Cultura

Pichuco y Zita: un amor con música de bandoneón

Aníbal Troilo le dedicó dos de sus tangos más famosos: Toda mi vida y María. Desde que se vieron por primera vez, no pudieron separarse.

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Había nacido en Grecia. Se llamaba Ida Dudui Kalacci, pero de niña la llamaban Zita –que significa “flor”–. Llegó a Buenos Aires a los 6 años, con su abuela y tres hermanas.

Con Aníbal Carmelo Troilo se conocieron en 1938, cuando ella fue a escuchar con su abuela a la orquesta de Pichuco, en el Marabú. Así reconstruyó ella ese momento: “Había salido esa tarde con mi abuela Zafira a dar una vuelta por el centro. Pasamos por el café y el Gordo hamacaba un tango. Me paré. Seguí, me dijo mi abuela. Yo estaba clavada, mirando sin ver, oyendo sin oír. Mi abuela agregó que para estar ahí, en la vereda, lo mejor era pasar y pasamos. Al rato de estar frente a un par de pocillos de café, ya no éramos dos, sino tres”. A los pocos meses de ese primer café, se casaron por civil. Treinta años después, lo harían por iglesia.

Pichuco dijo: “Por ella yo volteé toda la estantería”. A la periodista uruguaya María Esther Gilio, le confesó: “El día que conocí a mi mujer se acabó el planeta”. Se acabaron las sobremesas con amigos, las madrugadas conversadas hasta el último whisky. Cada vez que ella iba a verlo a una actuación, él se iba detrás de ella. Dejaba todo. Fiorentino (cantor de la Orquesta de Troilo) le decía a Zita: “Carucha, perdoname una, no te lo llevés”.

Alguien sintetizó así la faena que asumió Zita: “Domar los monstruos que habitaban en Troilo, controlar los excesos (también los de bondad y generosidad) y vigilar el entorno del ídolo”. Pero no era despotismo marital, sino ternura. En el living de la casa había un gran óleo que Pichuco encargó al poco tiempo de conocerla. Se la veía con el pelo rubio muy rizado y un traje de gasa celeste. Enfrentado a ese cuadro, había un retrato de Pichuco, con sus ojos negros, maliciosos y a la vez ingenuos, y el pelo a la gomina. A él le decían Buda, pero era ella la que tenía una paciencia de monje.

Un día, él salió con la bolsa de los mandados a comprar soda y volvió a los tres días.Y sin la soda. Hubo otras veces. Muchas. Pero ella siempre lo esperaba. Contó Homero Expósito: “Una vez lo encontré al Gordo cerca de su casa y lo invité a tomar algo en el bar de un amigo. No puedo ir —se disculpó—. Zita me espera dentro de una hora para salir. Tanto insistí, diciéndole que no íbamos a demorar mucho, que al final aceptó la invitación. Pero, una vez que nos sentamos, el tiempo se nos pasó rapidísimo y sin darnos cuenta estuvimos 27 horas charlando y tomando. De repente, el Gordo se levanta y nos dice seriamente: Che, me voy, que Zita me está esperando para salir”.

En todos los reportajes que le hacían en su casa, ella aparecía. Y si no aparecía en persona, aparecía en las palabras de Pichuco: “Cuando chamuyo de mi jermu, no me alcanzan los petates. Le voy a contar una cosa. Montevideo… me hacían un homenaje en el Estadio Centenario, porque cumplía treinta años de actuación. El speaker decía: Anibal Ptssstroilo. La gente aplaudía. Yo no podía salir, no podía caminar, tenía una emoción tremenda, me caía, tenían que sostenerme. Y de pronto me veo aparecer a Puchulita. Estaba enferma que se moría. Pero se levantó y fue. No se pudo aguantar. Así es mi mujer”.

El 21 de julio de 1972 fue un día histórico: Anibal Troilo tocó en el Teatro Colón. Fue la primera vez que un músico popular tocaba en ese escenario. Ese mediodía le cocinó su plato preferido: pulpetas y macarrones. Comió como si fuera la última vez. Se acostó a dormir la siesta, pero no pudo pegar un ojo. Ya en el teatro, en un momento dado, en el camarín eran splo tres personas: Pichuco, Zita y Antonio Carrizo, que era el animador de la velada.
El presentador le preguntó a Troilo: “¿Un poco de miedo?”. Zita no olvidaría la respuesta: “Al lado de esta mujer no le tengo miedo ni a la mismísima muerte”.

En los brazos de Zita conoció ese abrigo que solo había sentido en los brazos de su madre. El destino quiso que la madre de Pichuco, Felisa Bagnoli, muriera en los brazos de Zita.

Cuando Buenos Aires se quedó huérfana

Poco antes de morir, en mayo de 1975, Pichuco Troilo le pidió a Zita que sus bandoneones pasaran a manos de tres grandes músicos que habían estado en su orquesta: Raúl Garello, Osvaldo Piro y Ástor Piazzolla.

Él murió el 18 de mayo de 1975; Buenos Aires se quedó sin aire, como un fueye pinchado. Falleció a los 60 años, y fue inhumado en el Cementerio de la Chacarita, en el panteón de los notables, en compañía de algunas de las grandes figuras de la historia del tango.

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