Quieres lo que deseas

Quizás la primera demanda que se le hace a todo ser hablante es que defina aquello que quiere. Es conocida la angustia que despierta en los padres no poder dar respuesta a esta pregunta. Pero creer que se tiene la respuesta puede anular lo más singular de un deseo, su génesis.

Lic. Romina Caponera-MP55301

IG:@Psicoanálisis_de_frontera

Quizás la primera demanda que se le hace a todo incipiente ser hablante es que defina aquello que quiere.

Los primeros tiempos en el desarrollo humano suelen implicar un esfuerzo de interpretación por parte de los padres o cuidadores del niño, ya que el desarrollo de las habilidades lingüísticas se demora en madurar.

Así, la necesidad de los adultos por comprender el malestar en el niño se articula en una frase que, sea o no dicha, se transmite. “¿Qué quieres?”, “¿qué necesitas?”, o “¿cómo puedo satisfacerte?”. Es conocida la angustia que despierta en los padres no poder dar respuesta a esta pregunta. Incluso cuando lo logran no es sin la carga de miedos, expectativas y frustraciones que los habitan.

El lenguaje es de adquisición tardía, se manifiesta en los primeros 3 años de vida, pero requiere muchos más años seguir desarrollando la serie de habilidades que lo implican. Y si bien se apoya en lo biológico, cuando el niño está expuesto consistentemente a un mundo lleno de imágenes, sonidos y al habla y el lenguaje de los demás, ese proceso se ve facilitado.

La búsqueda de señales que permitan entender qué quiere el niño se origina en el intento de colmar sus necesidades biológicas y emocionales. Pero una vez que alcanza la madurez para tomar su propia palabra, no es de lo necesario de lo que habla cuando dice “quiero”. La necesidad humana se revela atravesada por nuestra cultura, por el bagaje simbólico que nuestro ambiente nos proporciona.

Si en tiempos tan iniciales insiste la pregunta por lo que se quiere, lo hace indiferenciadamente. Se superpone en los asuntos del deseo la demanda, la necesidad y la relación a aquellos que se alistan en las filas de quien pretende satisfacer.

Será gracias a ellos que podrá instalarse una lógica deseante que haga de esta cría humana una subjetividad naciente, inmersa en los asuntos del deseo, en su diferencia con la necesidad y su cercanía a esos otros de la satisfacción, lo que tanto tiempo y energía ocupa en la vida adulta.

Serán aquellos también quienes habiliten la posibilidad en el niño de ser autor de su propio e inédito deseo y para eso tendrán que vérselas con el propio. Deberán formularlo de manera que no obture dicha posibilidad. Reconociendo la autoría en el deseo para no imponer una demanda que haga del otro un complemento o un resto, aquel que por satisfacer completa o por frustrar queda excluido de las redes del deseo. A veces el deseo se apoya en otros para ser satisfecho.

“Ámame”, “reconóceme”, “elígeme” son deseos que al momento de ser enunciados toman las ropas de la demanda, volviéndose imposibles por estructura, ya que cualquier respuesta corre el riesgo de no ser señal de un sentir auténtico. Si el deseo de ser amado se convierte en una demanda que pide la comprobación de que se ocupa un lugar significativo en la vida o el deseo de otros, cae como señal del amor que se espera confirmar. ¿Quieres lo que deseas? Pues hazlo posible (no lo demandes).

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