cultura
De tal palo
Augusto César Ferrari fue un retratista de la nobleza italiana, cuya fama quedó opacada por el renombre alcanzado por el hijo.
Se ha escrito más sobre León Ferrari -artista plástico, también-, pese a que él mismo afirmaba que el verdadero genio de la familia era su padre. Augusto César Ferrari nació el 31 de agosto de 1871 en un pueblo cercano a Módena llamado San Possidonio. Hijo de un comerciante en vinos, estudió arquitectura en la Universidad de Génova, pero en cuanto se diploma, en 1892, partió a Turín donde ingresa en la Academia Albertina y, ya sin ayuda económica paterna, complementó su formación con el estudio de Estilos Antiguos y Modernos en el Museo Industrial.
Su vasta producción permaneció en el olvido hasta hace muy poco, cuando despertó el interés de instituciones italianas y locales que empezaron a estudiar su legado incluso antes de emigrar a la Argentina, donde dejó una cantidad de edificios religiosos y residenciales, además de pinturas y fotografías.
Puso su primer cuadro en una muestra colectiva en 1901 y poco después empieza a convertirse en uno de los retratistas preferidos de la nobleza italiana (sus cuadros integran las colecciones de Vittorio Emanuelle III y del Duque de Aosta y el cardenal Agostino Richelmy le encomienda la realización de los frescos de la iglesia de Cambiano). El joven Augusto descubrió por entonces una faceta novedosa de la pintura que no sólo le permitió combinar sus diversos saberes sino también que redefinirá su destino llevándolo a América: los “panoramas”, que consistían en grandes telas de hasta 1500 metros cuadrados que se exhibían en salas cilíndricas con una plataforma central desde la cual el público contemplaba, en un entorno de 360 grados, los episodios históricos “narrados” visualmente.
Cuando un terremoto destruyó la ciudad de Messina, Augusto partió a Sicilia con su cámara de fotos y a su retorno le anuncia al maestro que ya tiene tema para el primer “panorama” que hará por las suyas. El resultado, Messina Distrutta, un “fresco” de 124 metros de largo por 15 de altura, es expuesto en Turín en 1910 y los diarios italianos celebran la aparición de un nuevo maestro del popular género.
Poco antes del estallido de la Primera Guerra, Augusto llegó a Buenos Aires con el propósito de exponer su Messina. La crisis económica desbarató sus planes pero igual decidió quedarse a probar suerte. Un obispo de apellido Romero le presentó a la viuda de Emilio Mitre, que estaba inaugurando la Capilla del Divino Rostro en Parque Centenario. Ferrari se ofrece a decorar sin cargo la cúpula e interiores (descartando el óleo por su costo y optando por el blanco y negro de los grafitos bituminosos). El trabajo rindió sus frutos: no sólo conoció durante la tarea a la directora del colegio contiguo, una joven nacida en Chascomús llamada Susana del Pardo (con quien se casaría en 1916) sino que a partir de entonces se sucedieron los encargos: primero son dos panoramas, uno de la batalla de Tucumán y otro de la de Salta (este último no sólo se exhibe en la provincia sino también luego en Buenos Aires, en la esquina de Pellegrini y Corrientes, inaugurado por el presidente Victorino de la Plaza y luego adquirido por la Sociedad Tabacalera Argentina); paralelamente hace numerosos retratos de la sociedad porteña y se inicia su fecunda relación con el poderoso monseñor De Andrea, que le encomienda la reforma y decoración de la Iglesia de San Miguel (120 cuadros que pinta en la misma iglesia y en su taller, más varios altares y el diseño del piso e interiores).
En 1928 presentó una muestra de 34 cuadros en Witcomb. Sería la última vez que expondría su pintura. Su hijo León aseguraba que, así como su padre no trajo un solo recorte de prensa cuando llegó de Italia, tampoco se preocupó por conservar los panoramas que hizo (los originales se han perdido por completo; se han podido reconstruir dos de ellos por las fotos que quedaron en la familia).
