cultura

Emilio Pettoruti, un genio platense de la pintura

Fue uno de los maestros de la plástica con más reconocimiento internacional. Pasó por muchas etapas artísticas y en todas dejó el sello de su personalidad única.

El 1 de octubre de 1892, hubo una gran fiesta en la casa de los Pettoruti - en la esquina de 3 y 54-: nació Emilio -el primero de doce hijos-. Su padre, José Pettoruti, un inmigrante italiano, importador de aceites y bebidas, abrió la mejor botella de vino tinto que tenía en su casa y con ella bañó a la criatura, dando inicio a una fiesta que duraría ocho días. Su madre, Carolina Casaburi, contrató a unos artistas del barrio, para que no faltara música en la fiesta.

Giusseppe, su abuelo materno, tempranamente lo comenzó a alentar en el dibujo. Le regalaba lápices y pinceles. Veía en su nieto un talento innato que merecía ser desarrollado. Tenía una gran facilidad para la caricatura, capaz de provocar grandes carcajadas en la casa y en la escuela. A los 11 años, pintó un gran canasto de flores amarilla en la pared en el caserón donde vivía el abuelo, en diagonal 74 y 11. Cuando llegan pintores para remozar las paredes, el abuelo se plantaba:: “E la prima opera di un grande artista”.

Estudió en Bellas Artes, pero muy tempranamente decidió profundizar su formación en Europa; para ello, decidió estudiar idiomas en dos academias de nuestra ciudad: el italiano en la Dante Alighieri; el francés en la Victor Hugo. La oportunidad llegó cuando el gobierno de la provincia de Buenos Aires le concedió una beca en 1913.

Se instaló en Florencia, Italia, con un objetivo: copiar las grandes obras de los autores clásicos. Revolviendo en una librería encontró la revista editada por el movimiento futurista, como una cuña entró en él los postulados de ese movimiento que en su primer punto dice: “Nosotros queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad”. En 1914, auspiciada por los futuristas, hace su primera exposición en Toscana, bajo el título “Armonía-Movimiento-Espacio”.

En 1922, irá a escuchar una conferencia de un pensador marxista peruano que le cambiará para siempre su concepción del mundo: José Carlos Mariátegui. Hace una profunda amistad con el autor de “Los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, comparten casa y trabajos. Mariátegui escribe artículos sobre la obra del argentino; Pettoruti, por su parte hace un retrato del peruano, que en la actualidad se exhibe en el Museo de Arte de Lima. Viajan a Alemania, donde ambos fueron invitados: Mariátegui a dar charlas, Pettoruti a exponer en la Galería Der Sturm de Berlín, consolidada como la galería de la vanguardia alemana.

No fue con gloria el regreso a la Argentina. El 13 de octubre de 1924, un puñado de fanáticos vociferantes amenazaron destruir las pinturas que el recién llegado Pettoruti expuso en las salas de la galería Witcomb. Un medio perezosamente conservador, que hasta reprochaba a Fernando Fader que sus paisajes no fueran fotográficos. La hostilidad se mantuvo durante dos décadas: "Sólo en 1940 me animé a quitar los vidrios de mis cuadros; la gente los escupía". Muy pocos se atrevieron a defender públicamente su obra, entre ellos, estaban Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo. Ricardo Guiraldes le dedicó una fervorosa monografía.

La Plata siempre estuvo en su corazón. En 1930 dirigió el Museo de Bellas Artes de nuestra ciudad, haciendo crecer mucho el patrimonio de sus obras, incorporando, entre otros, cuadros de Xul Solar, de quien se hizo muy amigo en Europa, y a quien dedicó varios estudios y retratos. Es de esta época sus arlequines músicos, las copas, los soles.

En la década del 40, los Estados Unidos se rinden ante la excelencia de sus obras, los principales museos, galerías y universidades, lo invitan a exponer individual y colectivamente. Pasa ocho meses en ese país. Le ofrecen quedarse a vivir en Nueva York, pero prefiere radicarse nuevamente en Europa. Vive en Italia, donde la prensa lo considera uno de los grandes pintores contemporáneos.

Tiene 78 años cuando, sintiéndose muy enfermo, quiere volver a Argentina, para terminar sus días en la ciudad que lo vio nacer. Los médicos le desaconsejan el viaje. Muere en París, el 16 de octubre de 1971, en su departamento en la rué Mabillon de París, pleno corazón de Saint-Germain-des-Prés.

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