cultura
La madre del Nuevo Teatro
Alejandra Boero es uno de los primeros nombres que se barajan cuando se hace el recuento de lo que se llama teatro independiente, pero aún se le escatima el reconocimiento que merece.
Tenía más de 80 años cuando llevó adelante el proyecto de hacer teatro en comedores populares, escuelas y villas miserias. Sus pulmones no le daban tregua y debía tener un tubo de oxígeno siempre a mano. Peso a eso, tenía energía para llevar adelante la batalla que había comenzado a librar de joven. Ningún achaque la hacía retroceder. Con el dinero de una herencia, más una hipoteca que la hundió hasta el cuello, abrió Teatro Andamio 90, su propia escuela de arte dramático, creada para profundizar en la formación profesional y ética a actores, actrices y docentes; entidad que luego su hijo –Alejandro Samek- transformaría en instituto privado incorporado a la enseñanza oficial. Alejandra Boero nació el 9 de diciembre de 1918 –con el nombre de Ofelia Digiamo Viera-, y su vida es uno de los más entrañables emblemas del teatro argentino.
Integró el grupo La Máscara desde 1941, y nueve años después fundó Nuevo Teatro junto al actor y director Pedro Asquini –con quien se casó en segundas nupcias-, que funcionó, en un comienzo en calle Maipú 28, de la ciudad de Buenos Aires. Hizo muchos clásicos de la literatura universal: “Crimen y castigo” , “Antígona” , “ El avaro”, “ El puente”- de Carlos Gorostiza-, “Sacco y Vanzetti”, “La casa de Bernarda Alba”, y estrenó, en nuestro país “Madre Coraje”, junto a Héctor Alterio. Leyó el método Stanislavsky en inglés, cuando aún no se conocía en nuestro país, y fue una de sus mayores difusoras. Fue pionera en nuestro país del movimiento del teatro independiente que, pese a su riqueza y empuje, no llegó a alcanzar el nivel de popularidad que se propuso, pues no logró horadar cierta capa intelectual clasemediera.
Amaba el teatro porque “en el teatro uno siente que el espectador está ahí y que debe saber manejar la espontaneidad, captar el pensamiento del público y sus emociones con gran rapidez. Para mí, esto es una forma de aprender a discernir sobre las ideas propias y ajenas, una forma de educarse para la vida.”
Ella tenía la misma vitalidad y capacidad de resistencia del teatro para sobrevivir a las crisis económicas y políticas, dictaduras, desdén de los gobiernos y desinterés mediático. Se preguntaba qué sería de la Argentina sin los artistas, intelectuales y científicos, “sin su gente trabajadora, capaz de crear una país de maravilla a pesar de los gobernantes que nos dan sustos y nos toman el pelo”.
Alejandra Boero no creía en los modismos de las élites culturales, sino en el idioma del pueblo. Su gran apuesta era proponer al público común un teatro exigente, que obligara a pensar y a sentir la realidad desde ángulos novedosos. Su objetivo era "insertar a las nuevas generaciones en el movimiento cultural, a través de una actitud paralela que permita abordar la búsqueda y la experimentación". Insólitamente, ganó esa pulseada: sus clases estaban llenas de jóvenes. Compartía con todo el mundo su felicidad: “Los jóvenes me explican el mundo en que vivo”.
Fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1996, y la ristra de premios que colgaba de las paredes de su casa eran interminables: Premio María Guerrero a la trayectoria, ACE de oro, Premio Podestá, Konex, y fue integrante del Consejo Directivo del Instituto Internacional del Teatro de la Unesco.
Su nombre no está asociado a grandes producciones cinematográficas, a programas televisivos de considerable raiting o a las marquesinas de la calle Corrientes. Su cara no es fácilmente reconocible, ya que no frecuentaba las tapas de las revistas o las portadas de los suplementos de espectáculos. Pero sus espectadores y la crítica especializada le tributó los más altos elogios, esos que aún resuenan cada vez que se la recuerda. El 4 de mayo de 2006, a los 87 años, murió esta mujer que decía ser millonaria “porque siempre elegí lo que me hizo feliz”.
