Cultura

Cuando Juan Manuel de Rosas fue al cine

Con el asesoramiento del historiador José María Rosa, en 1972 se estrenó una película que provocó un gran escándalo, porque estaba dedicada a uno de los caudillos más controvertidos de la historia argentina.

Se iba a llamar El señor de las pampas, pero Manuel Antín prefirió nombrar­la, sencillamente, Juan Manuel de Rosas. Era su octavo trabajo cinematográfico y sabía, en los comienzos de los 70, que iba derecho al ojo de la tormenta con su proyecto de dirigir una película de carácter épico dedicada a Juan Manuel de Rosas, un personaje que dividía irreconciliablemente a la sociedad argentina, provocando una “grieta” en nuestra historia.

Para hacer la película, Antín recurrió al asesoramiento del historiador revisionista José María “Pepe” Rosa, quien se encargó del guion. Rosa había publicado recientemente una obra dedicada al caudillo federal, en la que lo exaltaba por varias razones: 1) había logrado la unidad nacional con el pacto ­federal de 1831; 2) defendió la independencia económica con su ley de aduana protectora de las industrias nativas; 3) ejerció la soberanía argentina sobre nuestros ríos navegables; 4) la mejora social de la clase popular, por la política aduanera que protegió a los talleres artesanales, y por el incremento de los saladeros y molinos de harina.

Coronaba sus argumentos con la siguiente conclusión: “Fue el único gobierno popular que tuvimos en el siglo XIX”.

La reacción en cadena del anuncio del estreno de la película fue de consecuencias imprevisibles. Los grandes medios atacaron la idea de llevar laudatoriamente a la pantalla la figura de “una bestia negra” de la historia argentina. Por su parte, los nacionalistas que trazaban la genealogía Rosas-Yrigoyen-Perón saludaron alborozados la iniciativa.

El historiador y abogado José María Rosa –autor de una historia argentina en ocho tomos– escribió un borrador del guion en su casa de Maldonado, cerca de Punta del Este, donde residía habitualmente desde 1965, porque consideraba que allí estaba la Fuente de Juvencia: “No hay farmacias ni médicos. Allí me dedico a escribir, paseo en motoneta y pesco (incluso pesca submarina), quizá por eso me dejé la barba, como los pescadores. También me visita mucha gente: han solido venir Jango Goulart, Arturo Jauretche y muchachada joven. Una vez me visitó Arturo Frondizi”. Ya lo habían tentado para hacer cine: una vez se lo propuso Homero Manzi; en otra oportunidad, Hugo del Carril. No lograron convencerlo. Pero esta vez era distinto, había dedicado toda su vida a estudiar la figura de Juan Manuel de Rosas.

Antín le propuso que la película se centrara en la vida del caudillo entre los años 1813 y 1850, vale decir, la época en que tenía entre 20 y 55 años de edad, aproximadamente. Dijo el historiador: “Mi idea es que hay que hacer una vista de Rosas triunfante, en la cumbre. Creo que debería culminar después del triunfo argentino sobre las fuerzas francesas e inglesas, con la entrevista en Palermo, entre el almirante francés Lepredour, acompañado por el diplomático británico Southern, y Rosas, y el consecuente desagravio a la bandera argentina, hecho que, como se sabe, consumó la fragata Astrolabe en idéntica ceremonia a la cumplida por la nave británica Southampton”.

El objetivo de la película era desagraviar a quienes sus realizadores consideraban “uno de los mayores defensores de la soberanía nacional”. En el balance histórico del período rosista, el guionista aducía: “Caído Rosas, la Argentina pasó a ser una colonia. Pese a todo, Rosas ha dejado a los argentinos la unión nacional y las fronteras nacionales; de no haber sido por él, nuestro territorio podría haber llegado a ser una Centroamérica”.

Manuel Antín no quería retratar a un prócer de bronce, a la manera de El Santo de la espada de Leopoldo Torre Nilsson, sino mostrar las contradicciones humanas de su personaje, algunas derivadas de su condición de hombre de campo que adolecía de típicos defectos argentinos, y otras propias de su temperamento: “Tuvo un grave defecto, su tremendo personalismo. Rosas no sabía trabajar en equipo, todo pasaba por sus manos. El detallismo que está documentado, por ejemplo, en su libro para los estancieros. Su aplicación al detalle lo hacía vivir encerrado en su estudio, viviendo una vida antihigiénica que contribuyó a avejentarlo”. La película fue protagonizada por Rodolfo Bebán, Sergio Renán y Alberto Argibay.

Noticias Relacionadas