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El escritor mexicano que se formó en Argentina

Carlos Fuentes escribió una veintena de novelas que le valieron algunos de los principales premios literarios a nivel mundial.

Murió a los 84 años, sin embargo, en la conferencia que dio apenas quince días antes en la Feria del Libro de Buenos Aires, tenía la altivez de siempre, sin aparentar los achaques de la vejez. La lucidez de sus palabras, su pasión contagiosa, y su atildada presencia, construían esa imagen de eterna juventud. Decía Carlos Fuentes: “Cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada. La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte”.

Carlos Fuentes nació el 11 de noviembre de 1928, en ciudad de Panamá, hijo de un diplomático. Pasó su infancia y adolescencia, al compás de los distintos destinos asignados a su padre: Argentina, Chile, Brasil, EE.UU. y otros países iberoamericanos. Vivió en Buenos Aires en los primeros años de la década del 40, se hizo fan de la orquesta de Anibal Troilo a la que siguió por todas partes, y se enamoró de una vecina que lo doblaba en edad. Fue en nuestro país donde se hizo de adolescente un lector compulsivo, empezó a escribir algunas de sus cosas, y empezó a conocer algunas claves de la vida: “Buenos Aires fue para mí el descubrimiento del sexo, los miedos, las inseguridades, la sorpresa, el gozo”.

Otro diplomático mexicano, el escritor Alfonso Reyes, lo convenció para que estudiara derecho. Pero haber leído al Quijote a los 12 años, le había dejado una marca que se convertiría en destino: la literatura. A los 29 años publicó su primera novela “La región más transparente”, considerado el primer estallido de que luego se llamaría el boom latinoamericano. En esa novela precursora se pone en claro la radical voluntad de experimentar de Carlos Fuentes. En México –el país de los muralistas-, la novela fue visto como un mural simbólico de la historia de ese país –desde el pasado azteca a la actualidad- y, al mismo tiempo, muy ceñido en el detalle de la mezcla de clases. Como dijo Carlos Monsiváis: “Era una novela muralística con choferes de taxi, prostitutas, figuras de esta sociedad banal y escritores fracasados. Era todo y especialmente la vibración de la ciudad, el ruido de la ciudad.”

Carlos Fuentes también ejerció la diplomacia. Entre 1950 y 1951 representó a México en Ginebra ante la Organización Internacional del Trabajo, embajador en Francia, y trabajó varios años en el departamento de Relaciones Culturales de Exteriores. La docencia fue otra de sus pasiones, como lo demostró en sus años de catedrático de Literatura en la Universidad de Princeton (Estados Unidos), y en otras universidades norteamericanas, como Columbia, Harvard y Pennsylvania.

En sus años argentinos se aficionó al cine. Gusto que se fue refinando con los años, y que lo terminaría llevando a realizar guiones para el director español Luis Buñuel, con quien mantuvo una gran amistad. Entre los libros cinematográficos que escribió figuran “Las dos Elenas”, “ Un alma pura”, y la adaptación de dos textos de su compatriota Juan Rulfo: “ El gallo de oro” y “ Pedro Páramo”. El mexicano Paul Leduc filmó una novela de Carlos Fuentes, “La cabeza de la hidra”, en tanto el argentino Luis Puenzo, llevó a la pantalla grande “Gringo viejo”.

Poco antes de morir había acabado su novela “ Federico en su balcón”, que fue publicada póstumamente, y ya tenía en mente, otro libro, “El baile del Centenario”: “Tengo ya muchos capítulos, notas y personajes. Hay una mujer que me interesa mucho, que no quiere decir nada de su pasado y se va descubriendo poco a poco, hasta que llega al mar y se libera”.

Mario Vargas Llosa dijo sobre el mexicano: “Fuentes fue un hombre universal, que vivió de una manera comprometida todos los grandes problemas políticos y culturales de su tiempo”. Dejó una obra compleja en la que se cruzan las posibilidades narrativas y el pensar de una realidad socio histórica.

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