cultura
Un héroe submarino
Jacques Cousteau deslumbró con sus hallazgos en los océanos, convirtiéndose en uno de los buzos más célebres de todos los tiempos.
Algunos han dicho que la formas más exacta de definir a Jacques Cousteau es pensarlo como uno de los hombres más generosos y menos contaminados del mundo. Un hombre que destilaba alegría, serenidad, que nunca se había detenido a pensar si era feliz porque vivía en felicidad; que dedicó todo su tiempo a trabajar para los demás, que pensó y proyectó cosas desde sus primeros experimentos como submarinista hasta el ocaso de su vida. Alejado de moldes y protocolos, el científico francés, más propenso a hacer que a decir, revolucionó el mundo con sus descubrimientos marinos y la invención de elementos que le han permitido al hombre bucear y vivir bajo el agua sin peligros.
Defensor de la ecología, del equilibrio natural, navegó, buceó, filmó y escribió, todo con sentido integrador, ya que su defensa por la vida acuática no fue otra cosa que la defensa por la vida humana. Su fascinación por el mar empezó muy pronto, y por casualidad. A los cuatro años de edad, Jacques era un niño con una salud muy frágil, por lo que los médicos recomendaron a sus padres que el pequeño evitara los deportes de contacto y practicara la natación. A partir de entonces, Jacques Cousteau empezó a sentirse fascinado por todo lo relacionado con el mar.
Cuando Jacques cumplió los trece años, su padre le regaló una cámara de filmar, y a pesar de que era un modelo sencillo, el joven la llevaba siempre consigo y grababa todo lo que le rodeaba. A los veinte años, Jacques se alistó en la Academia Naval francesa y se graduó como oficial de artillería, pero en un desgraciado accidente se le rompieron los dos brazos y estuvo a punto de perder la vida, lo que lo obligó a cambiar de planes para convertirse en piloto naval.
Hastiado de las frases y sentencias que se le atribuían, cuando le preguntaban por qué creía que había despertado tanto interés mundial, respondía: “Es siempre un milagro que no comprendo”. Lo cierto es que su interés por el mar se extendió hasta englobar todo lo que vive. Mientras su experiencia aumentaba, progresaba la ciencia, independientemente del aumento de su conocimiento; pero ese progreso le daba argumentos nuevos para ampliar su espectro y le permitió comprender, tal vez, la unidad de la vida sobre el planeta.
Nunca hizo oceanografía clásica porque, conociendo técnicas de la misma, su objetivo era detectar las falencias y vacíos que había. En ese sentido, le explicó a la periodista Mona Moncalvillo: “Cuando quisimos estudiar algo y no había un instrumento para hacerlo, nuestro grupo fabricó ese instrumento; cuando nos encontramos ante un fenómeno inexplicable, como por ejemplo las dificultades en el mar Caribe, nos concentramos en estudiarlo con los métodos más modernos a nuestro alcance”. Por consiguiente, todo su labor científico estuvo atravesado por indagar fenómenos poco ordinarios, extraordinarios o poco explorados. Asimismo, el científico francés no creía en la coordinación impuesta desde arriba, ya que ahogaba las iniciativas individuales y para un joven investigador no había sino que dejarlo hacer por las suyas.
Según Cousteau, la vida del hombre y la del mar estaban unidas: el hombre sin el mar no puede vivir. La calidez, la seguridad, la solidez de la vida del hombre está asegurada por toda pirámide viviente, y la mayor parte de esa pirámide está en el mar. “O sea que la suerte está entrelazada- aseguró en un reportaje-, estamos condenados a caminar juntos”.
El 25 de junio de 1997, el Capitán Planeta, como era conocido, marchó definitivamente al "mundo del silencio" al no superar unos problemas cardíacos que padecía desde hacía unos meses. Fue enterrado en su lugar de nacimiento, Saint-André-de-Cubzac (Francia), y homenajeado con una calle y una placa conmemorativa. Para el recuerdo quedarían sus palabras: "En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz".
