cultura
Krishnamurti en La Plata
El pope del espiritualismo hindú en la gira de conferencias que dio por nuestro país a mitad de la década del 30, llegó a nuestra ciudad donde congregó una gran cantidad de fieles.
En el marco de una gira por varios países de América Latina en 1935, Jiddu Krishnamurti llegó a Argentina, en 1935, incluyendo en el programa, una visita a la ciudad de La Plata, en donde tenía un gran número de seguidores.
El diario El Pueblo publicaba el 22 de marzo de l935 un artículo a tres columnas, donde anunciaba: “Krishna vendrá y en nuestros oídos se derramará el asombro de frases solo inspiradas en el perfeccionamiento y en la elevación del espíritu”. También el Buenos Aires Herald se hacía eco de esa presencia que se anunciaba como un acontecimiento de primer orden. La gira se inició en Brasil, país al que Krishnamurti llegó el 28 de abril de 1935, llenando el Maracaná. Los principales diarios de nuestro país publicaron reseñas de ese acto de masas teñido de orientalismo.
La revista El Hogar de Buenos Aires publicó un extenso artículo del escritor Adolfo Guerra, quien lo llamó “admirado filósofo hindú”. La prensa de nuestra ciudad saludaba alborozada la confirmación de su charla en nuestra ciudad. En un comienzo se iba a celebrar en el Jockey Club, luego se decidió por el Salón Dorado de la Municipalidad, pero teniendo en cuenta la masividad prevista para el acto, se especulaba sobre un lugar que permitiera una mayor cantidad de público.
El diario Gazeta de Noticias de Río de Janeiro, al comentar la conferencia dada por Krishnamurti en los salones del Instituto Nacional de Música, sostuvo: “Cuando apareció la concurrencia hizo un silencioso religioso. Con su atrayente rostro rostro moreno, vasta cabellera negra y, ojos penetrantes, el filósofo ejerce una profunda fascinación sobre el público”. El mismo arrobamiento trasluce el extenso artículo que le dedicó el diario El Mundo de Buenos Aires, bajo el título “La misión de Krishnamurti”.
Los organizadores de la conferencia en La Plata dudaron en realizarla, cuando vieron que diario Crisol de orientación nazi-facista publicó un artículo a pagina entera calificando a Krishnamurti des “Anticristo judeo- mason”, y que para contrarrestar “el veneno anticristiano que sutilmente destila el visitante”, estaban dispuestos a concurrir a todas las charlas para manifestar su repudio. La comisión organizadora platense creyó resguardo suficiente publicar una solicitada en un diario local diciendo, entre otras cosas que Krishnamurti: “No es un místico, no enseña ningún sistema religioso, ni político ni filosófico. Es el verdadero individualista que ha hallado la manera de poner en palabras claras la concepción de la libertad humana”.
Cuando la cuestión parecía saldada y se preveía que la charla de Krishnamurti en La Plata se realizaría con recaudos de seguridad pero transcurriendo pacíficamente, un sector ultramontano de la Iglesia Católica argentina, encarnado en Monseñor Gustavo Franceschi se pronunció acusadoramente en una conferencia dada en la Liga de Damas Católicas de Buenos Aires, señalando que Krishnamurti es el “eje político de largo alcance internacional de las asociaciones secretas, la masonería y el comunismo”. Termino su charla diciendo “Doy la primera voz de alerta”. El diario La Fronda fue más lejos: “Conviene advertir además, que su doctrina está fundamentalmente reñida con el cristianismo católico. Uno de los principios de Krishnamurti consiste en considerar al hombre en estado de absoluta y pura libertad. Por eso es contrario a todas las religiones de las que dice “obligan al hombre a actuar, pensar y vivir amoldado a ellas”.
La Junta Central de la Acción Católica Argentina dirigió una nota al director General de Correos y Telégrafos solicitándole que se le impidiese hablar por las estaciones radiodifusoras. Su mensaje era considerado disolvente.
En los cines de La Plata podía verse “El día que me quieras”, y, en otra sala, Boris Karlof, ofrecía una historia de amor de muy distinto signo: enamorar a “La novia de Frankenstein”. Krishnamurti se estaba hospedando en la mansión de Victoria Ocampo, quien aquella tarde lo acompañó en remise a nuestra ciudad, ante un público numeroso que regresó a su casa transportado por ese aire de orientalismo tan fácil de confundir con la sabiduría.
