cultura

Entrevista a Felipe Pigna

Acaba de publicar “76” un libro que reconstruye la última dictadura cívico militar, desde sus prolegómenos hasta sus secuelas.

Felipe Pigna tiene el mérito de que gran cantidad de gente de todas las edades se interesen en nuestra historia, pongan en entredicho muchas de las nociones adquiridas, tomen nota de la carga de actualidad que siguen teniendo hechos y personajes lejanos en el tiempo, y transmitir como una narración apasionante ese relato que en las escuelas difícil de sobrellevar. Acaba de publicar 76, a propósito de los 50 años de esa dictadura que quedó doliendo para siempre en nuestra memoria.

—El libro pone de resalto los años previos a la dictadura, no como una época dorada sino como la prefiguración de lo que vendría después...

—Tal cual. Me pareció importante hablar de todo lo que pasó antes, de la situación en la que estaba la gente, el clima que se vivía. Además, de cómo prepararon minuciosamente el golpe los civiles y los militares.

—¿Recordás cómo fue tu 24 de marzo de 1976?

—Sí, claro. Me acuerdo la tapa de un diario: "Es inminente el final: todo está dicho". Todo el mundo lo sabía. Estaba escuchando la radio y la noche previa ya se sabía lo que se venía. Mi viejo también escuchaba la radio y a las 3 de la mañana nos encontramos en el comedor y nos dijimos "Se viene". Sabíamos que se venía algo grave, pero nunca de las dimensiones de lo que vino.

—¿Dónde estabas viviendo?

—Ya vivía en Buenos Aires. Estaba en un colegio muy politizado, el Nacional n°6 Manuel Belgrano. Las clases comenzaron muy poco antes del 24. Yo terminaba quinto ese año. Directamente vinieron los militares al colegio, con la excusa de que había que remodelar la escuela; se hizo cargo una interventora que era mujer de un coronel. Tengo seis compañeros desaparecidos en ese colegio. Ya veníamos con un clima muy represivo, pero fue todo más notorio desde entonces.

—¿Cuál fue la razón de la mudanza de Mercedes a Buenos Aires?

—En realidad, fue mudanza de Mercedes a Azul, porque mi papá era gerente de Sadaic. Eso obligaba a que nos mudáramos cuando lo cambiaban de sucursal. En Azul estuvimos 3 años muy lindos, donde mi papá fue director de Cultura. Venían a casa La Fronteriza, la Negra, Atahualpa. Una época hermosa. De allí nos fuimos a Córdoba, y de Córdoba a Buenos Aires.

—También en Azul conociste a Javier Villafañe, ¿qué recuerdos tenés de él?

—Justamente, mi viejo, como director de Cultura en Azul, organizó el Primer Congreso Nacional de Titiriteros. Vinieron los más grandes titiriteros de América Latina. Ahí vino Javier, que paró en casa, con Juano, que era muy chiquito. Recuerdo a Javier enseñándonos en casa a hacer títeres con papel maché. Dio talleres en la cárcel, a los presos. Fue una semana de ensueño porque cada día había 3 o 4 funciones de títeres en distintos lugares de Azul.

—Siguiendo con escritores, conociste a Haroldo Conti, quien forma parte de la lista de desaparecidos.

—Haroldo Conti fue profesor de mi colegio, el Nacional número 6. Vivía cerca de allí. Fue un extraordinario escritor, de una ternura y claridad. Fijate hasta qué punto escribía tan bien Haroldo que, cuando censuran el libro - con Haroldo ya secuestrado y desaparecido-, los censores ponen que "se trata de una obra de excelente calidad literaria".

—Contás varias cosas de Haroldo Conti en el libro...

—Cuento esa carta tremenda que escribe a Retamar, director de la Casa de las Américas –Cuba-, en la que le dice que había tenido encuentros informales con algunos oficiales del ejército y que calculaban que los muertos van a ser 30 mil.

—Dedicás todo un capítulo a la cultura. ¿Qué es lo más saliente al respecto en esos años?

—Lo más lindo que puedo decir es que resistió. Lo más tremendo fue la persecución y asesinato de centenares de miembros de la cultura argentina. Para mí, lo digo sin ningún chauvinismo, la argentina es una de las culturas más importantes del mundo, porque tenés grandes expresiones artísticas en el rubro cultural que se te ocurra. Eso fue lo que la dictadura no soportaba. En general las derechas no soportan la cultura y la atacan directamente.

—Hubo una tremenda censura

—Miguel Paulino Tato - a quien Sui Generis le dedicó "El señor Tijeras"-, se jactaba en una entrevista pública que si Dios lo ayudaba iba a prohibir trescientas películas por año. Me parece que Dios lo ayudó. Lo mismo pasaba con la música, al estar todo prohibido, nadie sabía qué se podía poner o no. Entonces operaba la autocensura.

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