Cultura

Laura Alcoba, una escritora platense en París

Sus libros son un viaje en el tiempo hacia una época de dolor y desolación con epicentro en la ciudad de La Plata.

Nació azarosamente en Cuba, en 1968, y al mes y medio vino con sus padres a radicarse a Argentina. Aquí se identificó con nombre falso y vivió en nuestra ciudad hasta los diez años. Su padre, Daniel Alcoba, por su militancia política fue detenido en 1971 y puesto a disposición del Poder Ejecutivo, acusado de estar vinculado con el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia a las órdenes del Che Guevara. El 25 de mayo de 1973 fue alcanzado por la amnistía dictada por el gobierno de Héctor J. Cámpora, y en 1975 fue devuelto a la cárcel por el gobierno de Isabel Perón por un período de seis años. Actualmente vive en Barcelona, donde trabaja como traductor y escritor, hábito que adquirió en sus años de cárcel.

Laura Alcoba vivía en la casa de calle 30 al 1038, conocida como Casa Mariani-Teruggi, hoy monumento histórico. Ese lugar simulaba ser un criadero de conejos, pero ocultaba la principal imprenta de Montoneros. Fue donde vivía Diana Teruggi cuando dio a luz a la aún desa­parecida Clara Anahí. Allí vivían en las zozobras permanentes de la clandestinidad, tal como lo retrata en su primera novela, La casa de los conejos (2006), en la que la autora muestra al desnudo una infancia sobreimpresa con los caracteres del terrorismo de Estado. El dolor, el silencio, el miedo omnipresente, las estrictas normas de seguridad, la historia de esos seres arrebatados por la violencia, todo está allí, en esa novela tormentosa que evoca a los muertos y cuya lectura es imprescindible para los vivos. Recién en 2003, Laura Alcoba se sintió con las fuerzas suficientes para regresar a esa casa que tan fuertemente la marcó en su vida. Postergó mucho tiempo ese reencuentro en el que nunca dejó de pensar, y en el que se mezclaron pasado y presente: “Cuando volví a esa casa no recordé, sino que volví al pasado, de repente me movía en la casa como lo había hecho en los 70, y todo había cambiado alrededor”.

En el libro siguiente, El azul de las abejas, la misma niña cuenta los años de exilio en Francia –país al que se marchó, en compañía de su madre, Diana, en el año 1979–, hablando una nueva lengua, iniciando otra vida, escribiendo cartas a un padre aún preso en la cárcel de La Plata. Padre e hija hacen un pacto a la distancia: leer los mismos libros, ella en francés, él en castellano. “Me proponía lecturas delirantes”, recuerda Laura Alcoba, y agrega: “Entre ellas, La vida de las abejas, de Maeterlinck, un libro superambicioso, imposible de entender por una nena de diez años, del que solo pude entender lo que inspiró el título del libro: que el azul es el color que las abejas prefieren”. Un espacio mental donde padre e hija volvían a reunirse.

El idioma bajo control

Laura Alcoba se licenció en Letras en L’École Normale Supérieure de París, especializándose en la poesía del Siglo de Oro español. Actualmente ejerce la docencia en la Universidad de París y trabaja como traductora de teatro. Adoptó el francés como lengua y toda su obra, pese a estar profundamente referida a nuestro país, fue escrita en ese idioma. La traducción al español fue realizada por un gran escritor platense, Leopoldo Brizuela, quien trabajó conjuntamente con la autora. Escribir en otra lengua le ayudó a mirar con perspectiva lo vivido: “Mi recuerdo de chica del castellano es del idioma bajo control, eso tiene que ver con mi vivencia como hija de militante montonero: ¡Ojo con lo que decís! Cuando vivís algo así, salir del autocontrol y de la idea de la palabra de más que puede matar, es difícil”.

En 2017 apareció el tercer volumen de la trilogía, La danza de la araña, en el que la niña de las dos novelas anteriores ya es una adolescente marcada por recuerdos y ausencia vivos ardiendo en su memoria. Es el período en que liberan a su padre de la cárcel, y ella se siente desbordada y perdida, entre recuerdos lacerantes y lágrimas siempre a punto de ahogarla: “Lloro por todo lo que no lloré antes. Lloro por el miedo tanto como por la espera. Lloro por todo lo que ocurrió allá. Lloro por noso­tros, pero también por todos los demás. Por todo lo que sé y lo que aún ignoro”. Un pasado que recupera a través de la escritura.

La casa de los conejos ha sido llevada al cine por la directora argentina Valeria Selinger, quien, como Laura Alcoba, está radicada en París desde hace muchos años. La película fue rodada en nuestro país. La pandemia ha impedido hasta la fecha su estreno comercial.

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