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Los vaticinios ambientales de un científico argentino
Gilberto Gallopin es licenciado en Biología, siendo el primer miembro del Instituto de Ciencias Ambientales, especializado en sistemas ecológicos.
Gilberto Carlos Gallopin es uno de los silenciosos científicos que trabajó en nuestro país con la mayor intensidad que pudieron y les dejaron. Le han hecho poquísimos reportajes y, sin embargo, fue permanentemente requerido por países extranjeros para encarar investigaciones o dar conferencias. Miembro consultor de muchas sociedades científicas, fue autor de más de cincuenta publicaciones aparecidas desde 1961 en adelante. También influyó fuertemente en los trabajos de numerosas organizaciones científicas internacionales como el Grupo de Escenarios Globales de la Iniciativa para la Gran Transición.
Más que como trayectoria el trabajo de Gallopin se caracteriza mejor como una onda expansiva que se inicia con su doctorado en ecología en la Universidad de Cornell, donde formuló un modelo no-lineal para estudiar de forma generalizada los sistemas compuestos por una población y sus recursos. Con extrema precisión, bosquejó en forma integral los conflictos ambientales, los indeseables efectos por mal control que padece nuestro país, y los manipuleos a que nos someten los grupos de intereses, que no reparan ni siquiera en las muertes humanas, animales o vegetales, con tal de obtener ganancias.
Según Gallopin, las personas vivimos en un mundo de cambios acelerados, con una incertidumbre cada vez más creciente sobre lo que va a pasar. Un mundo donde esa misma incertidumbre, desde su punto de vista, es una amenaza, pero también puede ser fuente de oportunidades, sobre todo para los países del llamado “Tercer Mundo”, que nunca fueron los interesados en mantener las cosas como están. En ese sentido, cualquier cambio podría llegar a ser una esperanza, pero eso dependía de cómo se lo pueda instrumentar.
No obstante, desde el punto de vista ambiental, hay un deterioro cada vez mayor de recursos. Aunque Gallopin sostiene que no es inevitable, sino que surge de una economía irracional y de una manera de ver las cosas y de producir que es inherentemente destructiva. Es curioso cómo ha entrado la ecología en nuestro país: según Gallopin, fue en la década del 60, a través de los problemas de contaminación, como una alarma que reflejaba a lo que pasaba en los países industrializados. Pero no era el problema central ecológico en Argentina ni en América Latina. Eran y son problemas de centros urbanos importantes, que por supuesto repercuten a nivel de gobierno porque afectan a la gente que tiene mayor poder de decisión.
Tras liderar diversos programas ambientales en Bariloche, Gallopin nunca abandonó el compromiso de analizar los problemas y retos globales de forma integrada, prestando igual atención a sus dimensiones sociales y ecológicas y sin olvidar la perspectiva del Sur. Gallopin planteaba que había problemas imperiosos a corto plazo y otros de largo alcance, que son justamente los que tienen que hacer las instituciones de investigación, porque no lo realiza el Estado.
La ecología para Gallopin es algo que siempre le atrajo profundamente, por concebirla como una ciencia o un punto de vista de las relaciones entre cosas, plantas, animales, medio ambiente; pero también del conjunto con los hombres: “En un sentido amplio, diría que la ecología es la ciencia de las interrelaciones entre seres vivos y factores no vivos. Por eso, cuando planteo el concepto de medio ambiente humano, por ejemplo, tiene componentes de tipo químico-biológico y además de tipo social, que son los factores ambientales que afectan a las personas”. Una buena síntesis de este concepto, reflexiona el científico argentino, debería ser nuestra guía en la construcción de una sociedad mejor.
