cultura

El escritor que se sabía todos los trucos

Gabriel García Márquez conocía hasta los tornillos más ocultos del oficio de contar historias que confesó haber aprendido de su abuela.

La localidad colombiana de Aracataca posiblemente sería totalmente desconocida para cualquiera que no hubiera nacido en este país sudamericano sino fuera por una cosa: esta población es el lugar de nacimiento de uno de los grandes nombres de la literatura de todos los tiempos: el laureado autor de Cien años de soledad y Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que nació allí el 6 de marzo de 1927.

El día que se sentó por primera vez a leer a Kafka descubrió conmocionado algo que no había llegado a entender en todo lo que había leído hasta entonces: un método. En ese sentido, el escritor colombiano comparaba al acto literario con el hipnotismo. Afirmaba que la técnica de un escritor consiste en convertir un texto en una verdad literaria. Que un método es una suma de clavos y tornillos para construir un ritmo respiratorio que no se puede romper.

García Márquez empezó a estudiar derecho en Bogotá, pero su carrera se vio truncada tras el conocido como "Bogotazo", unas sangrientas revueltas que estalló en la capital colombiana como consecuencia del asesinato del candidato a la presidencia y líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Por entonces, el Gabo leía con fervorosa admiración a Dostoievski, Faulkner, Poe. Fracasó, en cambio, con El Quijote, cuyos méritos descubrirá cuando siguió el consejo de Álvaro Mutis y lo instaló en la repisa del inodoro para leerlo como un purgante.

El joven García Márquez –frustrado estudiante y promisorio escritor- decidió trasladarse a Cartagena de Indias, donde trabajó como periodista en diversos medios como El Universal o El Heraldo.El ladrillo más importante que cimentó su estilo literario estuvo dado por el trasfondo doméstico: el mundo de las puertas para afuera de Aracataca, poblado por veterano de la guerra de los Mil Días, exiliados políticos de la vecina Venezuela y aventureros prófugos. Otra de las grandes lecciones que aprendió el Gabo ocurrió en la insólita escuela de Montessori de Aracataca, con su método para sensibilizar a los alumnos: “Allí aprendí a afinar el olfato y el paladar, al punto que he probado bebidas que huelen a ventana y panes viejos que saben a misa”.

“Nunca leo lo que escriben de mí: tengo miedo de descubrir mis propios trucos y ya no poder repetirlos”, ha declarado mil veces, marcando su renuencia a hablar de su proceso crea­tivo. Lo cierto es que, explotando al máximo los beneficios de la lengua caribe, García Márquez construyó un estilo verbal de un encanto infeccioso. Tan infeccioso que disimula hasta la invisibilidad su habilidad estructural, su endiablado conocimiento de los mecanismos de la ficción.

A propósito de una de sus grandes pasiones, el cine, el autor de El amor en los tiempos del cólera estaba convencido que lo importante no era la posibilidad técnica y científica, sino la definición estética de lo que había que hacer: “Porque no puede ser naturalista, no puede ser que las cosas huelan como en la naturaleza. El olfato es el sentido con mayor poder de evocación que existe, entonces es poder transportar ese poder de evocación al cine y por consiguiente al espectador con fines creativos, con fines estéticos, no que las rosas huelan a rosas y que las cebollas huelan a cebollas, sino para crear en el espectador sensaciones que no están en la pantalla, que no se sabe dónde están pero que se pongan en condiciones”.

Escribir, dijo alguna vez, es lograr que la ínfima pero enorme distancia que hay entre contar una historia y escuchar esa misma historia como si nos la contara otro, se contraiga hasta desaparecer. García Márquez falleció en 2014, pero su pensamiento sigue vivo en cada entrevista recuperada, en cada línea subrayada de sus libros y en frases como esta que funcionan como pequeñas brújulas morales.

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