Un científico con conciencia nacional
Hilario Fernández Long participó como ingeniero estructural en obras fundamentales de infraestructura de nuestro país.
culturaHilario Fernández Long participó como ingeniero estructural en obras fundamentales de infraestructura de nuestro país.
12/01/2026 - 00:00hs
El ingeniero Hilario Fernández Long fue el último rector de la Universidad de Buenos Aires, surgido del régimen de plena autonomía, en 1965. Su gestión fue interrumpida en julio del 66, un mes después del golpe militar de Onganía, pues no aceptó asumir la intervención que le proponían ni, mucho menos, ocupar ningún cargo vinculado con la educación estatal. El “Go”, juego que introdujo en el país y al que considera superior al ajedrez, lo encontró entre sus más brillantes cultores. También la lectura de poesía china formó parte de su polifacética personalidad.
Nacido en Bahía Blanca en 1918 y egresó como ingeniero civil con diploma de honor en la UBA, en 1941, su trayectoria docente comenzó unos años después, ocupando los cargos de ayudante de cátedra, jefe de trabajos prácticos y profesor titular. En 1962 fue elegido decano de la Facultad de Ingeniería y, tres años después, rector de la UBA hasta la famosa “noche de los bastones largos”.
A la tarea de investigación y docencia, Fernández Long unió una vida profesional de primerísimo nivel. Intervino en los proyectos del Banco de Londres, de la Biblioteca Nacional, del edificio de IBM y de los puentes Chaco-Corrientes y Zárate-Brazo Largo, entre otros. Al retirarse de la UBA en 1966, Fernández Long fue profesor titular de Elasticidad en la Universidad Católica Argentina (UCA), de la cual fue docente desde la fundación, director del Departamento de Mecánica Aplicada, miembro del consejo superior y profesor emérito. Fue un pionero en la introducción de herramientas informáticas en su disciplina.
Muchos años después volvió a la UBA, nombrado doctor honoris causa durante el gobierno de Alfonsín -que también lo hizo miembro de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep)- y colaboró un tiempo en el laboratorio de Ingeniería, en la sede de la avenida Las Heras.
Ferviente defensor de la autonomía y la libertad de cátedra, desde el golpe de Onganía, comenzó a denunciar la degradación de la enseñanza universitaria: “En el 66 se intervino la Universidad porque se creía que estaba muy politizada, se la puso en manos del Ministerio de Educación, y partir de ese momento realmente se politizó del todo. Creo que la impresión que tenían los que la intervinieron era que fuese algo provisorio, pero se fue estirando y, como muchas veces pasa en Argentina, lo provisorio pasó a ser permanente”.
En ese sentido, Long subrayaba que, teniendo tantos antecedentes de lo contrario, insistir en que el ejercicio de la docencia era incompatible con la actividad político era un “error histórico”, principalmente, porque nuestros grandes universitarios fueron políticos. Empezando por Nicolás Avellaneda, que había sido nombrado como rector de la UBA, después de haber sido presidente de la República. Cuando lo nombraron, incluso, afirmó: “Me han ascendido a rector”, considerando que pasar de presidente a rector había sido un ascenso.
Por otro lado, a propósito del rol estudiantil en la actividad política, Long sostenía que el estudiante va a la universidad a hacer varias cosas: una de ellas es aprender la ciencia que eligió; otra, convivir con una camada de estudiantes que luego, durante la vida, van a ser sus compañeros y su núcleo de actividad social. Y, por otro lado, va a aprender a vivir en la República, y debía comenzar allí haciendo política universitaria. “Es imprescindible – decía Long- que el estudiante haga política universitaria”. En definitiva, Long planteó que todo modelo universitario era una cuestión de política. Por ese motivo, proponía “preparar ideas”, si la Argentina se decidiera a ser un país serio y de gran calidad: “No tenemos que apuntar a ser Estados Unidos; no, primero hay que ser un país pequeño, donde haya democracia, libertad y una excelente calidad en todo”.