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La academia de Pablo de Santis

El autor retoma las claves del policial clásico en su última novela, donde su protagonista se adiestra en técnicas criminales para vengar la muerte de sus padres.

Pablo de Santis es autor de La traducción, El teatro de la memoria, El enigma de París, Los anticuarios y La hija del criptógrafo, entre muchas otras novelas que le han valido premios como el Konex de Platino, el Premio Planeta-Casamérica o el Premio Nacional otorgado por el Ministerio de Cultura de la Nación. En su último libro, Academia Belladonna, vuelve a incursionar en el género policial, que domina con gran destreza.

—¿Por qué decidiste ambientar la historia en Londres en la década del 30?

—La verdad, no sé. Se me fue ocurriendo así la historia, como si fuera un mundo cinematográfico. Quería que fuera anterior a los conflictos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, es decir, anterior al ascenso de Hitler a la cancillería, cuando empieza en el 33 lo que sería el desastre del holocausto. Es una especie de terreno fértil para toda clase de fábulas.

—Una novela que vuelve a los viejos tiempos del policial clásico.

—Sí, es un poco ese momento de los asesinos de las novelas policiales de Agatha Christie. Siempre fui un fanático de las novelas de Agatha Christie, que son completamente irreales; esos asesinatos en casas de campo, en grandes hoteles, a veces durante alguna expedición arqueológica por Medio Oriente, y sin embargo me parece que son piezas literarias valiosísimas, a pesar de esa irrealidad y de los crímenes un poco inverosímiles. Me parece que hay una poesía allí.

—¿Poesía?

—Poesía es la palabra que usa Chesterton para referirse al policial. Él, además de escribir sus cuentos policiales protagonizados por el Padre Brown, escribió una serie de artículos que son fantásticos. Dice que el género policial es el único género que puede mostrar la poesía de la vida moderna.

—¿Qué tan difícil es encarar un policial de enigma en la actualidad? ¿Tiene que estar necesariamente relacionado con el poder?

—Lo que yo escribo no es el policial que está más vinculado a la violencia de la época, a las cuestiones del poder, sino un policial más vinculado al mundo de los signos, de la lectura, del desciframiento, de la lógica, de la búsqueda de la verdad a través de los indicios. Es decir, un policial en cierto modo más intelectual y poético, que transcurre en una especie de universo de símbolos.

El juego del crimen

La novela de Pablo de Santis sucede en una atmósfera lúdica. De alguna manera, hasta los crímenes ocurren en un clima de juego.

Al respecto, el autor dice: “Hay mucho de juego en la novela. La idea del número 317 que lo persigue al protagonista, pero lo persigue para salvarlo, no para condenarlo; la idea, como vos decís, entre las academias de detectives, que haya distintas clases de asesinos también parece algo más humorístico que serio. Para mí sí esta novela tiene algo de lúdico, que también pasa por el tema de las estampillas, por esa especie de gran archivo que tienen los asesinos con forma de torre de Babel, que está en la Sociedad Filatélica Internacional.

—¿Cuándo comenzó tu inclinación a leer novelas policiales?

—Yo me crie en un departamento muy grande en Caballito, y teníamos una especie de cuartito que daba a una terraza, que era el cuarto donde se planchaba. Ahí estaban los libros más viejos de la casa. Ahí estaban los libros de poesía que leía mi padre en su juventud, y también las novelas ­policiales, en particular las de Agatha Christie y Erle Stanley Gardner. Libros con tapas que a mí me resultaban muy perturbadoras aun antes de leer los policiales. Cuando empecé a leer esos libros –tendría 11 años–, me impresionaban esos dibujos hiperrealistas de una muñeca de porcelana a la que le faltaba un ojo, una fotografía en blanco y negro a la que le habían arrancado un pedazo o una carta con manchas de sangre. Esos dibujos me hacían preguntar hacia mis adentros: ¿qué historia contarán estos libros para justificar estas tapas tan perturbadoras? Así que ahí empecé a leer.

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