cultura

El recuerdo de un gran escritor incómodo

Oscar Hermes Villordo fue uno de los primeros escritores que trató abiertamente en su obra el tema de la homosexualidad.

Sin la intención de convertirse en el paladín de la valentía, sino más bien tratando de hacer una confesión y poner sobre la mesa para ser analizado y comprendido, nunca escondió su homosexualidad. Con “Poemas de la calle” inició una carrera literaria que continuó con “Teníamos luz” (1962), “El bazar” (1966) y la “Brasa en la mano” (1983), entre otros. Fue redactor de revistas infantiles; alguna vez (con seudónimo de mujer) contestador de un consultorio sentimental en una revista femenina y notero de distintos diarios de tirada nacional.

Oscar Hermes Villordo nació en un pueblo recóndito del Chaco cuyo nombre resuena o parece tener ecos del espíritu festivo y queer de sus relatos: Machagai. Allí era el hijo “puto” del subcomisario, tal como reveló en la autobiografía escrita a las puertas de la muerte a la que tituló “Ser gay no es pecado” (1993). Además, compuso una serie de cuentos que recogían esos recuerdos de chico, “bastante patéticos de a ratos”, según el propio autor. Por entonces, disfrutaba ver el trabajo de los obrajes, la cría de caballos y las pestes; incluso, había un hombre joven que todos querían y lo llevaban a verlo; el hombre lo sentaba en sus rodillas y lo hacía jugar con sus muñecos tallados en quebracho. Era Juan de Dios Mena, tal vez el más grande y original escultor argentino.

Sin embargo, lejos del unidireccional y desdichado itinerario que describe Didier Eribón para las vidas homosexuales del siglo XX, entre insulto e insulto se desataba la pansexualidad de los “machitos” encuerados encendida por las altas temperaturas, el río y los ambientes selváticos. Y con ella, el prematuro goce del niño/ púber Villordo.

Su abuela materna, francesa de ascendencia bretona, leía mucho y aunque murió pronto, de ella le quedó el gusto por la lectura. Cuando finalizó el colegio secundario, le dieron una beca para estudiar en Catamarca la carrera del profesorado, pero mientras tanto tuvo que trabajar en diversos oficios. Lo cierto es que consiguió el traslado de la beca de Catamarca al profesorado porteño, que tenía su sede en el barrio de Belgrano. Pero como la beca no era suficiente, tenía que seguir trabajando. Joaquín Gómez Bas, autor de “Barrio gris”, lo invitó a colaborar en la revista Atlántida; necesitaba hacer un número especial, con urgencia, sobre turismo. Como Oscar conocía algunas provincias le preguntó si se animaba a escribir sobre Misiones, Catamarca y el Chaco. “Y me animé- relataba el escritor- Cómo salió, no sé; pero a partir de ahí me propuso dejar de andar a salto de mata”.

Mientras vivió las penurias del periodismo, desarrolló su vena literaria: “María Elena Walsh dijo algo que puede aplicarse con certeza a Oscar Hermes Villordo : de un gran lector a un escritor, no media un paso siquiera, cuando hay vocación. “Creo que escribí desde siempre”, aseguraba Villordo.

Oscar Hermes Villordo murió el primer día de 1994 víctima de complicaciones por el sida. Meses antes había hablado públicamente de su enfermedad desde las páginas de La Nación asumiéndose homosexual y promiscuo. Nuevamente daba cuenta del espíritu de su existencia al rebelarse orgullosamente marginal desde las páginas de un diario hegemónico. En épocas en que ciertos demonios políticos del pasado amenazan retornar adoptando nuevas formas, la recuperación de su personalidad y de su obra resulta clave y poderosa para rescatar la memoria histórica.

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