cultura

La animalidad del ser humano

La ciencia ha explorado las afinidades que nos unen al resto de los integrantes del reino animal y descubrió muchas sorpresas.

Mal le pese a psicólogos y antropólogos, el hombre también es un animal. Y de otros animales no sólo lo separan su inteligencia más desarrollada o su capacidad para elegir: el hombre es el único que ha contravenido las sagradas leyes de la creación, el único que no ha respetado el equilibrio biológico. Y ya no hablamos de su harto mencionada capacidad para matar por odio porque desde el punto de vista antropológico sería aceptable considerar que algunos representantes de la fauna también pueden hacerlo, aunque en circunstancias excepcionales.

Cierto es que entre algunos logros humanos- el avión, la computadora, el celular, hasta la modesta bicicleta- y el natural devenir de las otras criaturas animales, existe un abismo prácticamente imponderable. Pero gracias a sabios como el zoólogo Konrad Lorenz y otros sabios, sabemos que en las cosas más simples nos parecemos a los animales mucho más de lo que podemos imaginarnos. Algunos actos aparentemente insignificantes de nuestro comportamiento social– como la comunicación gestual o vocal, las reacciones en encuentros fortuitos con otros congéneres, la actitud de un jefe ante sus subalternos- también suceden en el mundo animal. Y ciertas pautas de la conducta animal son tanto más complejas que la inteligencia artificial.

Generalmente ignoramos todo esto. Como también la mayoría no sabe por qué su perro hace pis en uno y otro árbol y cree que “cumple con sus necesidades”, cuando en realidad marca su territorio de caza igual que lo hacen en el mundo silvestre sus antepasados directos, los lobos y los chacales. Por eso de todos los pecados que el hombre comete es peor es el del desconocimiento, porque ahí se mezclan bien y mal sin discriminaciones.

«Si yo tuviera que ver al hombre como imagen definitiva de Dios, me enfurecería con Dios- aseguraba Lorenz-. Pero si tengo presente que nuestros antepasados fueron monos vulgares y corrientes, hermanos del chimpancé, hasta una época recentísima desde el punto de vista de la historia de la Tierra, veo, al fin, un destello de esperanza. No es necesario alimentar un optimismo prepotente para reconocer que de nosotros, los humanos, puede surgir algo mejor y más elevado. Lejos de ver en el hombre la imagen incontrastable y definitiva de Dios, me limito a afirmar modestamente y, según creo, con gran respeto para con la Creación y sus inagotables posibilidades: nosotros somos el eslabón entre el animal y el hombre auténticamente humano, tanto tiempo buscado.»

Una de las cuestiones que más subyugan al hombre respecto de los animales es la inteligencia. Claro que no en el sentido positivo que sería deseable. Porque la mayoría de las personas aprecia la inteligencia en forma discriminatoria. Pese a lo que dicen ciertos libros de zoología y que repiten no menos educadores, la inteligencia no se mide por la capacidad craneana, sino mediante la complejidad del cerebro y la relación entre su peso y el peso total de su cuerpo. De todos modos el parámetro sigue siendo el cerebro humano porque el que mide es el hombre. La inteligencia está vinculada con la longevidad: los animales más veteranos saben más, sin dudas. Tal como ocurre con el hombre. A parte de los mandatos naturales, los animales evolucionados acumulan la experiencia. Y son capaces de transmitirla a sus descendientes. En muchas especies los abuelos – a veces débiles - son respetados y venerados.

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