CULTURA

Un loco del Evangelio

Antonio Puigjané fue un cura que vivió entre pobres y conoció los desvaríos del amor y la violencia.

Antonio Puigjané fue un sacerdote que quiso seguir los pasos de San Francisco de Asís; un hermano menor que vivió de su fe y el Evangelio al lado de los pobres, los desamparados, los que sufren. Por eso su camino estuvo plagado de persecuciones y acusaciones. Pero, como las buenas semillas, siguió adelante con su misión de dar frutos y esperanza.

Barbado, de origen cordobés, ingresó a la orden capuchina a los 12 años. Otros tantos años pasarían hasta que hiciera sus primeros votos religiosos en Nueva Pompeya y llegara su ordenación sacerdotal. Había nacido en Córdoba; su madre era una mujer piadosa y aprendieron de ella a vivir una relación con Dios muy cordial, con los matices del temor.

Los capuchinos son la tercera reforma grande dentro de los franciscanos. San Francisco de Asís no quiso hacer una orden religiosa, pues no quería saber nada con ellas. Le proponían ingresar con los agustinos o con los benedictinos, y él contestaba: “No me hablen, por favor, de San Agustín o San Benito, el señor me ha llamado a que sea un nuevo loco del Evangelio”. Él quería una vida de entrega, metida en el pueblo y al servicio del mismo.

Comenzó trabajando en la formación de jóvenes aspirantes, hasta que encontró su rumbo definitivo en la experiencia de vivir entre los pobres para brindarles apoyo y ayudarlos a paliar sus necesidades imprescindibles. Entonces se instaló en una villa en Mar del Plata. Su segunda etapa fue en La Rioja: Anillaco, Chepes, Anguinán. En esos pueblos desarrolló su oficio de pastor comprometido con los explotados. Junto al obispo, monseñor Angelelli, padeció todo tipo de humillaciones y acusaciones, incluyendo asesinato de sus hermanos.

Su profundo amor por el sacerdocio lo llevó hasta la indignación por inacción de muchos miembros de la jerarquía eclesiástica y denunció sin rodeos a quienes habían suplantado la fe por el privilegio, el dinero y el poder. A propósito de su labor, alguna vez le contó a la periodista Mona Moncalvillo: “He tenido distintas épocas. La mayoría del tiempo he estado dedicado a la formación de los muchachos, lo que llamábamos seminario seráfico y después postulando. Luego he intentado ponerme al servicio de los hermanos que más sufren. Eso lo he sentido muy hondo. Al principio lo buscaba a través de la formación pero después tuve autorización, en Mar del Plata, para salir del convento e irme a una villa. Ahí comenzó una nueva experiencia”.

En Mar del Plata, llegó un momento en que la gente misma le pidió que fuese a vivir más cerca de ellos. Había una capillita desocupada, la arreglaron un poco y se instalaron. Llegaron a tener un vínculo muy cordial con los vecinos. Después arribaron dos sacerdotes más y comenzaron a vivir, los tres, intentando concretar una fraternidad franciscana inserta en un medio más humilde.

Fray Puigjané pasó nueve años preso por el ataque a La Tablada, la acción guerrillera más violenta desde que los violentos años 70 quedaron clausurados por el terrorismo de Estado: siete de esos años carcelarios, los pasó el sacerdote en el pabellón 18 de la cárcel de Caseros, en una celda de 2.50 por 1.50, rodeado de fotos de tres sacerdotes: la de Carlos Mugica, asesinado por la Triple A en 1974, la del obispo de Neuquén, Monseñor Jaime de Nevares, que murió en 1995 y la de su amigo Enrique Angelelli. Otros dos años pasó preso Puigjané en la cárcel de Ezeiza y, al cumplir 70 años, fue beneficiado con la prisión domiciliaria que cumplió en instituciones religiosas, entre ellas la iglesia y convento de Santa María, en Coghlan.

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