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Carlos Monzón, entre la gloria y el crimen

Fue uno de los mayores boxeadores argentinos de todos los tiempos. A un tiempo, campeón y asesino. Su historia sigue recordándose con asombro.

El de Carlos Monzón contra José Mantequilla Nápoles fue uno de los combates más épicos de la historia del boxeo mundial. En un estadio con capacidad para once mil espectadores, montado para ocasión bajo una gigantesca carpa emplazada en un parque público parisino, dos campeones se medían frente a frente. Esa batalla ocurrida el 9 de febrero de 1974, en una carpa de circo montada en un terreno baldío, quedaría vibrando para los tiempos en un relato de Julio Cortázar: La noche de Mantequilla.

Los cronistas destacaban la semejanza de Carlos Monzón al gólem de la leyenda medieval: un muñeco a medio terminar que perseguía a su víctima hasta la demolición. Plantándose en el medio del ring, miraba como una fiera y su contrincante ya no podía salir corriendo. El boxeo iba a ser la única manera de ganarle a la pobreza. No ambicionaba demasiado: apenas lo necesario para salir de la calle. En su primer día de entrenamiento, se sacó la camisa y trabajó con un pantalón brin, color caqui, y para que pareciera un pantaloncito de entrenamiento verdadero se lo arremangó hasta un poco más arriba de la rodilla. Los primeros consejos que recibió arriba del ring fueron del exboxeador el “Mono” Martínez y de Roberto Agrafogo.

Dice Osvaldo Soriano que fue Monzón y no el Firpo de los años veinte el verdadero Toro Salvaje de las Pampas. “Firpo era humano y al final dejó una gran desilusión en los tiempos de la radio a galena. El Mono Gatica ganaba y perdía en época de Perón, intuía de qué lado estaba el poder y, tarde o temprano, lo desafiaba. Pero Gatica y Bonavena tenían humor: eran tipos extraviados en la niebla del cabaret que perdían plata todos los días y se burlaban de la fama y la gloria. Monzón nació en una villa miseria, se abrió paso en silencio y nunca se le ocurrió pensar en los demás”, subrayó el autor de No habrá más penas ni olvidos.

Era tan ignorante del deporte que no conocía más que dos o tres nombres de boxeadores famosos: Pascualito Pérez, José María Gatica y Roberto Chetta —porque era santafecino—. Prefería ir al fútbol a ver a Colón cuando jugaba de local, siempre y cuando pudiera infiltrarse a la cancha sin pagar la entrada, que por entonces costaba nada menos que un peso. “Pelear era lo que menos costaba, no puedo ser tan sádico de decir que sentía placer al pelearme, pero sí aseguro que no tenía ningún temor, ni me resultaba complicado enfrentarme a cualquiera”, confesó en su autobiografía.

El 14 de febrero de 1988, el boxeador estranguló a su esposa y la tiró del balcón de una quinta luego de discutir sobre la cuota alimentaria de su hijo. El caso dividió a la sociedad argentina entre quienes defendían y condenaban al culpable. El cuerpo sin vida de Alicia Muñíz yacía sin vida en una casa quinta del barrio La Florida en Mar del Plata. Debido a una discusión relacionada con la manutención de Maximiliano Monzón, el hijo de 6 años que tenían en conjunto, el boxeador tuvo un arranque violento y comenzó a golpear a la víctima, para terminar arrojándola por el balcón. Sin embargo, no era la primera vez que había reaccionado de esa manera. La prensa hizo del asesinato un dato menor, una anécdota más en la vida del campeón, un sangriento dato de color.

Monzón fue uno de los grandes boxeadores de todos los tiempos. Los especialistas lo ubican unos pasos más atrás del gran Nicolino Locche. Eran estilos diferentes. Locche reía y bailaba, era —en palabras de Soriano— “un gato doméstico que solo se despierta para comer y jugar con ovillos de lana”. Monzón era otra cosa, mezcla de doberman y primate: tenía una inteligencia de cuatro por cuatro, suficiente para calcular todo lo que podía pasar en el ring. Los periodistas lo bautizaron “la picadora de carne”. Llegó a ser, como Maradona o Fangio, el argentino más famoso del mundo. Y nadie dejó de admirar el talento que practicaba con el adversario antes y después de demolerlo. Lo cierto es que jamás lo acompañó la simpatía de los dioses ni la conciencia limpia de sus terribles fechorías abajo del ring.

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