Avanza la repavimentación de la avenida 66 en Los Hornos y continúan obras viales en distintos barrios
Los trabajos se desarrollan entre las calles 141 y 157 e incluyen fresado, bacheo y la colocación de una nueva carpeta asfáltica.
Poeta español y periodista de larga trayectoria, que no hurta las palabras y el cuerpo para hablar de estos tiempos y defender los fueros de la poesía.
06/02/2026 - 00:00hs
Es el padre de Ismael Serrano. Ya está dicho. Pero si vale la pena conversar con Rodolfo Serrano no es por los azares de la genealogía, sino porque es un poeta con una mirada lúcida y abierta sobre este mundo tan turbulento como complejo que nos toca vivir. Tiene un largo camino recorrido como periodista, ha escrito ensayos y novela, pero es en la poesía donde su palabra alcanza mayor resplandor.
—Apuntes para un autorretrato: ¿quién es Rodolfo Serrano?
—Rodolfo Serrano es un hombre ya mayor, que va a cumplir 79 años dentro de poco, que nació en un pueblecito que se llama Villamanta - que es un pueblo de la provincia de Madrid-, hijo de una familia muy humilde, que está casado, tiene 3 hijos y escribe. Primero fui periodista muchos años en el diario El País y en otros medios, y escribe poesía. Ahora está felizmente jubilado y dedicándose un poco más a la poesía.
—¿De dónde te viene el amor por las palabras?
—Yo estudié en un sistema que ya no existe, que eran las escuelitas de nuestros pueblos, donde los maestros - que solían ser gente muy culta, y nos daban clases a niños y niñas, todos juntos- tenían una gran devoción por la poesía. Entonces nos enseñaban a los poetas castellanos: Lope de Vega, Machado, García Lorca, Campoamor, toda esa poesía que forma la historia literaria de España. Ahí yo creo que fueron los primeros pasos en los que empecé a degustar y a interesarme por la poesía: en una escuelita de pueblo.
—¿Cómo y cuándo pasaste de alguien que se arrobaba con la lectura de poemas a querer componerlos vos mismo?
—Desde muy pequeño siempre intentaba hacer algún poema: los primeros era una imitación de Góngora o de Lope de Vega, los romances del Cid. Siempre he intentado escribir. Aunque escribir poesía "más en serio" fue más tarde: tenía 18, 20 años, y empecé a hacer poemas más elaborados y buscando también mi propio camino.
—En un poema dedicado a tu padre, hablas de "años sin pan y sin trabajo". Contá algo de esas épocas.
—De mi padre tengo un recuerdo muy vivo porque es un hombre cargado de hijos y de trabajos. Él era republicano y fue perseguido, represaliado por el régimen de Franco. No encontró trabajo dentro del pueblo: tuvo que marcharse a Madrid a buscar trabajo porque en su pueblo no lo conseguía por ser rojo. El recuerdo que tengo de mi padre durante mi infancia pues es ese cariño con el que nos trataba a todos sus hijos, el quitarse el pan de la boca para dárselo a sus hijos. Recuerdo el otro poema, cuando íbamos a esperarle que venía con la cartera (la fiambrera donde llevaba la comida) a la espera de que le hubiera sobrado algo: un trocito de filete o tortilla. Fue una infancia feliz en el pueblo porque la pobreza nunca nos quitó la alegría.
—¿Cuánto de aquel niño hay en este Rodolfo con el que estoy hablando?
—Yo quisiera creer que está ahí todavía, y que no ha cambiado nada. Dentro de lo posible he procurado mantener siempre esas raíces, tener en la memoria el recuerdo de mi padre y el de mi infancia. Yo creo que sigo siendo aquel niño afortunadamente, y a medida que avanzan los años cada vez me siento más cercano a aquel niño.
—La poesía es indefinible por naturaleza, ¿pero qué palabras son las que mejor le cuadran a la poesía?
—Machado decía que la poesía es fundamentalmente sentimiento. Si hay sentimiento hay poesía. Yo siempre me he dejado guiar por esa norma: siempre rescato el sentimiento. Yo creo que la poesía es la capacidad de poner en palabras lo que verdaderamente estás sintiendo.
—Esa búsqueda de la luz es de alguna manera es una apuesta optimista por la vida, no obstante: ¿hay días en el que desánimo puede más?
— Sí, eso se nota también en el poema, porque la realidad de la sociedad y del mundo pesan excesivamente. Y tu propia realidad: a medida que vas viviendo te das cuenta que sos un ser trágico, que tienes problemas y el dolor no se va nunca de ti. Eso produce efectivamente una sensación de tristeza que termina acompañando los versos.