cultura
Humo en los cielos de City Bell
Acaba de publicarse un libro póstumo de José María Pallaoro, un poeta de nuestra región quien además se dedicó a difundir generosamente a sus pares.
Siempre fue vergonzoso, de chico le costaba mostrar lo que escribía. Su hermana menor, Gaby, le revisaba los cuadernos y marcaba los textos que le gustaba. Provenía de una familia de clase trabajadora que le compraban discos y revistas que lo fueron informando y formando. Por ese entonces vivía cerca de la casa de Roberto Themis Speroni. Fue uno de los poetas platenses que más lo marcó. Otro, Néstor Mux, a quien consideraba el poeta vivo más importante.
“Humo” se llama el libro que acaba de publicarse a instancias de la mujer de José María Pallaoro, la arquitecta Elena Nuñez, y los poetas Carlos Aprea y Julián Axat. Este último autor del prólogo, memorioso y sensible, fue amigo y vecino del autor, al que presenta así: “ José María Pallaoro nació en La Plata, en la calle 70 Nro. 1130, un 28 de febrero de 1959. Pisciano y chancho –como le gustaba definirse- según los astros y chinos horóscopos; además de atípico y desapasionado millonario, en ciudad de pincharratas y lobos. Ese espisodio del nacimiento platense fue demasiado breve, enseguida se lo llevaron a City Bell…Ahí, podemos decir, que comenzó todo”
Le gustaban los trenes y las estaciones. Solía subir al tren y viajar sin destino. Bajaba en cualquier lugar y caminaba por el pueblo, orientándose hacia las disquerías, bares o librerías de viejo. City Bell lo cautivó por sus calles de tierra y las casas raleadas: “ mucho campo con cardos, panaderos del aire, caballos y vacas, tortugas en arroyos, quintas, eucaliptos y paraísos y poetas y un cielo que nunca nos cansábamos de mirar”.
En mayo de 1978 lo secuestraron en calle 12 de La Plata, cerca de una comisaría. Lo metieron en el asiento de atrás de un auto de civil, le pusieron una capucha, le dieron puñetazos, lo insultaron y sintió el percutir de un arma en la cabeza, varias veces. No se acordaba dónde lo dejaron ni como llegó a su casa. Dice Julián Axat: “El solo hecho de haber sido “chupado” por esa nebulosa de tiempo será determinante en lo que vino después, porque ya nada sería igual y no le va a quedar nostalgia de lo perdido (siempre decía que la adolescencia era un lugar al que no deseaba regresar)”
Su adolescencia fue presidida por el rock. Le gustaba mucho Invisible, la tercer banda de Luis Alberto Spinetta. Fue a ver casi todos sus recitales en La Plata y Berisso. Recordaba la presentación del disco “El Jardín de los presentes”, cuando el grupo incorporó a un adolescente que ya era un guitarrista magistral, Tomás Gutbisch. El público que no había podido sacar entrada se agolpaba en la puerta, José María pudo entrar gracias que Spinetta, en medio del recital, dijo: “Si no entran los chicos que están afuera, no tocamos más”.
Fue un poeta que celebró la poesía que entreteje sus hilos en la trama de lo cotidiano, lo que alambicados plumíferos desestimarían apotrofándola de “sencillismo”. Textos en los que se respira cotidianidad y una magia que asalta desde allí donde menos se lo espera.
Además de poeta, José María Pallaoro fue editor. Su sello se llamó “La talita dorada”. Llamada así por los árboles que estaban cerca de su casa de infancia, los talas en los que se refugiaban del calor y de la lluvia: “ Hacíamos casitas en lo alto y observábamos el barrio, que eran casas aisladas, campo más que nada”. “Dorada”, por el fruto de los talas. Fue en el marco de esa editorial que Julián Axat y Juan Aiub crearon la colección Los Detectives Salvajes, dedicada a publicar escritores víctimas del terrorismo de Estado.
Su tarea de difusor de poesía se potenció con los blogs Aromito, Poesía La Plata, Poesía City Bell, Los ojos-, llevados adelante con una tenacidad premiada por la visita virtual de un público considerable. Tuvo la meritoria condición de pionero. Como dice Axat: “José fue uno de los primeros en entender que Internet podía ser un territorio poético, y no sólo una vitrina”.
José María Pallaoro murió en City Bell el 10 de febrero de 1924. Tenía 65 años. “Humo” permite comprobar cuán viva sigue su poesía.
