cultura

Cuando Tokio era la capital del tango

Millones de japoneses eran tangueros fervorosos y se reunían en lugares nocturnos llamados “Caminito”, “La Cumparsita” o “La Payanca”.

Hay un corral. Boleadoras. Lazos. Un retrato de Gardel. Varias guitarras. Hay también un ciego que canta Tomo y obligo. El nombre artístico del ciego es Apache Argentino. La escena ocurrió en un pueblito japonés, llamado Okaiama, y fue contada por Horacio Salgan al regreso de su gira por Japón, país al que volvería una y otra vez y en el que, en 1981, junto a Ubaldo De Lio, grabaría un disco en vivo.

Hacia fines de la década del 60 se calculaba que de los 80.000 clubes nocturnos de Japón, el 10% llevaba nombre de tango. En Hiroshima –una de las ciudades asoladas por el terrorismo norteamericano-, Katsuhiro Yamasaki fundó en el Café Música una Sociedad de Amigos de la Música Argentina, que contaba con un quinteto tanguero. En Tokio, en la peña se enseñaba a bailar el tango y hablar el lunfardo.

En Japón el tango hacía furor. 10.000 personas hacían cinco cuadras de cola frente al teatro donde debutaría Osvaldo Pugliese, una de las orquestas más exitosas en Tokio. En 1965, Pugliese había sido contratado para dar un par de conciertos, pero su éxito fue tan desmesurado que tuvo que quedarse algunos meses para recorrer casi todo Japón. Las grandes grabadoras que operaban en nuestro país -Columbia, Víctor, Odeón-, editaban en Japón al mismo tiempo que en nuestro país cada nuevo disco de tango.

El Gardel japonés se llamaba Yoichi Sugawara, quien imitaba obsesivamente cada gesto y detalle de vestimenta del Mudo. Había una treintena de orquestas típicas compuestas por músicos locales, y una revista de gran tirada, la Iberoamericana, difundía todo lo argentino vinculado al tango y al folklore. El tango empezó a adquirir una popularidad inusitada en los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando se prohibió en la radio la difusión de la música de jazz.

Mucho antes del furor por los futbolistas argentinos, los japonés abordaban en la calle a los turistas de nuestro país para preguntarles por Gardel, Troilo, Darienzo o Julio Sosa. El ídolo tanguero más popular era Francisco Canaro –quien había actuado en Japón en 1961, con un éxito arrasador-, y los tangos más en boga eran los que pertenecían a la protohistoria del género: Caminito, El choclo, El entrerriano, La payanca, Chiqué, El elegante, Derecho viejo. Según algunos, la epidemia tanguera en Japón se desató en la década del 20, cuando un disco de Rosita Quiroga fue llevado a ese país por unos marineros argentinos. El estudioso japonés Nakanishi, director de la revista Iberoamericana, creía, en cambio, que había sido un cuarteto, perdido ya en el olvido, el introductor de la canción porteña en Japón.

“Shibui canyengue”

¿Por qué el tango conectó de una manera profunda con la sensibilidad de los japoneses? Las respuestas son muchas y ninguna enteramente convincente. Armando Pontier observó que el culto japonés a la entereza y a la virilidad los volvía muy afines a la mitología tanguera. Horacio Ferrer decía que, en el idioma japonés, la palabra shibui significa “la apariencia amarga de lo que es positivamente hermoso”. Y que, “para los japoneses, el tango era una suerte de shibui canyengue”.

Lo cierto es que el furor por el tango no se fue transmitiendo generacionalmente; y, aunque el público sigue siendo numeroso, es indudable que fue mermando. En 1987 se vio por la televisión japonesa el espectáculo Tango Argentino y la revista Asahi Graph le dedicó una edición completa; pero los seguidores ya no son multitudes, sino un público fiel, informado y más reducido. Tokio sigue siendo una ciudad que acoge con hospitalidad nuestra música, pero ya no es la capital del tango.

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