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Harry Potter, los secretos de un niño portugués

El personaje que en la ficción nace en una ciudad inventada del Reino Unido fue concebido por J. K. Rowling en Portugal, en donde se filmaron algunas escenas claves de la saga

Tenía 26 años cuando decidió irse de Bristol, al sur de Inglaterra, para radicarse en Portugal. La estaba pasando muy mal. Su madre había muerto hacía poco, y recibía un subsidio del gobierno que no le alcanzaba ni para la comida. Joanne Kathleen Rowling no tenía muy en claro de qué iba a vivir en otro país, pero pronto encontró trabajo para dar clases de inglés, primero en un centro privado, luego en la Universidad de Oporto. No viajó sola, llevó consigo un hijo concebido por ella en un tren de Londres a Manchester y al que llamó Harry Potter, por primera vez, en una página escrita en Portugal.

Uno de los primeros sitios de peregrinación de los turistas que llegan a Oporto no es ni la famosa Torre de los Clérigos ni la majestuosa ribera del río Douro, atravesado por el puente Don Luis I, sino una antigua librería que fue inaugurada el 13 de enero de 1906 y que lleva el nombre de la familia propietaria: Lello. En pocos lugares del mundo sucede que la mayor atracción turística sea una librería. La razón es simple: desde que trascendió que J. K. Rowling, la autora de Harry Potter, se inspiró en ese lugar para narrar la historia del niño aprendiz de mago más famoso del mundo, aquel lugar se impuso a la saña del tiempo.

“Un templo al arte”, reseñaban los diarios de época que habían cubierto la inauguración de la librería. Su estilo arquitectónico mezcla detalles modernistas y neogóticos, la fachada tiene tres ventanas en lo alto y dos llamativas figuras pintadas que simbolizan el arte y la ciencia. Tras el éxito de la saga de Harry Potter, todas las mañanas filas interminables de curiosos esperan para pagar la entrada de 6 euros (5, si se la saca por internet, o 10, si se quiere entrar sin hacer cola). A aquellos que compran un libro se les descuenta el valor de la entrada.

Como si la librería fuese un intento fallido de viajar en el tiempo, conserva aún un vitral de colores del techo, donde se lee “decus in labore” (que en latín significa “dignidad del trabajo”). En los arcos ojivales apoyados en pilares se erigen bustos esculpidos de escritores como Antero de Quental, Eça de Queirós, Camilo Castelo Branco o Guerra Junqueiro, entre otros. En el suelo de madera impoluto, una vía conduce hacia un carro lleno de libros de Harry Potter, que incluye una especie de museo con escobas, trofeos y algunas muestras audiovisuales. Actualmente, con el sistema de ventas que incorporó Lello, se venden alrededor de 1.700 ejemplares por día, lo que ha convertido a la librería en el negocio que más ejemplares vende de Portugal. Según estiman sus dueños, solo el 55% de los visitantes son asiduos lectores, por lo tanto, el resto de sus clientes probablemente sean solamente pottermaníacos o simplemente curiosos que quieren apreciar en carne propia la leyenda en torno al lugar.

Muchas veces frecuentó la escritora esa librería, registró en su memoria cada detalle y los volcó en la escritura de Harry Potter y la piedra filosofal, el primer libro de la saga. Tiempo después desmentiría la versión, ¿por qué lo hizo? La explicación es sencilla: Jorge Arantes –el marido portugués, a quien había conocido en un bar de la Ribeira al poco tiempo de su llegada y con quien la escritora tuvo una hija, Jessica Isabel Rowling Arantes– vendió a un diario sensacionalista inglés información de los lugares portugueses que solía frecuentar con su esposa, incluyendo, en primer lugar, la librería Lello. La prueba concluyente de que esa librería portuguesa fue la que trasladó ficcionalmente a su obra está en el hecho de que la autora pidiera a la productora de la película que conociera esa librería para ambientar la famosa escena cinematográfica.

Pero no es Lello la única marca portuguesa que tiene la legendaria saga de Harry Potter. Los uniformes de los alumnos del colegio ­Hogwarts están inspirados en la vestimenta típica de los alumnos universitarios de Oporto, quienes se pasean por las calles con sus trajes negros con capa, tengan clases o no.

En diciembre de 1993, las tensiones domésticas se volvieron insoportables, y J. K. Rowling decidió dejar a su marido y a Portugal. Necesitaba paz, decía, para poder escribir. Esa paz la encontró en su retorno a Inglaterra. Se puede decir que fue un regreso con gloria: más de 500 millones de libros vendidos y una fortuna ­superior a los 1.000 millones de euros están allí para demostrarlo.

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