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El brasileño a quien Gardel le debe su leyenda

Alfredo Le Pera fue el autor de las letras de algunos de los tangos más famosos de la historia que quedarían inmortalizados en la voz del Morocho del Abasto

Interés General

07/01/2024 - 00:00hs

Nació en San Pablo –Brasil– el autor de algunas de las letras que más identifican a nuestro país en el mundo. Sus padres eran italianos, recalaron de emergencia en Brasil, porque su madre estaba a punto de parir. Dos meses después de nacido Alfredo, siguieron viaje hacia Buenos Aires.

Alfredo Le Pera comenzó a escribir desde muy chico. Sus primeros poemas se los dio a leer a su profesor de literatura en el colegio, Vicente Martinez Cuitiño, un uruguayo que escribía teatro y había alcanzado cierta fama por ser autor –junto a González Castillo–, una obra sobre la Revolución del Parque, que había sido prohibida. Un día, Cuitiño le pidió a sus alumnos que escribieran una composición sobre la bandera. Después de leer el texto de Le Pera, Cuitiño le dijo: “Alfredo, no es que vas a ser un gran poeta, ya lo eres ahora”.

Una vez egresado bachiller, Alfredo Le Pera entró a la Facultad de Medicina. La carrera quedó trunca en el cuarto año. Ya eran otras sus aficiones. El camino de la noche, los bares y la poesía, no tenía retorno. Por intermedio de Cuitiño, Le Pera conoció a José Ingenieros, quien lo deslumbró con su inteligencia, y con el que pasaba largas horas diarias como si estuviera recibiendo un curso intensivo de cultura universal.

A comienzo de los años veinte, comenzó a ejercer el periodismo en diarios como Ultima Hora, Noticias Gráficas y El Mundo. Paralelamente, hizo sus primeras obras de teatro que fueron sumándose hasta llegar a la treintena. En el verano de 1923 se produciría un encuentro histórico que reuniría a los dos protagonistas en una ecuación imbatible: Gardel-Le Pera. Alfredo Le Pera se encargaba por entonces de hacer los bordereaux de la compañía teatral de Tomás Simari –llamado “el hombre de las mil voces”–. Una noche llegó a ver a la compañía Carlos Gardel y allí se vieron por primera vez, sin sospechar, ni uno ni otro, que nueve años después trabajarían juntos para la gloria de ambos.

En 1932 Gardel y Le Pera se reencontraron en París. El cantor le propuso que se hiciera cargo de escribir el argumento de sus películas y las letras de sus futuras canciones. Gardel quería que las obras que interpretara fueran a su medida, lo que originó una réplica de Le Pera : “Lo que vos precisás no es un compositor, sino un sastre”. Desde ese día se convirtió no solo en su principal letrista –en sus “sastre”–, sino también en su consejero. Una amistad que ni la muerte pudo separar, porque juntos estuvieron en aquel fatal 24 de junio de 1935. El escritor César Tiempo –muy cercano de Gardel–, describió detalladamente ese trágico final en Medellín: “Los pasajeros del avión departieron hasta la hora de la salida. Carlos Gardel, Alfredo Le Pera y otros de la comitiva tomaron unos tragos de whisky. A las tres en punto, el trimotor tomó la pista para salir. Cerca de los hangares esperaba el avión de la Scadta que debía partir para Bogotá. El aparato calentaba sus motores en espera de la salida del otro avión. El trimotor fue al extremo del campo y se preparó para salir. Los motores fueron acelerados y arrancó. Segundos después, el aparato carreteaba para ir a chocar contra el avión de la Scadta, imposibilitado de despegar por exceso de peso. Los tambores que contenían el film Payasadas de la vida, ubicados en el trimotor gracias a una gentileza de Gardel, fueron los culpables de la tragedia”.

Entre las canciones que Gardel y Le Pera compusieron juntos está Volver, Mi Buenos Aires querid, El día que me quieras, Amores de estudiante, Melodía de arrabal, Cuando no estás, Rubias de New York, Sus ojos se cerraron, Lejana tierra mía, Por una cabeza, Arrabal amargo, Golondrinas y otras gemas que pasarían a la historia y a la memoria viva de quienes siguen hablando de Gardel y Le Pera, como si fueran un mismo apellido, una unidad indestructible soldada por el talento y sostenida por raíces que se hunden en lo más hondo de nuestra identidad nacional.

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