Una tarde de juegos y alegría para los más chicos
El evento propone una jornada recreativa abierta a la comunidad, con espectáculos, meriendas y actividades pensadas para disfrutar en familia.
La escritora y médica cubana cuenta cómo es la vida en Cuba todos los días a partir de que Estados Unidos agravó las condiciones del bloqueo.
11/02/2026 - 00:00hs
Es hija de dos grandes de la cultura cubana: el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, y la crítica de arte y docente Adelaida de Juan. Laidi Fernández de Juan. Desde 1979 a 1981 fue médica internacionalista en Zambia, experiencia que maduró su decisión de ser escritora, como lo demostró con “Sucedió en Copperbelt”, un deslumbrante libro de relatos, al que sucederían otros libros que la consolidarían como una de las mayores voces de la narrativa cubana.
—¿Cómo es la vida cotidiana en La Habana, tu lugar de residencia?
—La vida cotidiana es dura, es difícil aquí. No solamente en La Habana, sino en las 14 provincias de la isla. Es una vida muy marcada por las escaseces, las limitaciones. Por ejemplo, puedo decirte que tenemos un promedio de falta de electricidad de 12 horas al día, a veces menos, a veces más - eso es aquí en La Habana, en las otras provincias es más duro todavía-. ¿Y por qué sucede esto? Bueno, La Habana es la capital de Cuba y, lógicamente, todas las embajadas, los ministerios, los grandes institutos de salud existen aquí. Por lo tanto, es una ciudad que se prioriza en la medida de lo posible.
—¿Cuáles son las consecuencias de ese déficit energético?
—Implica mucha dificultad para el trabajo, por ejemplo, el trabajo a teledistancia es prácticamente imposible. Al no haber electricidad, los replicadores de la señal también caen; la conexión es casi nula. Nosotros nos hemos ido acostumbrando a hacer trabajos - los que trabajamos de forma digital, por ejemplo, en mi caso que trabajo para una revista- sin horario fijo. Yo lo mismo tengo que escribir un artículo de madrugada y mandarlo ipso facto, porque sé que después no voy a tener conexión, y así. El tema de la cocina - hablo así porque seguimos siendo el matriarcado que subyace detrás del machismo caribeño, somos las mujeres las que estamos a cargo de la casa, de la alimentación de toda la familia: en La Habana, la mayoría de los hogares disponemos de gas licuado, o sea, un gas que llega directamente a tu fogón. Mientras que fuera de La Habana esto no es así: fuera de La Habana son las balitas de gas, es un gas que tienes que suministrarlo a la cocina a través de un aditamento. Eso está muy limitado fuera de La Habana, de manera que la mayoría de la población está cocinando con carbón. Lo que ustedes llamarían un asado, que eso está muy bien para un domingo o una festividad, pero no para todos los días. Todos los días se dificulta mucho el tema de la alimentación. Y mi estoy refiriendo nada más a la cocción, a la preparación.
—¿Y qué pasa con los hospitales?
— La única excepción son los hospitales, que disponen de potentes centrales eléctricas, sobre todo, para los salones quirúrgicos); la salud se mantiene como se puede, el resto, como dice el presidente, se mantiene con "resistencia creativa"; en términos humanos, nosotros ya venimos de regreso del período especial de los años 90, llamado así porque eran condiciones especiales de guerra en tiempos de paz, también conocida como la "Opción Cero", quiere decir, no hay combustible, hay que seguir trabajando y eso es lo que hacemos.
—¿Cómo es el costo de vida?
—Los alimentos están muy caros, la libreta de racionamiento que fue un invento maravilloso para que hubiera una equidad está muy despauperado también porque el Estado - al estar bloqueado- se le dificulta muchísimo la compra de esos alimentos que eran subsidiados por el Estado. La libreta de abastecimiento es una manera de que todo el mundo reciba la misma cantidad de arroz, frijoles, azúcar, etc. Eso ha ido decayendo y cada vez son menos los productos que puedes adquirir en las dependencias donde funciona la libreta, que es la llamada "bodega". Así que la vida cotidiana en la Habana (que es donde más conozco), producto del bloqueo, apenas hay combustible, por lo tanto, apenas hay transporte. Entonces todos nos vamos ubicando laboralmente cerca de nuestros hogares.
—¿Cuáles son las carencias a las que te terminaste acostumbrando y las que más te duelen?
—Creo que uno nunca llega a acostumbrarse del todo a las carencias. Es muy difícil asumir que ya no puedes disponer de servicios básicos como agua, electricidad o gas; eso, en realidad, no se acepta. Lo que desarrollamos es resiliencia, que es algo distinto: la capacidad de sobreponernos. Entre nosotros hay un chiste muy viejo que dice: 'prohibido hablar de la cosa'. No podemos pasar el día lamentándonos por la falta de agua, gas o luz; simplemente nos sobreponemos a esas dificultades. Pero acostumbrarse, jamás, porque eso sería asumir que esta situación es eterna, y uno siempre espera una mejoría o salir de este bache, tal como lo hicimos en los años 90. Ahora, si me preguntas cuál es la carencia que más me duele, para eso tengo una respuesta concreta: la medicina. Soy médica de formación y ejercí mi especialidad durante 28 años. Como clínica, donde más percibo la brutalidad del bloqueo es en el sector salud. La carencia de medicamentos e insumos es monstruosa; es, sencillamente, un crimen.