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Una novela que resuena en el año de la peste

Daniel Defoe es reconocido como el autor de Robinson Crusoe. Tres años después publicó un libro que hoy nos identifica, en el que relata una de las grandes epidemias vividas en Inglaterra.

Fue en los comienzos de septiembre de 1664 cuando, mezclado entre los demás vecinos, escuché durante una charla habitual que la peste había vuelto a Holanda…”, así comienza Diario del año de la peste, libro del inglés Daniel Defoe, publicado en marzo de 1722.

Es una novela sin capítulos que interrumpan el aliento narrativo de la historia, contada por un talabartero, en forma cronológica. Se centra en las experiencias de un hombre durante la gran plaga de peste bubónica, que asoló Londres en 1665. El narrador duda entre irse o no de Londres. Finalmente, decide quedarse para dejar testimonio de lo que ocurre, para que algún futuro lector pueda asomarse a los abismos del alma humana.

Cuando ocurrieron los hechos, Defoe tenía cinco años, pero las profundas marcas que dejó en su imaginario la terrible epidemia recién pudieron ser exorcizadas cincuenta y siete años después, con la escritura del libro.

La peste bubónica es transmitida por la picadura de una pulga de una rata infectada. Esto no se conocía en esa época, y faltaba mucho para que apareciera el antibiótico capaz de combatirla. Por lo tanto, su expansión, en esos momentos, era incontrolable. Se calcula que la epidemia mató aproximadamente cien mil personas, lo que constituía casi una cuarta parte del Londres de aquél entonces.

Es notable el efecto de verosimilitud logrado en el libro, con una pormenorizada descripción de los barrios y las casas donde tuvieron lugar los sucesos narrados. Además impactan las estadísticas del horror, las ordenanzas dictadas por el gobierno, el recuento de las víctimas y los sufrimientos padecidos. Esa inteligente manera de transmitir datos de la realidad, integrándolos a una trama novelesca, hicieron que la obra fuera tomada como un antecedente del non fiction, que tres siglos después desarrollarían Rodolfo Walsh, en nuestro país, y Truman Capote, en los Estados Unidos.

El libro es mucho más que un documento histórico que permite reconstruir una tragedia; es una obra de arte porque permite ahondar en el conocimiento del ser humano, desde un relato muy trabajado estéticamente. El autor elige un tono distante, de crónica periodística, para penetrar con su mirada aguda en los vericuetos del alma, en las miserias materiales y morales que afloran en una epidemia, y en las virtudes heroicas que algunos –pocos- son capaces de poner en juego. Hay padres que abandonan a sus hijos; hay criados que, por caridad, son capaces de quedarse aún con quien los humilló. Hay médicos que salen a la calle, con sus tapabocas, a atender a los enfermos tirados en la calle, y cuyos cadáveres quedarán tirados al lado de los de aquellos; y ladrones que aprovechan a despojar de sus pertenencias a quienes no pueden defenderse. Daniel Defoe se cuida mucho de caer en tentaciones maniqueas, y tiene el talento suficiente para crear, por momentos, el clima de una historia de terror.

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El autor se basó en el diario llevado por su tío –Henry Foe- durante los años de la peste, bajo el título: “Observaciones y recuerdos de los más notables sucedidos, públicos y privados, que acontecieron en Londres durante la gran plaga de 1665, escritos por un ciudadano que se quedó todo el tiempo allí”.

Dice Defoe en su novela: “He escrito tan detalladamente porque no sé si podrá ser de utilidad a los que vengan detrás de mí, si les aconteciere verse amenazados por el mismo peligro… más en calidad de orientación de sus actos que de historia de los míos, puesto que no les valdrá un ardite saber qué ha sido de mí”. Y uno sigue leyendo, con el espanto de estar leyendo una profecía: “Es verdad que se tomaban todas las precauciones posibles. Cuando alguien tomaba un trozo de carne, no tomaba éste de manos del carnicero, sino que directamente lo sacaba del gancho. Y, por otra parte, el carnicero no tomaba el dinero: lo hacía depositar en un pote lleno de vinagre, destinado a ese uso. El comprador siempre llevaba monedas, a fin de poder pagar exactamente la suma que fuera, sin necesidad de vuelto. También se llevaban frascos de esencias y perfumes; se empleaban todos los medios de que fuera posible valerse. Pero los pobres no disponían de ninguno de tales medios y corrían todos los riesgos.”

Una obra recomendada por García Márquez 


Alguna vez Fidel Castro le pidió a su amigo Gabriel García Márquez que le hiciera una lista de libros que debía leer inexorablemente. Uno de los primeros títulos que anotó fue Diario del año de la peste. El propio García Márquez escribió un guión cinematográfico adaptando la novela para una película dirigida por el mexicano Felipe Cazals.

La película, estrenada en 1979, tiene un sesgo de ciencia ficción que no está en la novela original. Está ambientada en una ciudad mexicana de los años 70, con quince millones de habitantes. En la película un equipo de médicos descubre una amenaza a la salud, las autoridades ocultan los hechos a la población para que no cunda el pánico y, además, porque
los primeros afectados son los barrios populares.

La película se abre con una frase de Henry Miller: “Ha sido un buen día para todos, incluso para Dios. No hay lluvia. No hay indicios de sangre o peste”. Enseguida aparece la escena en la que, en un subte, un anciano se desmaya sobre un grupo de pasajeros que solicitan auxilio. Es el primero de los casos. “Es sólo una gripe fuerte”, dice el presidente mexicano en la película, como cuatro décadas después diría el presidente brasileño en la realidad.

“¿Por qué nos ocultan lo que pasa? ¿Por qué nadie nos dice la verdad?”, dicen los afiches de la película, anunciando una epidemia como la que se extendería por todo el mundo cuarenta años después.

El libro ha sido reeditado en Europa, y se espera su próxima publicación en nuestro país.

 

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