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Raymundo Gleyzer, un director de cine desaparecido por la última dictadura

Se formó como cineasta en nuestra ciudad, cuando solo tenía treinta y cuatro años pasó a integrar la ominosa lista de los desaparecidos. Su obra sigue manteniendo una estremecedora vigencia.

Su obra consta de siete cortometrajes documentales y dos largometrajes, México, la revolución congelada, de 1971, y, Los traidores, de 1973, protagonizada por Lautaro Murúa y Susana Lanteri, entre otros.

En 1976, Raymundo Gleyzer viajó a Estados Unidos para firmar un contrato con la Unesco, a su regreso, el 27 de mayo de 1976, fue secuestrado en la puerta del Sindicato Cinematográfico Argentino. Su departamento fue saqueado minuciosamente, pero, por una razón desconocida, no tocaron ninguna de las latas con sus filmaciones.

Un sobreviviente del campo clandestino El Vesubio lo vio allí hacia fines de junio de 1976, junto al escritor Haroldo Conti. Numerosos directores y actores de todo el mundo —entre ellos, Francis Ford Coppola, Jack Nicholson y Carlos Saura— pidieron por su libertad. Nunca se supo más nada de él.

Nació el 25 de septiembre de 1941, hijo de actores —fundadores del Teatro Ift—. Pasó su infancia en lo de un tío, iba a la escuela en doble turno. Le pusieron el nombre por un guerrillero francés, Raymond Guyot, asesinado por los nazis. Tenía trece años cuando sus padres se separaron y él se autoproclamó “el hombre de la casa”. Consciente de su rol, salió a buscar trabajo.

El primer empleo que encontró fue en una fábrica de cables. Un amigo le sugirió dedicarse a la fotografía, y le hizo caso. Alguna vez dijo Sara, su madre: “Primero pensé que se había vuelto chorro. Después me explicó que hacía fotos, que le pagaban. Se había puesto un laboratorio en una piecita del patio”. Le iba bien, tenía una agenda muy nutrida de cumpleaños y casamientos.

Su paso por la Facultad de Ciencias Económicas fue fugaz, ya entonces había descubierto su verdadera vocación: el cine. Vino a nuestra ciudad a estudiar en la Escuela de Cine dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. Tenía 22 años cuando hizo su primer cortometraje llamado El ciclo. Dura doce minutos y es un intento de contar la decadencia moral de un grupo de amigos a la salida de una fiesta. Una obra que pasó al olvido, no solo de quienes la vieron, sino también del director.

Se fue a Brasil y con una cámara de 35mm filmó la historia de una familia destruida por la sequía, La tierra quema. Ya ahí está prefigurada su sensibilidad estética y su agudeza de director. Dijo su madre: “Él toma una familia tipo del norte de Brasil y estudia sus vidas, qué es lo que comen. Comían víboras asadas porque no tenían otra cosa que comer. Él pone una escena donde con una gotita de agua la mujer hace toda la comida”.

En Quilino —película que hizo junto al realizador Jorge Prelorán— cuenta la historia de tres generaciones de descendientes de indios aymara que viven en esa pequeña localidad de Córdoba. La música de Leda Valladares termina de crear el clima de despojo que sufren esos personajes que sobreviven como pueden haciendo artesanías.

Más tarde, un canal de televisión lo contrató como realizador integral de documental y corresponsal. Una de las tareas que se le encomendó fue hacer un programa especial sobre Las Malvinas. Viajó a las Islas y así nació Nuestras Islas Malvinas.

Tras el asesinato del Che Guevara lo enviaron a Cuba y donde creó uno de sus cortos más famosos, Notas sobre Cuba. Paralelamente, con el grupo Cine de Base elaboraba una estética que daba cuenta de los conflictos de la época y de la realidad nacional. Su gran objetivo era poner el cine al alcance de la clase obrera, volviéndolo una herramienta de acción política.

Su historia de la revolución mexicana, que incluye testimonios de viejos soldados zapatistas, filmada a partir de la masacre de la Plaza de Tlatelolco, fue prohibida tanto en Argentina como en México, y premiada en los Festivales de Locarno y Mannheim.

Su segundo largometraje, Los traidores, se rodó en 1972 y tuvo que esquivar la vigilancia de la dictadura de Lanusse. Recordaba Gleyzer: “Se rodaron 79 escenas diferentes y cada vez decíamos algo distinto: que éramos de un programa de televisión, que estábamos haciendo un comercial, que filmábamos un cortometraje. Tratamos de demostrar con esta película que todo es posible”.

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