cultura
Entrevista a Patricia Esteban Erlés
Es una de las más altas voces de la nueva narrativa española, capaz de cultivar con maestría el glamour de lo sencillo y sensibilizar el gótico.
Vive en Zaragoza, tiene una enorme habilidad para contar las historias extraordinarias que se encubren en los detalles más inadvertidos de la realidad, casi todos sus libros –Manderley en venta, Abierto para fantoches, Casa de muñecas, Las madres negras– ganaron o fueron finalistas en importantes premios internacionales. Ama minuciosamente la docencia, es domófila –siente una gran atracción por las casas–, y es una abanderada del color verde.
—¿Cuál fue la primera historia que leíste que te convirtió para siempre en lectora?
—Yo creo que empezamos a leer después de haber escuchado una historia. Blancanieves fue un cuento que me contaba mi madre para que comiera. Recuerdo que me fascinó la suspensión del tiempo y del espacio, de una manera muy intuitiva, porque cuando eres niño no lo podrías formular así. Pero cuando lo miras de adulto te das cuenta de que la magia de la literatura - la leas o te la lean-es que realmente se crea un mundo paralelo que llega a ser mucho más interesante que el mundo en el que vives.
—¿Y la primera historia que leíste por tu cuenta?
—Lo primero que leí fue un tebeo
–historieta- sobre un náufrago. Me acuerdo que estaba merendando y me di cuenta que sabía leer. De que aquello que hacíamos en el colegio -repetir secuencias de frases que parecían una letanía-, de repente, me ayudó a formar algo que sucedía delante de mi. Un tebeo sobre el típico náufrago barbudo y con melena que está en una isla chiquitina y casi no se puede mover. Me fascinó porque se abrió una puerta que ya no se ha cerrado.
—A partir de ese náufrago, hubo mucha literatura a tal punto que esa islita se terminó convirtiendo en un territorio inabarcable. ¿Cuáles fueron los escritores y escritoras que más influyeron en tu manera de ver el mundo y andar la vida?
—Os tengo que agradecer a la Argentina por Silvina Ocampo. Hay muchos autores que sostienen que no querrían escribir como nadie, pero es imposible no sentir envidia o necesidad de usurpación cuando te gusta muchísimo un escritor o escritora. Y a mí eso me pasa con Silvina Ocampo. Es una autora que no conocí tempranamente, sino estando en la universidad. Pero es una autora que trastocó mi mundo, la idea que yo tenía de la literatura, porque me da la sensación de que era una maestra de los interiores no sólo humanos sino domésticos; de las historias que suceden de puertas para adentro y de arriba a abajo.
—¿Dónde está la clave de Silvina Ocampo?
—Yo creo que tenía una visión muy clara de la jerarquía, de las divisiones que había entre señores, criados, las relaciones muy difíciles entre hermanas o de pareja. Creo que era capaz de hablar de lo terrible con un sentido del humor totalmente desquiciado y muy inteligente. Yo conozco pocos autores y autoras que tengan esa gracia lujosa a la hora de escribir, esa manera tan detallista, tan exacta, tan capaz de describirte un prendedor del pelo, de un vestido, de hacer que un objeto tenga tanta importancia dentro de una historia y de contar el momento en el que cambia una relación entre dos personas.
—Habla de cosas terribles.
—Habla de cosas escabrosas, pero lo envuelve con esa belleza, con esa gracia y con ese lenguaje suntuoso, muy preciosista, que a mí me convenció de que la literatura no sólo son los temas- porque los temas son siempre universales y nos obsesionan desde que empezó el mundo los mismos-, es la forma.
—La manera en que se relata es la piedra de toque de la literatura.
—Yo creo que el envoltorio cuenta muchísimo, y el de Silvina Ocampo, es un envoltorio aterciopelado, tan rico, que a mí me deja fascinada cada vez que la leo.
—¿Qué otros autores nombrarías?
— Poe es uno de los escritores que crecen contigo. Cuando lo lees a una edad temprana, te fascina la oscuridad, ese mundo de lo prohibido, la manera de tratar la perturbación humana, el amor más allá de la muerte. Pero, conforme va pasando el tiempo, te das cuenta de que Poe te está hablando en realidad de lo solo que está el ser humano y de las islas que vamos formando cada uno con nuestros propios fantasmas, nuestros infiernos, nuestros demonios.
