cultura

Matías Behety, “la momia de Tolosa”

Fue poeta, abogado y un gran orador, un hombre brillante. Sin embargo, no es especialmente recordado por lo que hizo en su vida, sino por lo que ocurrió después de haber muerto.

Interés General

04/01/2021 - 00:00hs

Nació el 18 de mayo de 1849, hijo de un integrante del batallón de franceses que combatía bajo la bandera uruguaya en el Sitio de Montevideo. Nueve años después, su familia se embarcó rumbo a Concepción del Uruguay, donde se establecieron. A los 15 años, volvió a mudarse, esta vez, hacia Buenos Aires.

Matías Behety estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires siendo compañero de Eduardo Wilde, Victorino de la Plaza y Miguel Cané –quien le dedicaría algunas páginas en su libro Juvenilia, llamándolo “el bohemio de Murger, con más delicadeza, con más altura moral”. En otro tramo de su libro, Cané diría de Behety: “Nunca se impone a mi espíritu con más violencia el problema de la vida, que cuando pienso en ese hombre”.

Muy precozmente –con menos de 20 años– se recibió de abogado y trabajó en el estudio de Manuel Quintana, quien sería presidente de la República entre 1904 y 1906. Paralelamente ejerció el periodismo colaborando en el diario La Patria del General Mansilla. Era un orador de fuste, elogiado por el propio Domingo Faustino Sarmiento.

Parecía aguardarle un futuro brillante pero dos cosas conspiraron en su contra: el alcohol y el azar. En cuanto a lo primero, fue pública su creciente afición por el alcohol, en particular, el ajenjo. La prensa de la época publicó una foto suya vestido con andrajos, casi cayéndose sobre la mesa, en la cena homenaje al actor italiano Ernesto Rossi, de gira por nuestro país.

Joaquín Castellanos, un poeta que llegaría a ser diputado nacional, le dedicó un poema al que llamó “El borracho”, aunque el mismo autor aclaró que no quiso ser ofensivo con quien consideraba “quizá la más brillante inteligencia de su generación”. La causa de su alcoholismo muchos la encuentran en la prematura muerte de su novia, María
Lamberti, a quien dedicó buena parte de sus poemas.

En un intento desesperado por arrancarse del ambiente que parecía alimentar su tendencia autodestructiva, se mudó a La Plata en 1885. Su primer alojamiento lo encontrará en un hotel, “19 de noviembre”, ubicado en diagonal 80 entre 4 y 5. Quería construirse la épica personal de empezar su vida de nuevo, cuidando delicadamente cada detalle de la atmósfera en que transcurrirían sus días. Pero el alcohol había minado su salud, y ya había roto todas las amarras con su profesión de abogado, lo que lo sumió en una gran precariedad económica. Debió irse del hotel por no poder pagarlo. Alguien le ofreció una pieza en el fondo de una vivienda de Tolosa. Según cuenta Rafael Barreda, en un artículo publicado en Caras y Caretas: “Matías era pobre y vivió pobre, casi en la miseria”. Y agrega: “En el último período de su vida, se alejó de sus amigos que estaban en auge y solo se lo encontraba en los fondines, tabernas o bodegones... Allí se hallaba en su centro, a sus anchas, como él decía, usando de su lenguaje persuasivo, salpicado de figuras bellísimas, compartiendo con los pobres lo pobre de su bolsa. Y, cosa rara, los que escuchaban sus frases, siempre originales –aquella gente ruda e ignorante–, sentían por él el mayor respeto”.

Este hombre brillante admirado por presidentes e intelectuales, y vinculado familiarmente con una de las familias más ricas de la Argentina de entonces, los Menéndez Behety, murió de tuberculosis, solo, pobre y olvidado en el hospital de Melchor Romero, el 24 de agosto de 1885. Pero lo peor vendría después. Aquí es donde el azar jugó un papel feroz.

Cuando el cementerio de Tolosa fue clausurado en 1886, los cuerpos fueron trasladados. Cuando se hicieron las exhumaciones, apareció un ataúd que “contenía una momia de cuerpo entero y máscara intactas, de ojos semicerrados, con su dentadura superior al descubierto de una mueca risueña; atada la cabeza con pañuelo cuyas puntas simulaban la mariposa de una corbata de moño, la cabellera larga y descolorida, las ropas interiores y exteriores en perfecto estado”. Este fenómeno al que el administrador del cementerio, José Peralta, no pudo encontrarle explicación, hizo que se le atribuyeran propiedades milagrosas a la desconocida momia, a quien popularmente se bautizó como “la momia de Tolosa”.

Antonio Lamberti, el hermano del amor de su vida, reconoció que el muerto era su amigo.

En su poema Las dos almas, el mismo Matías Behety, quizá imaginando su propio final, escribió:

Sobre la fría tierra muerto estaba;
las negras sombras de la oscura noche
su cadáver velaban.

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