CULTURA

Liv Ullmann: cuando la belleza es otro nombre del talento

La actriz noruega, nacida azarosamente en Tokio, protagonizó nueve de las películas de Ingmar Bergman, y además fue su pareja.

En 1988 había viajado a Argentina para protagonizar La amiga, junto a Cipe Lincovsky, Federico Luppi y Lito Cruz. “Quiero ir a la ronda con las Madres de Plaza de Mayo”, fue lo primero que Liv Ullmann le pidió a Osvaldo Bayer, guionista de la película. Por supuesto que fueron. Muchos se sorprendieron de ver a esa mujer alta y bella, de pelo recogido, vestida con sencillez, con un pañuelo blanco, doblado, en la mano.

Siendo hija de un ingeniero de minas agregado en la embajada noruega en Japón, cuando los alemanes invadieron el país de sus padres se trasladó con su familia primero a Tokio, luego a Toronto (Canadá), donde se fundó lo que se llamó “la pequeña Noruega” con exiliados que huían de la ocupación. Cuando Liv Ullmann vino a filmar a nuestro país, ya había ganado varios premios Globos de Oro y David de Donatello, había sido nominada dos veces para el Óscar, y por La amiga, en la que encarnaría el papel de la madre de un desaparecido, ganaría el premio a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián.

Tenía 28 años cuando Ingmar Bergman le ofreció el protagónico de la película Persona, y desde entonces su vida quedó profundamente ligada a la del gran director de cine sueco. Él le abrió su comprensión del mundo y de sí misma. Por su parte, Liv ­Ullmann ahondó en Bergman su curiosidad y fascinación por el mundo de la mujer. Dijo el cineasta: “Durante el rodaje de Persona nos alcanzó la pasión a Liv y a mí. Una grandiosa equivocación me llevó a ­construir la casa pensando en una vida en común en la isla. Olvidé preguntarle a Liv su opinión. Me enteré después lo que ­pensaba por su libro Transformaciones. Luchamos contra nuestros demonios lo mejor que pudimos”.

Tras el colapso con Liv, Ingmar Bergman decidió retirarse a su isla, donde escribió, “en un largo ataque de melancolía”, el guion de Gritos y susurros. La actriz afirmó que sus “mejores momentos” tuvieron lugar junto a él, si bien fue con su muerte que advirtió lo importante que fue para ella: “Significó diferentes cosas para mí, y ya sabía que era muy importante, pero no tanto. En su obra había una verdad. Cuando empezó, nadie hacía películas como las que rodaba con él y fue en Latinoamérica donde primero se le reconoció, antes que en Escandinavia o Suecia. Nunca se vendió a Hollywood, y yo admiraba eso”.

El sostenido romance entre ambos –hija incluida, Linn– terminó antes que los ­trabajos conjuntos. En sus últimos años, Bergman le había confiado un guion a su exmujer, devenida exclusivamente en ­realizadora.

Prácticamente no hay entrevista que se le haga en la que no se le pregunte por Bergman. Esa insistencia no la cansa: “Antes a lo mejor sí, pero ahora ya no. Es mi vida, tenemos un camino artístico en común, una hija en común. Y él era un genio, hubiera pagado para trabajar con él. Nadie como Ingmar sabía despertar la creatividad en sus actores, nunca te decía lo que tenías que sentir. Y un buen director es el que deja al actor ser el creador”.

Su vida no fue un apacible lago nórdico, el alcohol más de una vez amenazó ahogarla en sus embravecidas olas: “El vodka me daba coraje. Para funcionar diariamente necesitaba beber varios vasos de whisky, de vodka o de cualquier otro licor”. Llegó a sentir muy cercana la locura: “No sé qué hubiera sido de mí si no termino a tiempo”.

A los 83 años son muchas las cosas que Liv Ullmann desechó en la vida para ser ella misma: papeles ofrecidos por Brian de Palma, una gran oferta económica para actuar en la serie Sex and the City, la insistencia de Henry Kissinger por conocerla. La infinita serenidad de sus ojos azules son la prueba de que llegó adonde quiso llegar: “Mi vida ha tenido todo lo que puede esperar un ser humano, y mucho más. He amado y he sido amada. He conocido el dolor y la tristeza, pero también una felicidad mucho mayor de lo que soñé cuando era niña. Nunca he sentido hambre: solo algunas veces he tenido que contar el dinero para ver si podía comprar mantequilla en vez de margarina. A veces estoy feliz y despierto por las mañanas y le sonrío a un hombre al que puedo amar porque estoy en paz conmigo misma”.

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