Cultura

El día que Robert De Niro conoció Berisso

Un compromiso contractual lo hizo viajar por primera vez a Buenos Aires. Desde esa visita inicial entabló amistad con Lito Cruz, situación que lo motivó a seguir viniendo a nuestro país.

Hijo de padres pintores que se divorciaron poco después de su nacimiento, creció en un humilde barrio italiano de Nueva York. Pero su crianza fue muy distinta de la de otros jóvenes con su mismo origen. A los 16 años, con aspecto ingenuo y deseos difíciles de contener, abandonó la escuela para continuar sus estudios de arte dramático en la escuela de teatro de Stella Adler y Luther James, donde subió por primera vez a un escenario en la exitosa obra de Anton Chejov, El oso. A partir de ese momento, la actuación se convirtió en la adrenalina que lo mantenía en movimiento, una perturbación que dibujó para siempre la geografía de sus intereses.

En 1965 hizo su debut cinematográfico en un discreto papel que le habían ofrecido en la película del director francés Marcel Carné, Tres habitaciones en Manhattan. Recuerda De Niro: “Estuve en el rodaje durante dos o tres días. Yo solo era un extra de la película. Las escenas eran grabadas en un café que se encontraba supuestamente en Madison Avenue, en Nueva York. Sé que Annie Girardot actuaba en aquella película. No sé si ella supo que yo aparecía también”.

Hubo una suerte de conjunción estelar que terminó haciéndolo brillar como una estrella: su encuentro con Martin Scorsese, que decantó en una amistad de más de cincuenta años. Se conocieron en una fiesta navideña organizada por el guionista Jay Cox a principios de los setenta; los presentó el director Brian de Palma, aunque ninguno de los tres recuerda los detalles de aquel primer encuentro. Según confiesa Scorsese: “Nunca planeamos nada ni lo hablamos en voz alta, las cosas simplemente ocurrieron y fuimos encontrándonos a nosotros mismos gravitando hacia los mismos temas y las mismas emociones que nos obsesionan a ambos”.

Cuenta Juan Forn que, en 1978, De Niro fue a visitar a Scorsese a una clínica de rehabilitación en las afueras de Nueva York. Ya habían filmado juntos Calles Peligrosas, habían alcanzado la fama con Taxi Driver, y venían de ser despedazados por hacer New York, New York. El actor no sabía con qué iba a encontrarse pero igual fue con un libro bajo el brazo: era la autobiografía del boxeador Jack LaMotta. “Pero yo no sé nada de boxeo, nunca me interesó”, se defendió Scorsese. Finalmente, De Niro logró convencer a su amigo. Toro salvaje fue la película con la que el actor ganó un Oscar, y por la que engordó varios kilos para encarnar al boxeador. La leyenda dice que De Niro entrenó un año entero bajo la supervisión directa del propio LaMotta, que hizo más de mil rounds de guantes con sparrings que le bajaron varios dientes y a los que él les rompió una que otra costilla.

El éxito de Toro salvaje hizo que De Niro estuviera presente en la avant premiere en Argentina. En ese viaje conoció a quien sería su gran amigo argentino, Lito Cruz, quien recordaría siempre ese encuentro: “Fui a verlo al hotel donde estaba alojado y me presenté. Le dije que yo era un actor argentino y que su manera de trabajar me parecía fuera de serie. Que quería saber cómo hacía, cuál era su método”. Fueron a almorzar y ese mismo día Lito lo invitó a su estudio de teatro para que presenciara una de sus clases.

Desde entonces, Argentina es un lugar especial para De Niro, que volvió en reiteradas oportunidades a pasar las fiestas de fin de año. Por ejemplo, a fines de 2014, revolucionó a sus admiradores cuando trascendió la información de que estaba en la Patagonia, tras visitar a su amigo y compartir con él algunos asados babilónicos.

Esos primeros encuentros fugaces con Cruz se volvieron frecuentes y lograron que el protagonista de El Padrino se enamorara profundamente de Buenos Aires. Solían encontrarse en el Hotel Savoy, donde almorzaban y bebían abundantemente. En alguna oportunidad asistieron al espectáculo Rojo Tango, donde De Niro aprovechó para tomar algunas miniclases de baile sobre el escenario junto a Natalia Lucarini. También visitaron La Casa del Teatro y el Taller del Orfebre Marcelo Toledo, donde compartieron la fascinación con las piezas sobre Evita.

No obstante, sucedería algo más, que para De Niro quizá haya quedado en el olvido, pero para Lito Cruz sería un recuerdo que quedaría fulgurando en su memoria como una joya. En una charla dada en nuestra ciudad, cuenta que al día siguiente del encuentro, lo llevó a De Niro a que conociera Berisso, a caminar juntos las calles de su infancia. Estaba seguro que lo entendería porque, como él, De Niro era un tipo de barrio. Quería mostrarle el niño que Lito había sido. En un momento se detuvieron y le preguntó a De Niro si podía verlo. Y Lito jura que, a través de las lágrimas, pudo ver cómo su amigo asentía.

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