allí estaban la “querida” de López y sus bastardos. Panchito defendió el honor nacional y familiar y fue fusilado en el acto.
A Elisa Lynch le tocó dar la última batalla de esta guerra miserable y despareja. Con toda su enorme dignidad, descendió de su carro, cargó el cadáver de su hijo y buscó el de su marido. Cavó con sus manos una fosa y enterró los dos cuerpos y parte de su vida. Finalmente, sus enemigos consiguieron lo que estaban buscando: capturaron a Elisa, le quitaron sus bienes y la deportaron. Hasta su muerte en París, en 1886, Madame Lynch siguió reclamando para recuperar su patrimonio y destacando el valor del Mariscal López y su pueblo.