Cultura

Martin Scorsese, un director clave del cine contemporáneo

Su nombre está avalado por cincuenta años de trayectoria, nueve nominaciones al Óscar como mejor director y una filmografía que unió calidad y popularidad.

Martin Scorsese siempre mantuvo su vida privada bien lejos del escrutinio público. Nació el 17 de noviembre de 1942. Es hijo de Luciano Charles Scorsese y Catherine Cappa, ambos trabajadores de la industria textil, y se crió entre inmigrantes italianos vagamente mafiosos en los callejones de Queens, Nueva York, que es el paisaje en el que ambientó muchas de sus historias.

Cuando le preguntan por qué la mafia marcó tanto su vida profesional, confiesa: “Es un colectivo que tiene la violencia como seña de identidad, y eso lo hace especialmente interesante. Yo crecí con todo esto alrededor y, aunque no lo quisiera, estaba ligado a ello. Son, junto al vínculo familiar y a la religión, los elementos que me influyeron más en los primeros años de vida, cuando estás dando forma al hombre que serás. Por eso son tres constantes en mi cine, y siempre que puedo intento que vayan de la mano en mis películas”.

Su adolescencia transcurrió en los Estados Unidos de los años 50 y bajo una estricta formación católica, pero su feroz devoción por el cine llegó a través de mentores que le ofrecieron un ejemplo sobre cómo debería vivir su vida. Aunque al principio también se inclinó por la pintura, se graduó en la Escuela de Cine de Nueva York en 1964. Allí filmó sus primeros cortometrajes, entre los que se destaca ¿Quién llama a mi puerta?, protagonizado por Harvey ­Keitel. Después conoció al productor Roger Corman, quien fue el encargado de financiar El tren de Bertha, su segundo proyecto cinematográfico.

Todo cambiaría a finales de 1973, cuando trabajó por primera vez con un actor con quien compondría uno de los tándem más sólidos de la historia del cine, Robert De Niro. Ambos eran como hermanos, y en cinco años filmaron juntos Calles salvajes, Taxi driver y New York, New York. No obstante, esa última película marcó el comienzo de su desdicha: la crítica la despedazó, Isabella ­Rossellini –su novia de entonces– se marchó intempestivamente a Europa y Scorsese se hizo adicto a la cocaína.

Encuentros salvadores

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Una tarde De Niro fue a visitarlo a una clínica de desintoxicación en las afueras de Nueva York. Le regaló a su amigo la autobiografía del boxeador Jake LaMotta y, sin anticiparle nada, ya había pagado de su bolsillo los derechos para llevarla al cine y no se le ocurría ningún otro director que pudiera filmarla.

Apelando al corazoncito italiano de su amigo, le susurró: “Marty, solo tú puedes transmitir lo que significaba LaMotta para nuestra gente. Te estoy hablando de un tipo que perdió cinco veces contra Ray Sugar Robinson y al final de cada pelea, con la cara tumefacta y sangrante, iba a abrazarlo y le decía al oído: Tampoco esta vez pudiste noquearme, Ray”.

Así nació Toro salvaje, la película por la que recibió su consagración en los Óscar, y que significaría la oportunidad para ambos de volver a la senda gloriosa del éxito. Refiriéndose a aquel encuentro que logró sacarlos de las tinieblas, Scorsese recuerda: “El negocio siempre ha sido lo más importante, sobre todo en los últimos 30 años, pero yo me considero bastante afortunado porque en algunos casos he podido arriesgarme y hacer filmes que no eran necesariamente comerciales. He contado con el apoyo de actores como Robert De Niro y Leonardo DiCaprio, que han creído en mí. Filmes como Calles salvajes o Taxi driver se hicieron con muy poco dinero, pero en esos casos es donde más aprendes a utilizar otros recursos. Hay que tener fe para seguir adelante con un proyecto cuando no se tienen todos los recursos”.

Luego llegarían títulos inolvidables como La última tentación de Cristo (1988), Casino (1995), El aviador (2005) y, más reciente, El irlandés (2019). En todos ellos, sin embargo, emerge una constante: descender hasta lo más profundo del ser humano para constatar que allí el misterio sigue intacto. Para Scorsese, este es el único modo posible de narrar, y no cree saber hacerlo de otra forma.

En una entrevista reciente le preguntaron cómo le gustaría ser recordado. Las palabras, separadas por hilos de respiración, caen como ácido: “Es una pregunta difícil. Me gustaría que mi trabajo fuera algo más que una obra que pueda ser consumida durante una hora y media o dos y luego olvidada. Me gustaría pensar que se discutirá sobre sus valores, que inspirará y hará reflexionar especialmente a los jóvenes”.

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