cultura
El día que el Papa y el Duce se pusieron de acuerdo
El nacimiento del Estado del Vaticano fue un acuerdo político rodeado del mayor secreto y con fuertes connotaciones que vale la pena mirar en perspectiva.
En la mañana del lunes 11 de febrero de 1929, en Roma hacía una temperatura bajo cero, sin embargo, lo primero que vio Benito Mussolini cuando le abrieron la puerta de su Cadillac negro a un costado de la plaza de San Juan, fue a miles de personas mirándolo entre los árboles pesados de nieve.
Un acceso de ira sobrevino al Duce. Había dado la orden de mantener en absoluto secreto la ceremonia que iba a desarrollarse. Su rostro se congestionó en un alarido que no alcanzó a dar porque de inmediato lo hicieron subir la escalinata del Palacio de Letrán, en cuyo interior el Papa Pío XI y su séquito más íntimo los estaba esperando.
Embutido en su uniforme lustroso, Mussolini ascendió hasta el segundo piso. Allí estaba el diligente y activo Cardenal Gasparri, una de las figuras clave en las negociaciones que culminaban esa mañana. Se apretaron prolongadamente las manos. La lectura de las actas no comenzó hasta las doce en punto, luego de la presentación e intercambio de las respectivas credenciales: entonces, el Duce sugirió a Gasparri —convaleciente todavía de una enfermedad— que permaneciera sentado, aunque los restantes testigos de la lectura se ponían de pie. Luego de las firmas —mientras las campanas se echaban a vuelo y los estudiantes de Teología, reunidos en el patio interior entonaban el Te Deum—, el Cardenal obsequió a Mussolini la pluma de ave con mango de oro que había servido para rubricar el acuerdo. El líder fascista la aceptó complacido: "Será para mí —murmuró— uno de los mejores recuerdos que haya merecido".
Al día siguiente, en una conferencia de prensa, Pío XI sintetizó: "Mi pequeño reino es el más grande del mundo". Con la firma del Tratado de Letrán, que reconocía la soberanía del Estado del Vaticano —un pequeño y lujoso feudo de 144 hectáreas—, la Iglesia Católica clausuraba un pleito iniciado casi un siglo atrás.
La historia es muy larga. Uno de los principios posibles lleva a remontarse a la época en que Víctor Manuel II, de la casa de Saboya, se declaraba Rey de la Italia unificada, y establecía su capital en Florencia, mirando con avidez a Roma, donde languidecía el sitiado poder papal. Finalmente el rey entró a esa ciudad al frente de cincuenta mil hombres, el 20 de febrero de 1870, venciendo la resistencia de los cinco mil zuavos, que se rindieron sin combatir. El Papa se refugió en la villa de Castel-gandolfo. El poder temporal había muerto, y la "cuestión romana" entraba en un intervalo de 59 años.
La situación comenzó a revertirse el 6 de agosto de 1926, cuando Domenico Barone —emisario de Mussolini— se entrevistó con el doctor Francesco Pacelli —laico adscripto a la Santa Sede, y hermano del futuro Papa Pío XII— haciéndole saber el interés de Mussolini por reabrir la "cuestión romana". Pacelli contestó que dos cláusulas eran imprescindibles como punto de partida: el reconocimiento a la posesión de un Estado soberano bajo la autoridad del pontífice, y la igualdad jurídica entre matrimonio civil y religioso. Ante el asentimiento del Duce, las reuniones comenzaron de manera confidencial: el Jefe del Gobierno había anticipado que la menor infidencia paralizaría todo lo actuado, y se consideraría atentatoria contra la seguridad del Estado, condenando al culpable a un destierro de por vida en las Islas Lipari.
El Rey Víctor Manuel autorizó a Mussolini para que en su nombre llevase adelante la firma del tratado, el concordato y la convención financiera. Esta última —que nunca llegó a cumplirse totalmente— reconocía el derecho de la Iglesia a percibir una indemnización, cuyo monto se fijó en 1,750 millones de liras, por los ingresos que había perdido en los casi sesenta años de hostilidad padecidos. El concordato, a su vez, reconocía al pontífice las prerrogativas inherentes a todo soberano, desde el gobierno autónomo hasta la creación de un cuerpo de policía, un registro civil, el uso de bandera, y la emisión de moneda y sellos postales.
El texto del acuerdo fue impreso en el Vaticano. A quienes lo redactaron se los mantuvo incomunicados hasta después de suscripto el documento. Dos días después de la firma, durante las celebraciones del medio siglo de su ordenamiento sacerdotal, Pío declaró refiriéndose a Mussolini: “Nosotros también hemos sido muy favorecidos: se necesitaba un hombre como el que la Divina Providencia puso en nuestro camino”. Elogio que el Duce no podía pasar por alto, acuñando desde entonces el slogan que aludía a él como “el hombre providencial”.
