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Cuando Julio Cortázar traducía cartas a las prostitutas

Hacia el final de su vida, el gran escritor argentino publicó un libro de cuentos en el que revela secretos de sí mismo y de colegas.

Deshoras fue uno de los últimos libros publicados por Julio Cortázar, en 1982, cuando ya había anunciado que volvería al país al haber asumido un gobierno constitucional; un regreso que finalmente no se concretó. El libro incluye ocho cuentos en los que no aparece ningún tema o hilo conductor entre ellos. Pero no hace falta que los haya, porque lo que prevalece- como en toda su obra- es su capacidad de sintetizar visiones, ideas y nostalgias.

En el libro, hay un relato titulado Diario de un cuento, en el que figura un conmovedor homenaje a Adolfo Bioy Casares. Cortázar se había encontrado fugazmente con él en Buenos Aires, en 1947, y por entonces aún no había publicado Bestiario. Años más tarde Bioy llegó a Paris, y como era amigo de Aurora Bernárdez, la llamó y le dijo que tenía ganas de encontrarse con él. Entonces fue a la casa de Cortázar y le hizo unas fotos – Bioy fue un notable fotógrafo- y Cortázar recuerda que pasaron “una hermosa noche en la que hablamos de vampiros todo el tiempo”. El autor de Rayuela manifestaba que lo que más admiraba de Bioy era que se había a negado a toda promoción de tipo publicitario, “incluso cuando aquí en Francia se elogia mucho La invención de Morel porque lo ven como una especie de modelo de relato fantástico, sé que Bioy no se entusiasma, no le gusta que hable de él. Es un hombre muy secreto”.

Asimismo, Diario para un cuento es absolutamente autobiográfico, aunque el propio autor explicara que ese componente se injerta en un texto que luego es pura invención. Cortázar – como se narra en el cuento- había sido traductor público y lo más interesante que le había dejado aquella experiencia fue que entre la clientela que le había dejado su socio cuando se marchó de la oficina que tenían en San Martín y Corrientes, se encontraban cuatro o cinco prostitutas del puerto a quienes les traducía y escribía cartas en inglés y en francés. Fue una experiencia psicológica fascinante y durante un año Cortázar les tradujo cartas de los marineros que les escribían desde otros puertos: “Fue entonces cuando me enteré de un crimen – le contó durante un reportaje a su amigo Osvaldo Soriano-. Por supuesto que no sucedió como yo lo cuento en Diario, pero en un cambio de cartas había referencias a un veneno y a la eliminación de una mujer que molestaba a alguien”.

Lo curioso es que ese cuento tardó más de 30 años en tomar cuerpo y tal vez la explicación esté en el mismo relato. El propio Cortázar aseguró: “Habría que analizarlo más profundamente, porque mi problema ahí es que yo no consigo nunca atrapar el personaje de Anabel como hubiera querido y a lo largo del cuento es ella la que me va atrapando a mí”. En 1998 el relato sería llevado al cine con las actuaciones de Germán Palacios, Inés Estevez y Enrique Pinti.

Por la época en que escribió aquel relato, Julio Cortázar solía ir al Luna Park a ver boxeo con un libro de Víctor Hugo bajo el brazo, como joven esteta y estetizante que terminaba de leer a los poetas franceses y asistía a ver boxeo como otro espectáculo estético. Los primeros cuentos cortazarianos ya eran fantásticos: “Hubo una novela, que también destruí y que no tenía nada de fantástica. Eran como 600 páginas y la escribí para hacerme la mano. Unos años más tarde decidí que no me gustaba y fue al fuego”.

No obstante, Cortázar se cobró unas cuantas deudas, incluso de su infancia, en Deshoras. Basta leer Escuela de noche. El propio autor confesaría: “Ese es un cuento que le va a hacer mal a muchos ex alumnos de esa escuela, que fueron moldeados por ella y conservan un sentimiento romántico de aquellos años. Afortunadamente los argentinos tenemos un lado sentimental que hay que mantener mientras no se vuelva histeria, como a veces ocurre incluso en la política”. Por último, cuando le consultaron por qué en aquel libro seis de sus ocho cuentos ocurren en nuestro país, Cortázar sólo atinó a responder: “A mí nadie me saca de la Argentina”.

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