cultura

El hombre de la esperanza desesperada

Edgard Bayley es un poeta, ensayista, dramaturgo y periodista que renovó las letras de nuestro país con la audacia de los vanguardistas.

En los últimos años, Edgard Bayley vivía en un departamento en Rodriguez Peña y Avenida Rivadavia, de la ciudad de Buenos Aires. A los 26 años juntó algunos poemas, un manifiesto y un cuento y los publicó bajo el título de Invención 2. A partir de ahí, para muchos críticos se convirtió en el Adelantado Mayor de la Vanguardia Argentina. A él no le importaban los rótulos.

Su padre, Tomás Maldonado, era un farmacéutico diplomado que jamás ejerció. Se dedicaba a la inspección, a que las farmacias cumplieran estrictamente con las leyes y decretos de la sanidad argentina. Su madre, Margarita Bayley –casi diez años menor que su marido-, era hija de ingleses. Tomás y Margot se conocieron en una fiesta en el Tigre Hotel y al poco tiempo se casaron. Edgard Maldonado Bayley nació en Buenos Aires en 1919, heredó el tipo físico de la madre –alto, tez blanca, ojos celestes, en tanto, los otros dos hermanos eran de piel oscura, como el padre salteño-, aprendió a leer y escribir en una escuela pública de Palermo. No había libros en la casa familiar, solo una Biblia en la que su madre guardaba recetas de cocina. Se recibió de perito mercantil –y un mes más tarde, bachiller- en el colegio Carlos Pellegrini. Cursó un año en la Facultad de Ciencias Económicas, luego le dio un ataque de manía ambulatoria y se fue a Brasil, donde estuvo entre 1942 y 1943, saciando su hambre de vivir y, sobre todo, poniéndose en contacto con una humanidad desenfadada y pintoresca: aventureros, conspiradores y prostitutas.

Para sobrevivir en Río de Janeiro integró el coro de una puesta de Rigoletto. Como no había plata para pagar los vestuarios del coro, los integrantes salían a escena en traje de calle, mientras los protagonistas gorjeaban enfundados en viejos trajes de época. Cuando se gastó el último reis, volvió a Argentina. Acaba de ocurrir el golpe que liquidó la década infame, y que fue liderado por Arturo Rawson y Pedro Ramirez. Al poco tiempo partió para Chile, como representante de una casa de importación y exportación. Ya para entonces estaba decidido: se tiraría de cabeza a la poesía.

La vida caótica había acabado por cansarlo, tenía conciencia de que esa línea de dispersión y exaltación gratuita iba a desembocar en un callejón sin salida. En 1949 publicó “En común”, un libro de devoradora intensidad. Para sobrevivir, se hizo periodista. Por aquellos días empezó a interesarlo también la pintura. Publicó “Realidad interna y función de la poesía”. En 1951 incursionó en el teatro como autor, con “Burla de la primavera” y como director con “Padre”, de Augusto Strindberg. Al año siguiente dirige una revista que marcaría época: “Poesía Buenos Aires”.

Fue pionero de aquello que en los años sesenta se llamaría happenig: “Nos reuníamos todas las semanas en mi casa de Ituzaingó, a una treinta cuadras de la estación, donde una enorme ventana francesa servía de escenario. El público, instalado en la vereda, se embobaba viéndonos imitar los ritos de la Commedia dell´Arte e improvisar sobre cualquier tema que los espectadores proponían”.

Creía que la función de la imaginación no consiste en extraer imágenes de la realidad sino en crear imágenes que la superen: “El problema de la realidad es el problema por excelencia de la poesía, con la aclaración de que no hay nada más ajeno al oficio de poeta que la transcripción lisa y llana de lo que perciben los sentidos”.

Durante el gobierno de Arturo Frondizi trabajó en el ámbito de la Secretaría de Cultura de la Nación. En 1977 recibió el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, distinguiendo una obra poétíca que consta de siete libros que buscaron abrir las esclusas del lenguaje. Este hombrón que bebía de una manera autodestructiva, murió el 12 de agosto de 1990.

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