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Artistas que buscaron inspiración en el alcohol

Reconocidas personalidades de la historia sufrieron los estragos de la adicción. En muchos casos no pudieron sobreponerse.

En 1536, Francisco I de Francia publicó un edicto: “Todo hombre culpable de haberse embriagado está condenado, la primera vez, a padecer encarcelamiento a pan y agua. La segunda vez, además, será azotado. En caso de recaída será desterrado, con amputación de las orejas”. Ese fue uno de los hitos en la persecución del consumo de alcohol.

Según científicos del Santa Fe College, en Estados Unidos, el consumo del alcohol se inició hace 9.000 años, con el surgimiento de la agricultura. Según ese estudio, fue gracias a una mutación ocurrida hace 10 millones de años en uno de los centenares de aminoácidos que conforman la enzima lo que le permitió a nuestro ancestro común con los gorilas y chimpancés metabolizar el etanol. Al arrastrar sus brazos colgantes por el suelo, nuestros ancestros se toparon con frutas caídas en proceso de fermentación: comerlas les permitía sobrevivir a los períodos de escasez. Así comenzó el ser humano a aficionarse al alcohol.

El arte no solo tomó la relación del humano con el alcohol como tema de sus obras, sino que muchos artistas recurrieron a las bebidas como inspiración. Decía el científico Alexander Fleming: “La penicilina cura a los hombres, pero el vino los hace felices”. El alcohol no solo propicia instantes de felicidad, también puede desencadenar en tragedias, como la reflejada en la película Días sin huella. La película de 1945 cuenta la historia de un escritor al que el alcohol terminó arruinando emocional, artística y económicamente. Ray Milland, el actor que hizo el protagónico tuvo que conformarse con que le ofreciesen trabajo únicamente como alcohólico después de esa actuación, por la que ganara un Óscar.

En 1942 después del éxito arrollador de El Ciudadano, Orson Welles se embarcó en la aventura de filmar en Río de Janeiro. Se reunió en su departamento con un diplomático mexicano, quien llegó a la visita con algunas botellas de tequila. Estaban conversando y bebiendo, apoyando los vasos en el borde del balcón. Welles con el movimiento de un brazo empujó los vasos a la calle. La visión y el ruido de la caída del vidrio los alentó a seguir. Tiraron otro vaso y otro más. Cuando se acabaron los vasos, siguieron con las sillas. Cuando estaban por arrojar la cama, llegó la Policía y pasaron la noche en la comisaría. El gobierno brasileño advirtió a Orson Welles que de volver a cometer un escándalo, lo expulsarían del país.

El poeta Dylan Thomas vivió solo 39 años, que le bastaron para alzarse como una de las voces mayores de la poesía inglesa del siglo XX. Alguna vez confesó esto sobre su método de escritura: “Escribo un poema en innumerables pedacitos de papel, las palabras a veces se cruzan entre dibujos de faroles y huevos duros; todo es una mugre, pero lo copio en un cuaderno y cuando lo termino quemo los papelitos”. Para hacer toda la operación necesitaba una botella de whisky sobre la mesa. Así lo explicaba: “Quien no bebe, no puede escribir. Un bebedor de leche no hará nunca nada bueno: la leche o el agua son capaces de matar cualquier talento, son elementos negativos para la inspiración”. Durante su última visita a Estados Unidos, en octubre de 1953, planeaba colaborar en una ópera con Igor Stravinsky, pero no se pudo concretar porque siempre encontraba un bar en el camino. Cuando lo internaron, el médico dijo que su situación era “un insulto alcohólico al cerebro”.

Vinicius de Moraes decía: “El whisky es el mejor amigo del hombre. Es el perro en una botella”. Le puso a su bar el nombre de Cirrosis y es fama que muchos de sus poemas nacieron en una bañadera con un vaso de whisky apoyado en una esquina.

Enrique Mario Francini fue uno de los mayores violinistas de la historia del tango e integró una orquesta junto al bandoneonista Armando Pontier; convaleciente de una operación, recibió su visita, quien le reprochó su desmedida afición a las botellas. “Quedate tranquilo, Armando”, le dijo Francini, con los ojos húmedos de gratitud. Cuando Pontier se sentó en la cama para seguir la conversación, advirtió que debajo de las sábanas había una botella de whisky.

Una seña del Diablo

Algunos artistas no consideran al alcohol como un insumo necesario para la producción de su obra, sino que lo ven con desconfianza. Jorge Luis Borges decía: “No bebo, no fumo, como poco. Mis únicos vicios son la Enciclopedia Británica y no leer a Enrique Larreta”.

Otros, advierten el riesgo que el alcohol entraña, pero se resignan a su cercanía. El pintor Amedeo Modigliani dijo: “El alcohol es un mal de la clase media. Es un vicio. Es una seña del Diablo. Pero es necesario para los artistas”.

Otro pintor, Henri de Toulouse-Lautrec, tenía una curiosa manera de procurarse la ración diaria de alcohol: caminaba ayudado por un bastón debido a un accidente sufrido en la niñez, pero en el interior del bastón ocultaba tubos de vidrio que periódicamente llenaba con sus bebidas preferidas.

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