cultura
El Premio Nobel condenado a un manicomio
Joseph Brodsky fue una de las víctimas del sistema de persecución soviético, que condenaba cualquier disidencia a la cárcel o al loquero.
A los 23 años había intentado sin suerte enrolarse en la Escuela de Submarinos, estudiar oceanografía e integrar las tropas de peones que colaboraban en las excavaciones geológicas a orillas del Báltico. Lo único que había conseguido era un puesto en las calderas de la morgue de Leningrado, donde pasó un lustro escabulléndose de sus obligaciones para aprender por las suyas inglés y filosofía. Así tradujo al ruso los Cantos de Ezra Pound , de un ejemplar semipodrido que había encontrado en sus metódicas revisiones de basura de las bibliotecas públicas.
Brodsky comenzó a escribir poemas en forma sistemática a partir de los 18 años. Según sus propias palabras, sus padres “se tomaban todo con naturalidad: el sistema, su impotencia, su pobreza, su díscolo hijo”. El régimen no le permitió regresar a Rusia para despedirse de su madre, fallecida en 1983. En 1963 un periódico oficial de Leningrado lo denunció por publicar textos “antisoviéticos y pornográficos”. Inmediatamente fue detenido y sometido a duros interrogatorios.
Durante el sumario, cuando le preguntaron su ocupación, contestó poeta. “Usted carece de estudios. ¿Qué elementos dan fe de su condición de poeta?”, inquirió su interrogador. “¿Qué elementos dan fe de mi condición humana?”, contestó Brodsky con un carisma apabullante. Fue condenado a 18 meses en una institución mental en el gulag de Anrkangelsk. Seis años más tarde, cuando logró dejar la Unión Soviética, sólo había logrado publicar en su país cuatro poemas, pero entre las peticiones para su liberación figuraban Sartre, Auden y Guide.
En lo peor de su estadía siberiana, Brodsky se juró a si mismo que, si alguna vez conseguía salir de la Unión Soviética, se iría a Venecia, conseguiría una habitación en la planta baja de un palazzo para que las olas levantadas por las embarcaciones golpearan contra su ventana. En 1977 Brodsky adquiere la ciudadanía estadounidense y comienza a dictar cátedras y conferencias en las universidades de Michigan, Columbia y Nueva York. No obstante, con los primeros dineros que logró ahorrar inauguró una costumbre a la que se mantendría fiel el resto de su vida: pasar todos los años dos semanas en Venecia. Cuando comenzó la catarata de honores que desembocó en el Nobel de 1987, le preguntaron a Brodsky por qué seguía yendo solamente a Venecia en invierno: “Porque es como ver nadar a Greta Garbo”, contestó.
La prosa de Brodsky es de una frontalidad extrema, firme, pero cargada siempre de lirismo, de humanidad. Su obra lírica, de tono metafísico no ajeno a la parodia y el sarcasmo, muta en decenas de ensayos, artículos periodísticos, reseñas y centenares de cartas, que denotan una visión de la cultura global de la época, aunque escritos en un lenguaje llano y frontal, alejado del elitismo académico de los centros universitarios. Por estas razones, alguna vez el propio Brodsky se describió a sí mismo de esta manera: “No soy un hombre moral, aunque trate de mantener mi conciencia en equilibrio. No soy un sabio, ni un esteta, ni un filósofo. Sólo soy un hombre nervioso, por circunstancias propias y ajenas. Como mi querido Akutagawa dijo una vez, no tengo principios; lo único que tengo son nervios”.
A su pesar, Brodsky no logró morir en Venecia . Un ataque cardíaco lo fulminó el 28 de enero de 1996, en su departamento neoyorquino de la calle Morton. Pero hay deseos que se cumplen de manera extraña: hoy sus restos descansan en el cementerio veneciano de San Michelle. Antes de morir, Brodsky publicó el más luminoso de sus libros, Marca de agua. En cincuenta capítulos breves dio cuenta de las marca de agua que habían ido produciendo en el edificio de su persona las aguas de los canales de Venecia.
