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El escritor que integró un servicio secreto y se inspiró en Argentina

Graham Greene fue un gran novelista británico, aventurero, solidario, gran bebedor, que revistió también como espía en el Foreing Office.

Sus personajes vivían la angustia de una ética tironeada entre Dios y la nada y es por eso que ninguna persona es la misma después de leer a Graham Greene, nadie sale indemne de sus páginas.

Nacido en 1904, fue un novelista aventurero y borracho; solitario, huidizo y fraternal con todas las grandes causas de su siglo. Estuvo en los leprosarios de África, en el frente de Vietnam, durante la ocupación francesa, en México, en el Panamá de Omar Torrijos, en la Nicaragua sandinista, en la Cuba de Castro, en el Haití de Duvalier y en la Argentina de las guerrillas; de cada experiencia sacó una novela. En síntesis, un escritor tan grande como irrepetible.

En los años de la última dictadura de nuestro país, el poeta Juan Gelman le escribió para preguntarle si quería adherirse a una solicitada que denunciaba la desaparición de personas en Argentina. Su respuesta no pudo ser más breve y contundente: “Sí”, decía nada más el telegrama que mandó desde Antibes, en el sur de Francia. Más tarde, escribió sobre los militares argentinos y anotó que, en cuanto a la justicia divina, más le valía que Dios no existiera.

El cónsul honorario fue su novela situada en la Argentina y dedicada afectuosamente a Victoria Ocampo. Espía part-time desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial ―su biógrafo Norman Sherry aseguró que siguió enviando informes al Servicio Secreto inglés hasta su muerte, en 1991―, Greene tuvo una relación cercana con el cine, al que alimentó, como suele suceder, con suerte dispar. La mejor experiencia fue sin duda la de El tercer

hombre ―“un cuento de hadas”, según Greene―; con la presencia del inolvidable Orson Welles y la dirección de Carol Reed, que en realidad Greene escribió porque le resultaba imposible dar el salto a la pantalla desde el híbrido guion sin que su historia fuera antes una narración más o menos tradicional. Era evidente que la ligereza que perseguía debía luchar con la densidad de sus preocupaciones morales y la multiplicidad de sus intereses.

Murió de viejo, después de haber intentado otras maneras más expeditivas: la ruleta rusa, el whisky a raudales, el espionaje y todas las formas de la peste que se alojan en los confines del mundo más miserable. Este católico no hablaba de Dios creador, le interesaban los hombres y sulealtad con las ideas y los actos de una vida, en el error o el acierto: “La gente suele volverse reaccionaria a medida que envejece, sobre todo aquellos que han sido más revolucionarios; yo no he cambiado”.

Como dijo Juan Sasturain, Graham Greene “fue católico en un país que nunca lo fue y en una época en que ya no se usaba”. Era de esos católicos que no comprenden a un cura casado y sin sotana. El renunciamiento era, para Graham Greene, la primera calidad de un cristiano sincero.

Ivonne Cloetta, su última mujer, reveló que al escritor le aburrían enormemente los periodistas, las conferencias y los eventos académicos. No porque quisiera protegerse, sino simplemente porque era un impaciente perpetuo. Lo cierto es que, al margen de sus correrías extraliterarias, lo más probable es que al escritor británico no le hayan dado el Nobel por haber cometido un pecado muy distinto: el de su enorme popularidad. Un equívoco o más bien una trampa ―hay que decir que en parte alimentada por él mismo― que lo persiguió durante toda su carrera y que, a casi treinta años de su muerte, apenas se ha despejado. Logró la proeza de aunar best seller y calidad literaria.

En sus novelas hay canallas muertos de amor y beatos corroídos por el odio. La cuestión de la lealtad, según Osvaldo Soriano, aparece expuesta en toda su tensión dramática, en un desgarramiento que, al fin, no puede ser otro que aquel del Cristo en la cruz, purgando sus errores y asumiendo la humanidad entera.

En ese sentido, el autor de No habrá más penas ni olvido, escribió: “Si hay Dios, Greene ya está con él, borracho, festejando su propia muerte, subido al Trono para ayudarlo a juzgar traidores y canallas”.

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