Un gaucho argentino fusilado en la revolución mexicana
Se llamaba Francisco Mujica, un paisano legendario citado por León Gieco en “Bandidos rurales”. Un aventurero que anduvo por el mundo con facón y revólver.
culturaSe llamaba Francisco Mujica, un paisano legendario citado por León Gieco en “Bandidos rurales”. Un aventurero que anduvo por el mundo con facón y revólver.
15/01/2026 - 00:00hs
Dicen que era pintón, mujeriego y extraordinario jinete. Manejaba con ambas manos cualquier arma de fuego y tenía una puntería envidiable. También dicen que, con los ojos vendados, armaba y desarmaba un arma en tiempo récord. Tocaba el piano, era excelente bailarín y zapateador y buen recitador. Con esas dotes para el espectáculo armó en 1910 una troupe de gauchos domadores con la que se presentaba en la Sportiva, un lugar en el que ahora hay una cancha de polo, frente al hipódromo de Buenos Aires. Cuando el público comenzó a escasear decidió probar suerte en otros países.
Francisco Laudelino Mujica Quiñones nació en 1875, en Pergamino. Su familia explotaba una estancia de mil hectáreas que incluía un almacén de ramos generales. Además tenían propiedades en Capital Federal. A la muerte del padre, tres de los hijos se hicieron cargo de la administración de las propiedades, pero Francisco no quiso saber nada. El “Ñato”, como lo llamaban, se sentía destinado para otras cosas.
Era de estatura mediana y recia contextura física, tenía ojos claros y abundante cabellera. Los bigotes siempre muy cuidados –dormía con bigotera-. Vestía con telas importadas confeccionadas por los mejores sastres, para ciertas fiestas cambiaba su indumentaria campera por el riguroso frac , la fina galera de copa alta, guantes, botas de fina cabritilla y bastón con empuñadura de plata y marfil. Para los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo fue ganador del campeonato nacional de doma.
Durante algún tiempo integró el ejército, ganando su grado de capitán del arma de Caballería en la represión a los aborígenes en el Chaco, y en combates en Uruguay y en el Paraguay.
Vivió un tiempo en Cuba, haciendo su espectáculo con una troupe compuesta por hombres curtidos de chiripá y bota de potro, domadores y jinetes audaces, hechos a las tareas más rústicas de un mensual en las estancias. Por cuestiones de faldas, Mujica debió irse de la Isla antes de lo previsto. Se marchó hacia México en una destartalada embarcación. Era la época de plena efervescencia revolucionaria. Allí montó su espectáculo de jinetes y duelistas. Una noche de copas, hubo un entrevero y apareció muerto el empresario de la troupe –un tal Schnerbg-. Se acusó del asesinato al gaucho Mujica. Estuve un tiempo preso. Finalmente quedó libre por falta de pruebas. Decía a quien quisiera oírlo la admiración que sentía por los revolucionarios mexicanos. Siguiendo las huellas de las tropas rebeldes, un día alcanzó a la Divisón Norte y se le apersonó al mismísimo Pancho Villa ofreciéndole sumarse a las filas revolucionarias. Fue aceptado. Al poco tiempo, descubrieron que ese gaucho argentino era en realidad un sicario contratado por Venustiano Carranza para asesinar a Villa.
Cuando se enteró del complot, Pancho Villa pidió que le llevaran al paisano. Dice la historia que acercándole un revolver le pidió: "A ver traidor, cumple tu misión". Al rato, lo hizo fusilar en un andén ferroviario de un apartado paraje llamado Aguas Calientes. Era el 27 de octubre de 1914. El gaucho Mujica no había cumplido los 40 años. La revista Caras y Caretas dio la noticia de la ejecución y reseñó la vida del ajusticiado. Muchos años después, en 1942, se estrenó en Buenos Aires “La vida del Gaucho Mujica”, una película mexicana en la que el protagónico fue encarnado por el actor argentino Vicente Padula, Los espectadores se retiraban de la sala creyendo que el personaje de la pantalla nunca había existido.