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Mariana Enríquez, una escritora que descubrió su vocación en La Plata

Es una de las autoras con mayor reconocimiento popular y más premios internacionales.

El Premio Herralde que obtu­vo por su más reciente novela, Nuestra parte de noche, confirmó internacionalmente lo que sus lectores saben desde su primer libro, Bajar es lo peor: Mariana Enríquez es una escritora de imaginación gótica que se despliega en una prosa muy convincente. La directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes vivió durante varios años en La Plata, y diario Hoy habló con ella sobre esa etapa decisiva en su vida.

—¿Cuándo fue la primera vez que viniste a La Plata?

—Creo que cuando mi mamá se recibió de médica en la Universidad de La Plata, fui a la ceremonia del título. Yo era muy chiquita, no me acuerdo, están las fotos.

—¿En qué año te viniste a vivir a esta ciudad?

—A los 8 o 9 años, cuando mis padres se mudaron a La Plata porque habían conseguido trabajo allá (estaban ­desempleados). Nos mudamos desde Lanús, primero a casa de amigos, y después a un departamento muy chico en calle 14.

—¿En qué cosas te iniciaste en La Plata?

—En casi todo: pasé mi adolescencia en la ciudad. En drogas, sexo y también en literatura, porque empecé a escribir cuando vivía allá.

—¿Cuáles son los lugares platenses que más significan para vos?

—La Catedral me fascina, además fui a la escuela que está detrás, era una presencia monumental en mi vida, y la idea de que se podía de­rrumbar me fascinaba. Plaza Paso, donde acontecieron muchas de mis aventuras juveniles. La vieja Facultad de Periodismo de calle 44. El Bosque, especialmente en la zona de la Facultad de Astronomía. El kiosco de
He Man. Muchos bares: El Tinto, El Teatro, El Bar, El Cafetal, Coronado.

—¿Recordás algún recital que hayas visto en la ciudad y que te haya ­marcado?

—Todos los de los Redondos en Atenas y en el Polideportivo. No sé si alguna vez fui fan de los Redondos, pero cuando era adolescente ir a verlos era casi una obligación. Los shows de los Redondos eran muy intensos y te marcaban de muchas maneras. Especialmente eran un rito de iniciación en escapar de la Policía. Virus con Los Violadores, debió ser el Polideportivo: fue uno de mis shows con más público, yo era muy chica. Fricción en la República de los Niños, uno de los shows más importantes de mi vida, escuché Héroes de Bowie por primera vez en castellano. Algunos shows de La Pelada, la banda donde cantaba uno de mis novios de adolescencia, por obvias razones. Dee Dee Ramone en El Chacal tocando temas de Chuck Berry, era surreal y un poco deprimente también.

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—¿Qué recuerdos tenés de tus años en Periodismo? [

—Los años de Periodismo intensos fueron solo tres, después empecé a trabajar en Buenos Aires y la relación con la facultad se volvió más distante. Lo más importante de la facultad fue que ahí conocí a mi novio más importante durante muchos años (que ahora es mi mejor amigo, Ariel), y a dos de mis amigas más queridas, Vicky y Ruth. Yo era bastante salvaje, pero aplicada: me iba bien académicamente hablando. Fui ayudante de la cátedra de Martín Malharro, que es como un mito, no me hizo sufrir en lo más mínimo.

—Te voy a traer uno de tus recuerdos platenses: una cena con Hebe Uhart y Leopoldo Brizuela. ¿Qué te acordás de esa noche?

—Los amo y los extraño. Con Leopoldo teníamos un código en común, nos lo repetíamos siempre, que era cómo Hebe usaba, de forma retórica, la pregunta “¿sí o no?”. Decía, por ejemplo: “Este tipo está loco, ¿sí o no?”, y la respuesta era obviamente que sí. Los conocía de antes, pero nos hicimos compinches en la Feria del Libro de Frankfurt, no me acuerdo de qué año. Con Hebe fuimos amigas de tomar café en su casa: ella te regalaba libros, a veces fui a su taller, solíamos hablar de viajes, no tanto de literatura, o muy por arriba, o con entusiasmo. Hebe era la persona menos esnob que se te pueda ocurrir. Odiaba cuando le decían que era la mejor, le daba un pudor genuino.
Era muy afectuosa y muy curiosa: teníamos además amigos comunes chilenos, que ella llamaba “los trasandinos”, y siempre comíamos asado con ellos. Yo no supe que estaba enferma, ese año estuve muy metida en mis cosas y la vi poco.
Lamento mucho eso. Fui a su entierro, que fue raro y hermoso como ella. Tampoco sabía de la enfermedad de Leopoldo; pocos días antes de su muerte yo estaba de viaje en Cambridge y subí a Instagram algunas fotos. Él las comentó con mucho entusiasmo y también con mucha nostalgia, pero no me dijo que estaba internado. Murió a los pocos días. De esa cena recuerdo poco, salvo que ella quería ir a un barrio determinado porque se enteró de que ahí vivían descendientes de indígenas y Leopoldo quería organizarle un recorrido, o algo así. Pero fue una cena muy normal, de gente que no necesitaba tener conversaciones inolvidables.

—Como si fueras una médium de alguno de tus libros, te voy a pedir que apeles a tu poder de convocar: ¿a qué escritor o escritora de cualquier tiempo y lugar te gustaría convocar en un café para conversar largo y tendido, y sobre qué?

—No me interesa hablar con escritores en particular, elegiría a alguien de cualquier otra profesión. Pero si tiene que ser uno, bueno, Rimbaud.

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