Entrevista Exclusiva

Pablo Echarri: “La selva fue protagonista en todo sentido”

Con intensas escenas de acción y sexo en escenarios naturales únicos, uno de los actores más queridos del país presenta su más reciente producción cinematográfica, que mezcla género y temática social.

En su regreso al cine, y a semanas de ser parte de la nueva versión del éxito teatral ART, con dirección de Ricardo Darín y Germán Palacios, Pablo Echarri protagoniza El silencio del cazado y dialogó en exclusiva con diario Hoy para contar más de su trabajo en la propuesta.

Se trata de un intenso thriller de Martín Desalvo, con toques de western clásico, en donde el afamado actor encarna a Ismael Guzmán. Es un guardaparques que intentará proteger el lugar de cazadores furtivos, en medio de intereses personales y disputas con Orlando “el Polaco” Venneck, interpretado por Alberto Ammann.

Luego de presentarse en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, y habiendo obtenido en el Festival de Málaga el premio al mejor actor, junto a Ammann, Echarri vuelve al cine tras El kiosco, Muralla y No soy tu mami. Además, protagonizó para televisión la remake del clásico de Alfred Hitchcock Atrapa a un ladrón, rodada en España.

—En la película estás en medio de la selva misionera, mientras tu personaje busca seguir adelante con sus ideales, se encuentra inmerso en un triángulo amoroso y una lucha de poder increíble. ¿Fue complicado encarnarlo y ser parte de este western criollo en medio de la naturaleza?
—Fue diversión y desafío. Diversión por lo que planteaba la historia, la historia desde ya planteaba un conflicto muy simple, muy fácil de entender, muy carnal, con un alto grado de identificación, eso me generó cuando lo leí. De alguna forma el luchar por los ideales, pero detrás esta solapado y escondido, el odio, el resentimiento.

—No lo vamos a revelar acá, pero, el final, además de inesperado, es terrible y sigue con la línea de la épica de la historia…
—El final es tremendo.

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—No podemos decir qué pasa, para que los espectadores la vean, pero debe haber sido complicado encarnarlo…
—La película es como un ascendente constante, es una historia que intuimos que nos va a llevar a un lugar duro. Se intuye en los primeros pasos como un camino ascendente, donde los ideales, el oficio que lleva adelante mi personaje, Ismael Guzmán, los principios de ser guardaparques, la seriedad y el compromiso, pero que a medida que va pasando luego el hecho concreto, y el más importante, que enuncia la película va empezando a contaminarse con una historia vieja, en una relación vieja, que tiene con el Polaco, que encarna Alberto Ammann, que se conocen desde chicos, y el Polaco es un poco uno de esos dueños del pueblo, uno de esos colonos europeos que llegaron a la zona de la Mesopotamia, en este caso Misiones, y que digamos de alguna manera fueron las familias más influyentes. El Polaco hace lo que quiere en el pueblo y en la selva, Ismael es el hijo de uno de sus empleados, de un paraguayo, y detrás de todo aparece, como tercera en discordia, como elemento de deseo y de trofeo, el personaje que encarna Mora Recalde, Sara, que tuvo una relación con el Polaco, desde pequeños, su familia quería que continúe porque iba a quedar bien parada económicamente, pero ella hace un viraje y elige estar con el negro pobre. Tras la supuesta aparición de un yaguareté en la selva, se cataliza un conflicto que genera una escalada hacia no sabemos qué.

—E imposible de detener, por más que interceda Sara, y la madre de ella…
—No, no hay forma, es el enfrentamiento entre dos machos cabríos, entre dos machos alfas, de alguna manera, y cuando generalmente estas características se ponen de manifiesto, las consecuencias no son livianas.

—Desde las primeras escenas uno imagina eso, no el desenlace, pero sí el devenir, porque además hay una épica trágica que atraviesa el relato…
—Claro, uno sabe que esta historia no tiene vuelta atrás.

—¿Cómo fue el rodaje en medio de la selva, en la naturaleza, con lo imprevisible de la locación?
—Hermoso, fascinante de verdad. Muy pesado en el sentido de la intensidad de trabajo, pero fascinante porque la selva misionera es algo único. Poder estar ahí adentro, el sentir el calor, la humedad, los insectos.

—Y que además en la película no se la refleja desde el pintoresquismo o el trazo grueso...
—Sí, claro, justamente la selva es un personaje más de la historia, y esa densidad que ofrece la selva suma muchísimo en una cuestión casi semiótica te diría al conflicto de los personajes y a este drama que puede transformarse en tragedia en cualquier momento. La selva fue protagonista en todo sentido, nos agregó el cansancio, el agobio, esa sensación de estar maravillado frente a algo desconocido, increíble, donde te encontrás con insectos, de todo tipo, mariposas del tamaño de un melón. Un espectáculo aparte era cuando llovía o venían esas tormentas intermitentes en las que caía el mundo, yo nunca había visto caer tanta agua, ni en los países tropicales en los que he estado, y he visto lluvias copiosas, una cantidad de agua muy grande, en un momento se corta y el sol comienza a asomar, y desde la bruma, los colores que comienzan a emerger, como el verde, los verdes comienzan a diferenciarse entre claros y hasta el azul, una cosa que creo también impactó en la imagen de la película, que creo que la cámara pudo copiar bien, agregando un nivel de belleza y drama también, porque la selva no es cuento ni un lugar fácil.

—Y se los ve transitándola a paso firme, como que la estudiaron antes…
—Se trataba un poco de eso, la historia lo pedía, el personaje lo pedía, si bien ya no estoy en condiciones (risas).

—¡Pero si estás perfecto! Y si no hay que poner dobles…
—Claro, pero no estaba. Lo físico es algo que siempre me gustó, que lo llevó bien, me gusta y me resulta familiar, pero las consecuencias muchas veces son dolorosas, estuve con las hernias de disco que tengo en la cervical las tuve al pico máximo durante el mes y medio de rodaje, no recuerdo tanto dolor en la parte superior, me empastillaba y me embadurnaba de todo tipo de geles y sustancias para mitigar el dolor y la contractura, pero era tan físico y agotador el día que al otro día había que seguir, y a medida que llegaba el final sabíamos que se venía mucha exposición física, y así fue y terminé destrozado.

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