cultura

Alberto Olmedo y el humor atorrante

Murió en el momento más alto de su popularidad, dejando grandes personajes creados para la televisión cuyo solo recuerdo sigue generando risas.

La mañana del 6 de marzo de 1988 un baldazo de agua helada cayó sobre millones de argentinos: la noche anterior Alberto Olmedo había caído desde el balcón de un departamento ubicado en el piso 11 de un edificio en Mar del Plata. Su programa televisivo tenía un promedio de 45 puntos de rating, su obra de teatro –“El Negro no puede”- batía todos los records de recaudación de las temporadas de verano marplatense.

Tuvo una infancia de privaciones. Vivía sólo con su madre. Cuando tuvo seis años empezó a trabajar en una verdulería mientras hacía la primaria nocturna. Luego sería repartidor de pan, cadete de farmacia y peón de carnicería. A los quince años, empezó a hacer acrobacia. Cuando la troupe hacía la torre humana iba arriba de todo, aunque era medio miedoso y dos por tres se caía. Pero generalmente lo hacía bien, y bajaba de un salto. Le decía a sus amigos con plena certeza: “Me voy a Buenos Aires, y algún día todos me van a aplaudir”.

En 1954, cuando la televisión recién comenzaba en nuestro país, trabajaba de tiracables en Canal 7, en 1954. Fue ascendiendo:, ayudante de cámaras, switcher master, y, con los años, luego de una cena con las autoridades del canal, en donde demostró su gracia innata para la improvisación, le hicieron su primer contrato televisivo. Dos años después debutaba en “ La troupe de la TV”. Pero su primer gran éxito tuvo que esperar un par de años más: El capitán Piluso. Un personaje que se instaló durante décadas en la imaginación de los niños argentinos con una consigna recibida con agradecimiento por las madres: “A tomar la leche”.

El 4 de mayo de 1976 a las 20.30 hs. Alberto Olmedo hizo entrar en shock a la sociedad argentina. Su programa “El chupete”, se abrió con el anuncio de la “desaparición física” del actor. Eran los años de la dictadura y esa expresión ya tenía una carga de dolor imposible de ser atenuada con una broma. Esa infortunada ocurrencia recibió una condena unánime. Recién pudo volver a la televisión dos años después.

El romance con el público llegó a su clímax con “No toca botón”, un programa en el que desplegó toda su galería de personajes: Rucucu, el Manosante, Rogelio Alvarez, el Yéneral Gonzáles –dictador de Costa Pobre- Josè Refrán, el mucamo Perkins, y el Psicoanalista, entre otros. Algunos de esos personajes tenían el nombre de amigos de su Rosario natal. Era un programa previsible, con mujeres cosificadas hasta el paroxismo y esquemas que se repetían interminablemente. Pero también había algo que daba a ese espacio un gran atractivo: la enorme capacidad de improvisación de Olmedo, un don natural que ejercía de una manera avasallante, poniendo en juego todos los recursos de la picaresca, y que irradiaba su energía a todos los compañeros de elenco.

Nunca hizo una buena película. Quería redimirse. El año antes de morirse, una noche de otoño, a las tres y media de la madrugada, llamó a Osvaldo Soriano. No se conocían. Sin disculparse por la hora, le dijo que quería interpretar en una película al personaje del cónsul de la novela “A sus plantas rendido un león”. Estaba dispuesto a producir la película, a hacer algo digno, “a pasar a otra cosa”. Soriano le contestó que ya había una coproducción en marcha y que habían pensado en él para hacer ese personaje. Contó Soriano: “No me creyó. Le resultaba imposible imaginarse al lado de italianos y franceses de cartel internacional. Al fin de cuentas él venía de provincias {llamaba 'pueblo' a Rosario) y creía que era sólo un cómico de legua, un saltimbanqui de ocasión”.

Aquella madrugada del final, estaba acompañado por su pareja, Nancy Herrera. Se habló de drogas y champán, en un cóctel eufórico que lo llevó al suicidio. En el tour turístico de entonces, la foto al edificio de la tragedia se volvió tan obligada como la de los Lobos de la Bristol.

Mex Urtizberea reconoce que todos los cómicos que vinieron después no pudieron sustraerse a la tentación de copiarlo. Quizá el que mejor pudo verlo fue Enrique Pinti, quien dijo que Olmedo “legalizó la improvisación en el ambiente televisivo, que hasta entonces era algo muy acartonado”.

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