cultura

Una Premio Nobel del Tercer Mundo

Doris Lessing nació en Irán, se crió en Africa, y escribió en inglés una obra excepcional que le valió el mayor reconocimiento literario a nivel mundial.

Interés General

27/02/2026 - 00:00hs

"Soy un animal que escribe", declaró alguna vez Doris Lessing para explicar su vínculo profundo con la literatura. Para ella, imaginar historias era tan natural como respirar, pero no se sirvió de esa facilidad para escribir libros rápidamente digeribles por el mercado, sino para levantar una vasta obra construida desde cimientos profundos y trazada con implacable coherencia.

Nació en Persia –hoy República Islámica de Irán-, donde su padre había sido trasladado como soldado del ejército británico. Tenía seis años cuando se mudó a Rodesia del Sur, y fue allí, en África, donde Doris Lessing tuvo su verdadera escuela. Allí conoció la intransigencia racista de los colonos y las costumbres ancestrales de los pueblos originarios. Vivía en una choza de barro con techo de paja. Las pautas de la educación victoriana que se le había inculcado hasta entonces chocaban con la visión de los niños de esa aldea ruinosa en la que vivía, a los que veía marchar al combate fusil al hombro. Ese mundo infernal e incomprensible en el que se la había instalado de golpe la llevaron a la literatura como único sitio donde hallar las claves de lo que nadie sabía explicarle.

No era fácil para una niña con curiosidad intelectual desarrollarse en la Africa de entonces: “Aulas sin libros, sin manuales, ni un atlas, ni siquiera un mapa colgado en la pared. Una escuela donde los maestros suplican que les envíen libros para aprender a enseñar”. Para ella cada libro era un cántaro de agua en el desierto, y cada papel en blanco, la posibilidad de poner en palabras todo ese mundo que se iba formando en el magma de su imaginación. Su mejor amigo había aprendido a leerlas descifrando las etiquetas de los frascos de mermelada y en las latas de fruta en conserva. Bajo los arbustos achaparrados ella le leía cuentos ajenos y propios; su amigo, por su parte, le leía tramos de una enciclopedia para niños que alguien había arrojado a la basura.

África siempre se mantuvo en su memoria. Cuando en 2007 le dieron el Premio Nobel, evocó: “En mi mente habitan magníficos recuerdos de África que puedo revivir y contemplar cuantas veces quiera. Por ejemplo, esas puestas de sol, doradas, púrpuras y anaranjadas, que se despliegan en el cielo al atardecer. ¿Y las mariposas diurnas y nocturnas y las abejas sobre los aromáticos arbustos del Kalahari? O, cuando me sentaba a la orilla del Zambezi, allí donde corre bordeado por pastos claros, durante la estación seca, con su satinado y profundo tono de verde, con todas las aves de África cerca de sus márgenes. Sí, elefantes, jirafas, leones y otros animales, había muchísimos, pero cómo olvidar el cielo nocturno, aún incontaminado, negro y maravilloso, cubierto de inquietas estrellas”. Pero no sólo guardaba recuerdos idílicos, sino también la viva memoria de las largas colas para obtener una ración de agua, o los salvajes combates cotidianos por ropa y alimento.

A los treinta años deja África para radicarse en Londres. Cinco años antes se había casado con Gottfried Lessing, un judío alemán que la inició en el conocimiento del marxismo. La vocación literaria de Doris ya estaba decidida y no tenía vuelta atrás. En 1950 publica “Canta la hierba”, un libro que conoció el éxito inmediato y que le abriría las puertas para todas las historias que había traído en su valija.

Sus obras son una apuesta audaz por la imaginación más exacerbada. En “La grieta”, un narrador masculino relata la historia de una comunidad de mujeres tan remota en el tiempo que aún no ha parido el primer macho de la especie humana. En “Hijos de la violencia”, cuenta el desmoronamiento del imperio británico en el Africa con una gran lucidez teórica y un inagotable arsenal de recursos técnicos.

En la biblioteca de María Elena Walsh había un estante entero con los libros de Doris Lessing –“como un altar para la Virgencita”-, y no pocos escritores y escritoras de nuestro país se sintieron deudores de esta escritora que con sus libros nos permite ver mejor y más lejos, en un aprendizaje profundo que nunca acaba.

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