CULTURA

El maestro de los silencios

Miguel Briante es considerado el Juan Rulfo de la literatura argentina, por transmitir el máximo con un mínimo de palabras.

Era más amigo de los pintores que de los escritores, porque decía que los pintores contaban mejor. Se la pasó repitiendo dos boutades que se hicieron cada vez más ciertas con el tiempo: “Yo no escribo, reedito” y “Cambian los lectores, no los libros”, a la vez que pulió su oficio hasta la maestría, usando la cortina de humo del periodismo para simularlo.

Fue un escritor surgido del interior de la provincia de Buenos Aires cuya obra tuvo la impronta del pago chico. La precocidad literaria fue una marca en Briante. Con apenas 17 años, en 1961, presentó su cuento "Kincón" al segundo Concurso de Cuentistas Americanos que organizó la revista El escarabajo de oro. El cuento consiguió el primer premio. "Primero fue como si despertara de un sueño vacío sin imágenes. Luego, la sensación de ser una figura vacía, apenas un pensamiento gestándose en algún lugar, lentamente". Así comienza el texto que dio a conocer a una nueva voz, la de Briante en la piel de Bentos Márquez Sesmao.

En uno de sus textos periodísticos – aparecido en Primera Plana en 1970- escribió sobre el último número de la revista Sur y el anuncio de que la revista dejaría de existir, y afirmaba que quien intentara historiar o definir a la revista se toparía con que ella se había encargado por sí misma de historiarse, de definirse: “Sur no desaparece por una cuestión económica. Lo que determina su muerte es que han cambiado las ideas sobre el lenguaje y las implicancias del lenguaje, sobre el arte y su inserción en las contradicciones del mundo. Pero eso, seguramente, fue previsto alguna vez en algún artículo de Sur”.

En 1968, Briante consigue que Confirmado lo mande al DF a entrevistar a Juan Rulfo, con la excusa de que el mexicano parecía tener casi terminado un libro nuevo (la nunca terminada novela La cordillera). Briante estaba tan seducido por el silencio de Rulfo como por su mínima y gigantesca obra anterior. Hizo especial hincapié en el modo en que el mexicano creó un mundo a partir de recuerdos anteriores a la adolescencia y se fascinó cuando Rulfo le dijo que su obra no está fijada en una época sino una región. Y después, afirmará Juan Forn, cuando Briante inventa el boliche de Arispe, hará exactamente lo mismo: oponer el espacio al tiempo, para que adentro de ese boliche el tiempo no pase, o pase lejos.

En el prólogo a la reedición de Hombre en la orilla (editado por Fondo de Cultura Económica en el año 2013) Ricardo Piglia señala que en las historias de Briante, como en Faulkner, “no se narran los hechos sino el efecto de los hechos”. En ese mismo prólogo Piglia agrega que muchas veces el problema con la literatura no es el de la originalidad (“nadie inventa nada”), sino que, por el contrario, de lo que se trata es de encontrar un tono, una música a esas historias que ya han sido contadas muchas veces por otros. Miguel Briante solía venir con frecuencia a La Plata, en los años en que su amigo Ricardo Piglia vivía aquí.

1983 fue el año de los cuentos de Ley de juego. Para entonces, Briante ya estaba volcado al periodismo en El Porteño, con crónicas notables, como su viaje a ver a los pueblos originarios en el noreste. La vuelta de la democracia lo encontró en Tiempo Argentino, donde la crítica literaria le fue dando cada vez más lugar a la crítica de artes plásticas. Considerado uno de los principales críticos de pintura, sería asesor del Centro Cultural Recoleta entre 1989 y 1990, cuando fue designado su director. Estuvo en el cargo hasta 1993, año en que apareció una versión corregida de Kincón y que incluye como apéndice, además del cuento, "El retorno del brujo que pinta", crítica publicada en 1969 en la revista ARTiempo, y que relata la experiencia del artista plástico Alberto Cedrón en el Mato Grosso, lo cual entronca con el clima de la novela, ambientada en el paisaje natal del autor.

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