CULTURA
La leyenda del santo bebedor
Joseph Roth fue un escritor que retrató magistralmente la descomposición de un imperio y se perdió en los callejones del alcohol.
De familia judía, Joseph Roth encarnó la figura de un auténtico errante, sin patria a la que volver ni nada por lo que luchar, y fue testigo, sin dudas, de la decadencia de entreguerras. Fue autor de novelas que marcaron a fuego su época: La marcha Radetzky (1932), que cuenta la decadencia del Imperio austrohúngaro desde el punto de vista de Francisco José I, pero también desde la familia Trotta, convirtiéndose así en una de sus novelas más celebradas, o Job. Novela de un hombre sencillo (1930), un libro que ya desde el título marca un tono reflexivo acerca del mundo judío, específicamente, en la Europa Oriental, y la percepción entre nihilista y de una fe de difícil clasificación acerca de las penas que los mortales pasamos aun cuando cumplamos con los preceptos divinos.
Criado humildemente por su madre luego de que su padre sucumbiera a la demencia religiosa y los abandonara para seguir los pasos de un rabino milagrero, y lo único que sabía de su religión era “lo que se puede obtener de una madre judía: folklore judío”. A duras penas se hacía entender en yiddish, no hablaba una palabra de ucraniano ni de polaco, y sólo le quedaba el alemán, aprendido providencialmente en una escuela del ejército
Soma Morgestein afirma en su biografía sobre Roth: “No puedo dejar de pensar que el alcohol era su destino para lo bueno y para lo malo. ¿Para lo bueno también? Sí, porque hubo momentos en que el alcohol lo ayudó a soportar la adversidad. Creó a su alrededor una cerrazón tras la cual pudo hallarse en soledad y encontrar valor para seguir durando. Y, en él, seguir durando significaba seguir escribiendo”. Quien lo había iniciado en el hábito era un veterano periodista político llamado Hugo Schulz. Cuando Roth quiso presentárselo, Morgenstern pensó que esa admiración “casi escolar” de su amigo se debería al olfato o la lucidez política del veterano, pero a lo largo de la conversación fue descubriendo que Roth era discípulo de Schulz en otro rubro: pedía siempre lo mismo y bebía en los mismos intervalos, imitando al pie de la letra hasta el modo de sostener la copa de su “maestro”.
Después de la guerra, Roth había comenzado a colaborar en periódicos de tiradas reducidas y tendencias revolucionarias, firmando Der Rote Joseph (“José el Rojo”) pero su fama como periodista iba a llegarle como columnista itinerante del Frankfurter Zeitung. Allí publicó sus explosivas impresiones sobre la revolución bolchevique después de un largo viaje por Rusia (fue el primero en vaticinar la caída de Trotski y el antisemitismo de Stalin), sus fenomenales piezas sobre el cabaret berlinés y vienés y la serie de notas que se convertirían en el libro Judíos errantes. También dio a conocer allí sus primeros relatos y novelas breves (a partir de 1923, antes de cumplir los treinta años), que aparecían por entregas y permitían al diario justificar los copiosos anticipos que exigía su redactor estrella.
En Años de hotel, Roth traza con sentido del humor el retrato de una época que se fraguó en los vestíbulos de los hoteles del centro de Europa; así de un hotel de Berlín dirá que “en el vestíbulo del hotel se ofrece desde cocaína y azúcar hasta sistemas políticos, golpes de Estado y mujeres”. Roth vivió una época convulsa y la transcribió con sensibilidad y la solidez, como por ejemplo en Pan amargo donde hay un momento del texto donde razona que “el hombre pobre necesita al menos un poco de dinero, solo el rico necesita mucho”. Los hoteles eran su hábitat natural y en ellos se siente cómodo, “en esta ciudad soy extranjero, por eso me he sentido como en casa”. Roth murió prematuramente a los 45 años a raíz de su feroz alcoholismo.
