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La historia de una película argentina legendaria

La hora de los hornos es una película de Pino Solanas y Octavio Getino que hacia fines de los años 60 se exhibía clandestinamente en sindicatos y centros barriales.

"Esto no es un filme, es un fusil”, dijo el director de cine italiano Marco Bellocchio cuando vio en el Festival de Cine de Pésaro La hora de los hornos, la película de Pino Solanas y Octavio Getino que en 1968 no solo se alzó con el máximo galardón del festival, sino que fue seguida de una interminable ovación coronada por una multitud llevando en andas a los realizadores, como si fueran ídolos deportivos.

El del reconocido cineasta italiano no fue el único elogio que la película cosechó en esa muestra cinematográfica internacional. Albert Johnson, crítico cinematográfico del New York Times, escribió: “Es un trabajo que despierta el máximo interés acerca de la nueva promoción latinoamericana, la que mira más allá del cine espectáculo y está ansiosa por llevar al mundo una imagen real de los problemas y las emociones de su pueblo”. Por su parte, Lous Marcorelles, uno de los organizadores del Festival de Cannes, dijo en esa oportunidad sobre La hora de los hornos: “Es una obra fundamental, sobre todo en su parte dedicada al peronismo, la importancia de la lucha obrera constituye para nosotros una revelación en el plano cinematográfico y político”.

Europa se veía obligada a plantearse la verdadera naturaleza del peronismo, barriendo prejuicios y depurando conceptos. Fernando Ezequiel Solanas tenía por entonces 32 años, y había realizado varios filmes publicitarios; en tanto que Octavio Getino era un español que desde los 17 años se había radicado en nuestro país, hacía cortometrajes y había ganado el premio Casa de las Américas, de Cuba, por su libro de cuentos Chulleca. Ambos realizadores se propusieron hacer un minucioso relevamiento de la realidad histórica y política argentina y de su contexto latinoamericano. El título fue tomado de una frase de José Martí: “Es la hora de los hornos y no se habrá de ver nada más que la luz”. Fueron años de trabajo. Hicieron más de 18.000 kilómetros por todo el país, y grabaron en 16 milímetros más de 180 horas de entrevistas. El resultado fue una película de cuatro horas y media de duración.

El largometraje se abre con una cita del pensador argelino Frantz Fanon que revela la intencionalidad de los realizadores de la película: “Si hay que comprometer a todo el mundo en el combate por la salvación común, no hay manos puras, no hay inocentes, no hay espectadores. Todos nos ensuciamos las manos en los pantanos de nuestro suelo y en el vacío de nuestros cerebros. Todo espectador es un cobarde o un traidor”.

La primera hora y media del filme pone el eje en la violencia social que implica el hambre, el analfabetismo y la desocupación. Son 13 abordajes: la historia, el país, la violencia cotidiana, la ciudad puerto, la oligarquía, el sistema, la violencia política, el neorracismo, la dependencia, la violencia cultural, los modelos, la guerra ideológica y la opción. Antes de la proyección de la segunda parte, se distribuía entre los asistentes la Orden del General San Martín del 27 de julio de 1819, en la que el libertador exhorta: “Seamos libres, lo demás no importa nada”. La parte final de la película es la más osada, ya que gira en torno a la violencia como camino necesario para la liberación de los pueblos.

La película se estrenó en los años finales de la dictadura de Onganía. No podía pasarse en los cines, ya que no fue aprobada por la comisión de censura, por lo cual se veía, clandestinamente, en sindicatos, unidades básicas y centros de estudiantes. El presupuesto de la película fue de 30.000 dólares, e involucró la participación de un equipo de 15 personas. La película permite escuchar las voces de los obreros de los suburbios de Buenos Aires, intelectuales, sindicalistas, indios que vivían a orillas del río Pilcomayo, sacerdotes de Tilcara, prostitutas de Río Gallegos, luchadores sociales, militantes de base, testimonios nacidos de la Argentina profunda sometida a una dependencia económica, política y cultural. La película tiene el inmenso mérito de seguir llamando incluso hoy en día al debate público.

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