cultura

Las muchas personas que cada uno es

Lo que percibimos en nosotros y en los demás como contradicción, no es sino la expresión de que estamos habitados por diferentes personalidades.

"Contengo multitudes” decía Walt Whitman. Y a todos nos pasa lo mismo, aunque en nuestras muchedumbres interiores no exista ni un solo poeta del genio de escritor norteamericano. La frase suena liberadora porque ataca una presión común en forma de mandato: “sé coherente siempre”. Whitman plantea lo contrario: una persona no es un argumento lógico, es un conjunto de capas. Cambiar de opinión, sentir cosas opuestas o evolucionar no necesariamente es hipocresía; puede ser señal de vida. En ese sentido, Alejandro Dolina aseguraba que la admisión de estos tentadores conceptos podía conducirnos a nuevas sorpresas y – si tenemos suerte- a divertidas paradojas.

Dolina en la época en que enfrentaba a los muchachos sensibles de Flores con los refutadores de leyendas, imaginaba a un polígrafo, Manuel Mandeb, quien aconsejaba a los jóvenes literatos desdeñar el adjetivo cuando pretendieran la descripción de un personaje: “Decir que alguien es leal, de poco sirve al lector. Preséntenme ustedes cien sujetos leales y seguramente descubriré que no hay dos que se parezcan; el uno ejerce su lealtad de un modo emocionante; el otro nos produce rechazo y repugnancia; el tercero, miedo… En realidad todos somos leales en algún momento. Lo que no es posible es concebir que alguien lo sea en todos los instantes de su vida”.

Ese sabio consejo trasciende el campo literario a que parece destinado: todo intento de definir es superfluo cuando se habla de personas, ya que por definición todos somos indefinibles. Y más aun cuando se trata de esas insoportables autodefiniciones que comienzan con la frase “Yo soy una persona que…”.

Dice Dolina: “Cuando digo que soy poeta no les miento, ni tampoco cuando afirmo que soy avaro y codicioso. No falto a la verdad cuando me jacto de ser cantor, ni cuando me lamento de ser desdichado. Crean todo cuanto les diga. No miento porque no puedo mentir. Todo lo que diga de mí es cierto. Soy, fui o seré todas las cosas de este mundo: zapatero, santo, ebanista, sultán, soldado persa, mercachifle griego y caralisa francés. Los episodios que me cuentan como protagonista han ocurrido. Poco importa saber si en la realidad o en los sueños. La mentira es cosa imposible: todo es verdad”.

Lo dicho nos lleva a plantear un debate en torno al destino de las parejas de enamorados, que bien puede ser examinado a la luz de aquellos criterios. Si todos somos diferentes personas, según la ocasión, es razonable sospechar que el encuentro, conocimiento y enamoramiento de dos seres tiene mucho de azaroso. “La delicada y fina mujer que nos seduce en este instante – asegura Dolina-, puede ser una bruja soez en otro momento cualquiera. Y además, ¿quién nos asegura que el muchacho compuesto y atento que somos ahora, es verdaderamente lo que esta mujer desea? ¿No sería mejor dejar paso al energúmeno caprichoso que solemos encarnar en los días pasados?”.

Si hemos de atenernos a lo expuesto, no solamente están de más las descripciones psicológicas, sino también las entrevistas o reportajes periodísticos. Antes preguntas tales como “¿Cuál es su peor defecto?”, resulta evidente que, cualquier respuesta es verdadera, como así también que no interesa ni siquiera la identidad de quien contesta. Pero entonces, si todos contenemos multitudes, ¿qué es lo que hace que una persona sea diferente a la otra? Quizás el secreto esté en los matices: No todas las muchedumbres son iguales y cada uno tiene su propia forma de ejercer las virtudes y defectos que le propone su interno concurso.

Hay algo en común en el legado de Whitman y de Mandeb no es solo literario: es una ética de amplitud. Ambos defendieron la idea de que lo humano es plural, y que la identidad no tiene por qué encajar en moldes rígidos. Por eso su frase funciona como permiso: puedes ser más de una cosa sin traicionarte.

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