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Cuando Frank Sinatra vino a la Argentina

Fue en los años de la última dictadura, lo trajo Palito Ortega. El legendario cantor tenía 65 años y fue la única vez que vino a nuestro país.

En una de las últimas escenas de Manhattan, el personaje interpretado por Woody Allen comienza a enumerar algunas cosas por las que vale la pena vivir: Groucho Marx, el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter, Louis Armstrong, algunas películas suecas, la Educación Sentimental de Flaubert, Marlon Brando, las increíbles manzanas y peras de Cezanne, y termina su inventario con un nombre, Frank Sinatra.

Dos años después que se estrenara la película de Woody Allen, sucedió un acontecimiento que transcendió lo meramente artístico y que ligó a Frank Sinatra con nuestro país. Hacia 1981, en Argentina se designó al general Roberto Viola como presidente. Eran cambios cosméticos destinados a fortalecer las bases principales de un modelo financiero instaurado a punta de fusil. La actividad productiva se hallaba muy resentida por la especulación financiera; la participación de los trabajadores en el ingreso nacional continuaba descendiendo. En otras palabras, el malestar social crecía, no obstante el horror implantado. Pero por esos días una noticia conmovió la prensa nacional: Frank Sinatra vendría a cantar en nuestro país.

El domingo 2 de agosto de 1981, Frank Sinatra aterrizó junto a Bárbara Marx- su cuarta y última esposa- en el aeropuerto de Ezeiza. Desde antes de poner un pie en las escalerillas del avión, había acaparado la atención de toda la prensa y la farándula local y, por lo tanto, convertido en tapa de revistas y tema de conversación permanente en cualquier parte de la ciudad. Sólo hallo una tenue competencia en el inminente campeonato de Boca Juniors que, en aquel momento, era liderado por su joven promesa, Diego Armando Maradona.

La euforia era total. Pero muy pocos se habían preguntado cómo había sido posible concretar su llegada. Lo cierto es que la “Operación Sinatra” sólo fue posible gracias a las largas negociaciones del empresario Ricardo Finkel y, sobre todo, la habilidad y el apoyo financiero de uno de los mayores cantantes y productores de la escena nacional: Palito Ortega. Aunque, probablemente por la popularidad del cantautor tucumano, se lo señaló como el único responsable. Asimismo, el balance de las cuentas finales fue catastrófico, pues Ortega debió afrontar, a raíz de la suba del dólar de alrededor del 200% desde la firma del contrato, un precio muchísimo más alto por los recitales del músico anglosajón.

Suele decirse que la música sirve para situarnos en un tiempo remoto y crear el ambiente de amenidad y expectación al que se entregan los fugitivos de la desgracia. Por aquel entonces, Sinatra dejó una de sus frases más célebres: “Creo en la naturaleza, en las aves, el mar, el cielo, en todo lo que puedo ver o que tiene evidencia real. Si estas cosas son las que entendemos por Dios, yo creo en Dios. No creo en un Dios personal a quien busco por comodidad o a una persona física que me guíe”. Hasta el momento, Argentina no era una plaza habitual para las grandes estrellas internacionales, pero la aparición de Sinatra derrumbó cualquier pesimismo: al principio, brindó una exclusiva cena show el 5,6,7 y 8 de agosto en el hotel Sheraton, en donde además se hospedó. Pero lo más importante llegaría el 9 y 10, cuando ofreció conciertos destinados al público en general en el mítico Luna Park.

Los diarios de la época, seducidos por la avidez de goce, reseñaron uno de los recitales de la siguiente manera: “Una luz magnífica y blanca, salida de seguidores perfectamente regulados en intensidad y orientación, distinta para cada song, recortó a Sinatra en una especie de halo de estampa religiosa que hizo más etérea su estampa en cuanto encendió un cigarrillo y consiguió que el humo ondulara a su alrededor con maestría aprendida y tan ceñida a las normas del show como el resto de sus saltitos acompasados al tema que cantaba o los viboreos que le confería al cable del micrófono, no porque estuviera enredado, sino porque así lo requería el gesto, allí mismo”.

La llegada de Sinatra provocó reacciones. La revista Humor organizó un Festival de Música en Obras Sanitarias para visibilizar “la otra argentina”, la que la dictadura pretendía tapar bajo la alfombra de La Voz. Así, durante tres días, se sucedieron artistas como Victor Heredia, Luis Alberto Spinetta, Facundo Cabral, Cuchi Leguizamón, Manal, Antonio Tarragó Ros y el debut de la troupe de la Nueva Trova Rosarina -capitaneada por Juan Carlos Baglietto, ante un público multitudinario que hacía ondear en la noche de la dictadura una consigna profética: “Se va a acabar la dictadura militar”.

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