cultura

Un aristócrata de la bohemia

Mucha gente conoció a Federico Peralta Ramos por sus apariciones en el programa de Tato Bores, pero su historia es tan larga como extravagante.

Poeta, showman, cantante, plástico, fue tataranieto del fundador de la ciudad de Mar del Plata; formaba parte de la clase más pudiente de nuestro país y si bien fue al Colegio Cardenal Newman, jugó al Polo y estudió Arquitectura, su rumbo estaba chanfleado. Como artista fue autodidacta, y después de algunas muestras individuales de pintura, el primer gesto fue en la galería Witcomb en 1964 cuando cortó con un serrucho uno de los pesados cuadros que iba a exponer porque no pasaba por la puerta.

Se atrevió a exponerse a sí mismo en infinidad de muestras; a satirizar a la sociedad de consumo vendiendo un buzón común y corriente; a burlarse de la oligarquía tradicional (a la cual pertenecía) y a dilapidar alegremente la beca Guggenheim en regalos y cenas. Sin embargo, nunca dudó de su vocación: “Soy un artista, siempre lo fui. He trabajado en muchas ramas del arte; he publicado poemas, grabé un disco en la Columbia, artes plásticas, televisión, café concert, cabaret… Soy, tal como me definió el poeta Francisco Montoleone, un metaplástico, porque yo vengo de las artes plásticas ortodoxas y fundé el arte metaplástico”. Fundamentalmente, Peralta Ramos se sentía un vanguardista del futuro por estar tan sumergido en la vida al punto de “sacar productos y sentir todo el inconsciente colectivo”.

Los relatos sobre su relación con la familia proliferan y van desde los que afirman que lo tenían escondido, a los que se centran en la relación de amor y temor con su madre Adela, que también era pintora. La anécdota que condensa el vínculo de tensión que buscaba despertar con su clase y familia, al mismo tiempo que el tipo de obra imposible que se planteaba hacer, es la famosa compra del toro charolais en un remate de La Rural en 1966, para el que no disponía fondos. Su padre no respaldó la excentricidad y tuvo que ser devuelto. Las versiones sobre la resolución del hecho son muchas y van desde que lo pintó de verde, a que lo cocinaron al asador, pasando porque lo hicieron dar vueltas por el Obelisco, o que la compra no ocurrió jamás.

Su currículum vitae es exorbitante: empezó con su primera exposición, en 1961; hizo el “huevo” del Di Tella a los 26 años, dos años después ganó la beca Guggenheim y a los 30 ya había explotado mediáticamente: “Lo que pasa es que mi obra no es del todo pública- se defendió en un reportaje-, porque las artes plásticas no son del todo públicas. La gente me conoció cuando hice el programa con Tato Bores, además se ha hecho una gran difusión de mi personalidad”.

La actividad principal de Peralta Ramos es la performance y bien se podría decir que vivía en estado de performance y la conversación misma era un arte para FMPR y sus extravagantes juegos de palabras eran trasladados, también, al papel, como “ahí me gustá acá” o ese hallazgo de “Misterio de Economía” en relación a la cartera de los problemas económicos de la nación. Mucha gente lo consideraba un bohemio, pero solía trabajar todo el tiempo. Según él, estaba “en todos los lugares estudiando el inconsciente colectivo y sacando productos” ya que en los lugares donde se hacía presente no perdía el tiempo.

Lo cierto es que se consideraba un “mutante y vibracional”, porque por dentro suyo estaba constantemente en metamorfosis y se producía una constante mutación. “Y como estoy conectado con el cosmos- aseguraba el artista plástico- saco productos que se conectan con la realidad o, por ahí, que están un poco adelantados a la realidad”. Y por esa razón -ser un adelantado- sostenía: “La gente cree que uno es loco, se confunden ideas con locura. Lo que yo siempre quise fomentar entre los argentinos es la creatividad y no me entienden”. Hacia el final de su vida, en 1992, actuó en el Café Mozart de Buenos Aires junto a Laura Rivero y Alberto Favero. Lo sorprendió un infarto fulminante el 30 de octubre de ese año.

Noticias Relacionadas